La música mundial perdió en los últimos días una de esas voces que trascienden géneros, épocas y fronteras geográficas. Alex Ligertwood, el cantante originario de Glasgow que se convirtió en emblema sonoro de una de las bandas más icónicas del rock latino, cerró definitivamente su extraordinario recorrido vital el pasado 30 de abril en su domicilio de Santa Mónica, California. Con 79 años cumplidos, el artista escocés se fue dejando un legado que atravesó seis décadas de música en vivo, grabaciones memorables y conexiones humanas profundas con colegas y público. Su partida no fue anunciada por grandes titulares mediáticos inicialmente, sino a través de un comunicado íntimo de su esposa, Shawn Brogan, quien compartió los detalles de esos últimos momentos con una calidez que reflejaba el tipo de persona que fue Ligertwood más allá de los escenarios.

Una vida dedicada al arte vocal sin límites de género

Nacido en Glasgow el 18 de diciembre de 1946, Ligertwood creció en una Escocia que bullía de creatividad musical. Sus primeros pasos en la música llegaron cuando aún era casi un niño, incursionando en el skiffle durante la década del '50, ese género que fusionaba blues, country y jazz que resultaba ser la cantera donde se formaban los músicos británicos de la posguerra. Desde temprano, demostró una capacidad para adaptarse a distintos estilos sin perder su identidad vocal característica: ese timbre profundo, cálido y lleno de matices que funcionaba tanto en contextos acústicos como en despliegues de rock amplificado. Su formación en diferentes proyectos durante sus años de juventud en Reino Unido le permitió desarrollar una versatilidad poco común, la clase de don que permite a un artista pasar de un género a otro sin jamás sonar forzado o fuera de lugar.

Antes de llegar a lo que sería su punto de mayor reconocimiento internacional, Ligertwood acumulaba ya un currículum envidiable. Su participación con The Jeff Beck Group, la legendaria formación que el guitarrista inglés armó para explorar territorios entre el rock progresivo y el blues eléctrico, fue determinante para pulir su técnica. Igualmente significativa resultó su etapa con Average White Band, aquella banda de funk y soul británicos que exportó el groove a nivel mundial en los años setenta. En esa formación, Ligertwood aprendió a dialogar con ritmos complejos, a colocar su voz como un instrumento más dentro de orquestaciones sofisticadas, a entender que el verdadero lujo de un cantante está en saber cuándo destacarse y cuándo ceder protagonismo para servir la canción.

Santana: quince años que redefinieron el sonido de una banda

Pero fue en Santana donde Ligertwood encontró su destino más luminoso. Cuando se incorporó a la banda en 1979, el grupo de Carlos Santana experimentaba una transformación estilística. La formación original, aquella que había cautivado al mundo con su explosivo mestizaje de rock con elementos latinos en los late sesenta y temprano setenta, estaba en evolución. Ligertwood llegó exactamente cuando era necesario: su voz poseía la capacidad de anclar emocionalmente piezas que exploraban el adult oriented rock, el AOR, sin perder jamás la esencia percusiva y rítmica que caracterizaba al proyecto. Durante quince años, hasta 1994, fue el rostro vocal de éxitos que quedarían inmortalizados en la memoria colectiva de generaciones de oyentes.

En ese período, participó en álbumes que marcaron hitos: 'Marathon' en 1979, donde debutó su voz en el catálogo de la banda; 'Zebop!' en 1981, que lo consolidó como figura principal dentro de Santana; y 'Sacred Fire: Live In South America' en 1993, registro en vivo que capturó toda la energía acumulada en casi andadura juntos. Canciones como "Winning", "Hold On" y "You Know That I Love You" no son simplemente temas; son momentos donde Ligertwood trasformó frases melódicas en experiencias emocionales. Su capacidad para infundir soul genuino en cada línea, su manera de respirar dentro de las frases para permitir que la música respirara con él, se convirtió en la firma distintiva de esa era Santana. Músicos y productores reconocen que sin esa voz particular, sin ese matiz de gospel urbano y blues transoceánico que Ligertwood aportaba, muchas de esas composiciones simplemente nunca hubieran resonado de la manera en que lo hicieron.

Décadas de presencia activa en escenas diversas

Lo notable de Ligertwood es que su carrera no se definió por un solo período dorado al cual luego lamentaría no poder regresar. Por el contrario, continuó activo, buscando nuevos proyectos, colaborando con artistas en diversos contextos. En los años setenta, antes del apogeo con Santana, había formado parte de la Oblivion Express de Brian Auger, proyecto donde convivía con el veterano músico británico en exploración de territorios entre el rock progresivo y el jazz fusión. Esa experiencia dejó marcas indelebles: Auger mismo, décadas después, recordaría a su colega con una ternura que habla de vínculos que el tiempo no erosiona. La presencia de Ligertwood en la Oblivion Express en los inicios de la década del '70 fue uno de esos trabajos que no siempre reciben la cobertura que merecen pero que desarrollan artistas plenamente.

