En un contexto donde la mayoría de los menores accede a dispositivos propios desde edades cada vez más tempranas, existe una decisión que desafía esa tendencia normalizada. Shakira, la artista colombiana madre de Milan y Sasha, estableció una política hogareña radical: sus hijos carecen de teléfono celular y tienen prohibido el acceso a YouTube. La noticia trasciende el ámbito de la vida privada para instalarse como un interrogante público sobre los modos de crianza contemporáneos y el rol que debería jugar la tecnología en la formación de identidades durante la niñez. La decisión adquiere relevancia no tanto por tratarse de una celebridad, sino porque expone una pregunta que atraviesa a millones de familias: ¿cuándo y cómo introducir la tecnología sin sacrificar otros aspectos fundamentales del crecimiento?

La arquitectura del control: límites claros en la era de la hiperconexión

La estrategia implementada en el hogar de la cantante no consiste en una prohibición absoluta de dispositivos, sino en un sistema de reglas progresivas y supervisadas. Milan y Sasha acceden a un iPad, pero de manera acotada y pautada: generalmente durante las mañanas de sábado, en bloques horarios definidos y bajo vigilancia parental. Esta diferenciación resulta crucial para entender la lógica detrás del criterio. Un teléfono celular proporciona acceso ininterrumpido, portabilidad constante y la posibilidad de conectarse en cualquier momento y lugar. El iPad, en cambio, se convierte en una herramienta de uso episódico, inserción en rutinas preestablecidas y, fundamentalmente, controlable. La mencionada artista explicó que la tecnología en sí misma no constituye un enemigo per se, sino que requiere un acompañamiento deliberado, especialmente durante edades donde los menores aún carecen de herramientas críticas para procesarla.

La magnitud de la prohibición de YouTube merece una consideración aparte. Esta plataforma de contenidos en streaming representa, en muchos hogares de América Latina, la principal ventana de entretenimiento audiovisual para la población infantil. Su restricción implica renunciar a acceso inmediato a tutoriales, series animadas, música y entretenimiento que millones de niños consumen diariamente sin mediación. Para Shakira, la justificación trasciende lo meramente técnico: considera que sus descendientes carecen aún de la capacidad desarrollada de discriminar entre información fidedigna, entretenimiento, opiniones tendenciosas y presión social implícita en los contenidos que circulan en esa plataforma. Antes de permitirles una inmersión sin guía en un océano digital, prefiere construir con ellos las brechas cognitivas necesarias para navegarlo con discernimiento.

La ecuación particular: ser hijos de una figura pública en la era digital

Cualquier análisis sobre esta decisión parental requiere contextualizar la situación excepcional que enfrentan Milan y Sasha. Ser descendientes de una artista de proyección mundial significa que cualquier aspecto de sus vidas —una fotografía, un comentario, un momento cotidiano— puede transformarse instantáneamente en contenido digital, materia prima para medios especializados, redes sociales y plataformas de farándula. Un menor hijo de una celebridad que buscase su propio nombre en internet se encontraría de inmediato con especulaciones sobre su familia, análisis sobre sus padres, rumores sobre su hogar y opiniones de desconocidos sobre su apariencia o comportamiento. Shakira busca precisamente evitar que durante la infancia de sus hijos, la exposición mediática y la presión digital ocupen un lugar central en la construcción de su autoestima y autoconocimiento.

Esta preocupación no constituye paranoia sino una evaluación pragmática de un entorno digital donde cualquier persona puede publicar cualquier cosa sobre cualquiera, sin verificación ni consecuencia inmediata. Para menores en formación, donde la identidad se construye parcialmente a través de la retroalimentación externa, una exposición así podría resultar nociva. La madre colombiana transmite a sus hijos un mensaje contracultural en este sentido: que su valor personal no depende de lo que otros publican sobre ellos en internet, que la felicidad no se mide en likes, y que la aprobación de desconocidos en redes no constituye un indicador de valía. Enseñarles a ignorar deliberadamente cierta porción del ruido digital representa, en la lógica de esta crianza, un acto de protección emocional.

Preparación progresiva antes que exposición súbita: una visión del crecimiento digital

La filosofía subyacente en estas decisiones se aleja tanto del prohibicionismo total como de la permisividad sin límites. Shakira reconoce públicamente que no podrá mantener a Milan y Sasha alejados de internet indefinidamente, que tarde o temprano accederán a dispositivos propios, que navearán redes sociales y que se expondrán a contenidos variados. Lo que busca, entonces, es postergar ese momento crítico mientras construye con ellos las defensas necesarias. La estrategia apunta a retrasar la autonomía digital hasta tanto hayan desarrollado capacidades de análisis crítico sobre aquello que encuentran en pantallas. No es dejarlos sin teléfono porque crean que la tecnología sea intrínsecamente mala, sino porque consideran que a cierta edad, con ciertos recursos cognitivos aún en formación, el acceso irrestricto adelantaría una exposición para la cual no están preparados.

Este enfoque se alinea, en buena medida, con investigaciones que sugieren que la exposición temprana a redes sociales y plataformas de validación externa correlaciona con problemas de autoestima, comparación constante y ansiedad en menores. Sin embargo, la decisión también reconoce que la tecnología no puede ser simplemente rechazada, que forma parte del mundo en el que crecerán estos niños, y que ignorarla completamente sería contraproducente. Por eso el iPad aparece como puente: familiaridad con dispositivos sin autonomía irrestricta. Por eso YouTube está bloqueada pero no toda forma de entretenimiento digital. Se trata de dosificar, controlar y acompañar, más que vetar de modo absoluto.

Una discusión más amplia: qué significa criar en la era de la hiperconexión

La decisión de Shakira no ocurre en el vacío sino que expone una tensión característica de la paternidad contemporánea. Aproximadamente dos décadas atrás, la mayoría de los padres no enfrentaba la pregunta de cuándo darle un teléfono a un hijo porque la tecnología móvil no era dominante en la vida cotidiana. Hoy, esa pregunta es inevitable y carece de respuesta unívoca. Algunas familias optan por la integración temprana, bajo la premisa de que la alfabetización digital es competencia indispensable. Otras prefieren postergar, buscando preservar espacios de infancia menos mediados por pantallas. Otras aún intentan caminos intermedios, como el de la cantante colombiana: acceso supervisado y gradual, con restricciones sobre ciertos contenidos, pero sin rechazo total.

Lo que permanece constante, independientemente de la opción elegida, es que la crianza en el siglo XXI requiere decisiones deliberadas sobre tecnología que las generaciones anteriores nunca debieron tomar. Los padres actuales crecieron sin redes sociales, sin la necesidad de monitorear en tiempo real lo que sus hijos consumían digitalmente, sin la amenaza de que una fotografía de su infancia circulara globalmente sin consentimiento. Ahora deben navegar ese terreno sin mapas establecidos, adaptando intuición, valores personales y evaluaciones de riesgo a un contexto que muta constantemente. La postura de Shakira representa una de esas respuestas posibles: deliberada, progresiva, consciente de que el acceso digital es inevitable pero persuadida de que puede ser postergado estratégicamente para fortalecer primero otras dimensiones del crecimiento.

Proyecciones y consecuencias: qué sucede cuando los límites de hoy enfrentan la realidad de mañana

Las decisiones tomadas ahora en el hogar de la artista colombiana tendrán despliegues que solo el tiempo revelará completamente. Por un lado, existe la posibilidad de que Milan y Sasha desarrollen una relación más reflexiva y menos compulsiva con la tecnología, que logren construir autoestima menos dependiente de validación externa, y que transiten la adolescencia con mayores herramientas críticas para discernir en internet. En este escenario, el retraso en el acceso a dispositivos propios habría funcionado como inoculación preventiva contra problemas de salud mental asociados a la sobrecarga digital. Por otro lado, existe el riesgo de que el aislamiento relativo de ciertas plataformas durante años genere, cuando finalmente accedan a ellas sin supervisión, una fascinación desmedida o una menor capacidad de autorregulación precisamente porque carecieron de oportunidad de aprender a lidiar con esos espacios gradualmente bajo guía. Algunos estudios sugieren que la exposición controlada durante la infancia puede resultar más efectiva que la prohibición total seguida de acceso irrestricto en la adolescencia. Otros, en cambio, respaldan el enfoque conservador, demostrando que postergar la conexión digital reduce índices de ansiedad y depresión en menores. La realidad probablemente no se ajuste a ninguno de estos extremos, sino que oscile en algún punto intermedio donde coexistan beneficios y desafíos. Lo que resulta incuestionable es que la decisión de Shakira explicita un posicionamiento sobre lo que debería ser la infancia en el siglo XXI y cómo los adultos responsables pueden ejercer agencia en contextos que parecen inevitables. No representa la única respuesta válida ni necesariamente la mejor para todas las familias, pero sí constituye un acto deliberado de crianza que desafía la normalización de la exposición digital temprana y total que caracteriza a buena parte de la infancia contemporánea.