Ya en tiempos más recientes, Ligertwood demostró que el fuego creativo no se había extinguido. En 2019 lanzó 'Outside The Box', un álbum solista que permitía escucharlo sin los marcos de ninguna banda reconocible, simplemente como Alex Ligertwood en conversación directa con la música. Continuó presentándose en vivo regularmente, una actividad que no abandonó hasta pocas semanas antes de su fallecimiento. De hecho, su última presentación en escena ocurrió apenas algunas semanas antes de su muerte, cerrando así una carrera de seis décadas de manera orgánica, haciendo lo que amaba hasta el final. No se retiró dramáticamente, no desapareció poco a poco de la vista pública: simplemente siguió siendo músico, porque eso no era lo que hacía sino lo que era.

El hombre detrás de la voz

El comunicado que difundió su esposa Shawn Brogan ofreció un retrato conmovedor del individuo que yacía más allá del artista. Según sus palabras, Ligertwood "falleció en paz mientras dormía, con su perro Bobo a su lado", lo cual encierra una dignidad silenciosa muy distinta a los finales dramáticos que a veces rodean a las personalidades del entertainment. Brogan escribió que Alex "era amado por muchos", que "si lo conocías, lo amabas", una frase simple que contiene la verdad de una vida bien vivida. Su referencia a que "tocó a tantos con su voz extraordinaria" y que "era puro corazón y alma" trasciende el panegírico usual para sugerir que la impronta de Ligertwood fue profundamente humana. Otros músicos que lo conocieron, como Brian Auger, expresaron tributos que reflejan camaradería genuina, no la formalidad de protocolo que a menudo acompaña estos momentos en la industria musical.

Lo que emerge de los detalles disponibles es el perfil de alguien que se ganó respeto y cariño no por su estatus sino por su talento authentificado con humildad. Durante más de sesenta años, Ligertwood transitó escenarios grandes y pequeños, trabajó con bandas memorables y en proyectos más modestos, siempre aportando la misma seriedad artística, la misma dedicación vocal. No fue de esos artistas que desparraman caos en su entorno o que exigen trato especial; por el contrario, todo indica que fue de esos colaboradores valiosos que elevan el nivel de cualquier proyecto al que se suman. Sus colegas, incluso aquellos con quienes compartió décadas atrás, lo recordaban con afecto genuino, lo cual habla de coherencia personal a lo largo de una vida profesional extendida.

Legado en el tiempo: qué deja una voz así

La muerte de Ligertwood marca una página en la historia del rock y sus derivados. Su paso por Santana significa que millones de personas, posiblemente sin saber exactamente quién era el cantante, crecieron escuchando su voz en radios, en películas, en espacios públicos. "Winning" suena en fiestas, bares, compilados de los ochenta y noventas; generaciones de niños escucharon esa canción sin conectarla con un nombre específico, pero experimentando la calidad vocal, el dominio emocional que Ligertwood aportaba. Ese es quizás el verdadero legado de un artista: no la fama personal sino la penetración de su trabajo en el tejido cultural, haciéndose invisible de tanto ser ubicuo. Los registros de Santana de los años 1979 a 1994 permanecerán como documentos vivos de lo que una voz particular puede hacer cuando se coloca al servicio de la composición musical de calidad.

Más allá de Santana, su participación en Average White Band, sus colaboraciones con Jeff Beck, su tiempo con Brian Auger, todo eso forma parte del acervo del rock británico y sus expansiones globales. Ligertwood fue testigo privilegiado y participante activo en el momento en que el rock británico se globalizaba, en que las influencias afroamericanas y latinas comenzaban a infiltrarse más profundamente en las estructuras del rock. Fue parte de esa alquimia que produjo la música de los setenta y ochenta, esa síntesis particular de influencias que ahora, con perspectiva histórica, se ve como un período de experimentación fructífera. Su voz contribuyó a darle forma a parte de esa era.

La desaparición de Ligertwood representa diversos significados según desde dónde se contemple. Para historiadores de la música, supone la pérdida de un testigo viviente de transformaciones estilísticas cruciales. Para fanáticos de Santana, cierra un capítulo de la banda que muchos consideran fundamental. Para colegas músicos, representa el fin de alguien con quien compartieron escenarios y aprendizajes. Para su familia y allegados cercanos, obviamente, es la ausencia de una persona querida. En términos más amplios, evidencia cómo el tiempo inevitablemente avanza, cómo los artistas de épocas anteriores van desapareciendo, llevándose consigo maneras de hacer música que no volverán exactamente de la misma forma, dado que cada generación de músicos reinterpreta lo que hereda. Sus registros permanecerán; su voz seguirá sonando cada vez que alguien reproduzca un disco de Santana o de sus otras formaciones. Eso es lo que persiste cuando la presencia física se extingue: la obra, intacta, disponible para quienes deseen escuchar.