La muerte de Beatriz "Taty" Almeida el pasado domingo, después de casi cinco décadas encabezando la organización que ella misma ayudó a fundar, marca el cierre de un ciclo decisivo en la historia de la lucha por los desaparecidos en Argentina. A los 95 años, la histórica dirigente dejó un legado que trasciende los números: representa décadas de resistencia, búsqueda incesante y presencia en los espacios públicos más críticos del país. Su partida no fue un evento menor; fue el advenimiento de un momento de reflexión colectiva sobre qué significa mantener viva la memoria cuando ya no están quienes la encarnaron.
El lunes por la mañana, las puertas de la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina (Foetra), ubicada en pleno centro porteño, se abrieron para recibir lo que se transformó en un desfile permanente de rostros que representaban distintas capas de la sociedad argentina. No fue un evento protocolar al uso. Fue, más bien, un encuentro donde confluían generaciones diferentes unidas por un hilo invisible: la memoria de quienes fueron arrebatados. El féretro descansaba en el salón gremial con un retrato de Almeida a su lado, testigo silencioso de despedidas que se extendieron a lo largo del día.
Un símbolo sobre el ataúd
Sobre el ataúd reposaba el elemento que mejor resume la vida entera de esta mujer: el pañuelo blanco, aquella prenda que se convirtió en emblema de una lucha. En letras azules estaban grabados los datos que definen su propósito existencial desde hace casi cinco décadas: "Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Alejandro M. Almeida. 17 de junio de 1975". Alejandro no era un nombre cualquiera en la biografía de Taty. Era su hijo, desaparecido cuando apenas tenía veinte años. Estudiante de Medicina, trabajador en la agencia de noticias Télam y militante del Ejército Revolucionario del Pueblo, Alejandro representa a los miles de jóvenes cuya ausencia definió la vida de sus padres. Ese pañuelo, colocado sobre el féretro, funcionó como un recordatorio de que la lucha de Taty Almeida nunca fue abstracta o teórica: era profundamente personal, enraizada en el dolor de una madre que canalizó su angustia en la búsqueda de verdad y justicia para todos.
Alrededor del ataúd había otros pañuelos, cada uno con consignas que tejían la narrativa de la organización que Almeida presidía. Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora había nacido de una escisión dentro de la original Madres de Plaza de Mayo, y esa fragmentación refleja las tensiones políticas propias de los movimientos de derechos humanos argentinos. Sin embargo, ambas ramas compartían algo fundamental: la negativa de olvidar, la insistencia en la presencia de los ausentes, la convicción de que mientras haya memoria hay resistencia. En esa sala gremial, esos pañuelos eran mucho más que telas blancas: eran documentos vivos de una historia que se resistía a ser clausurada.
La presencia de los que luchan
El desfile de personalidades reflejaba la amplitud de la coalición que Almeida había construido a su alrededor. Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, fue una de las voces principales que se escucharon en el velatorio, pronunciando un discurso que reivindicaba la trayectoria de su colega. Su presencia no fue casual: representa la continuidad del movimiento, la garantía de que la búsqueda seguirá. Horacio Pietragalla, quien ocupó el cargo de secretario de Derechos Humanos y que él mismo es hijo de desaparecidos, también estuvo allí. Su presencia simboliza cómo las generaciones siguientes han asumido la responsabilidad de mantener viva esta agenda. Actores como Pablo Echarri y Nancy Dupláa se sumaron al acto, llevando el respaldo del mundo artístico a una causa que siempre fue política en el sentido más amplio del término. Estos nombres no son accesorios: representan la transversalidad que Almeida logró construir a lo largo de los años, la capacidad de convocar a sectores diversos en torno a principios compartidos.
La concurrencia fue nutrida, lo que obligó a organizar filas para que quienes deseaban despedir a Almeida pudieran acceder al salón sindical ubicado en Hipólito Yrigoyen 3171. El hecho de que el velatorio se realizara en una sede gremial no es un detalle: subraya las conexiones de Almeida con los movimientos sociales y laborales, recordando que la represión de 1976 no fue solo contra activistas políticos, sino también contra trabajadores y estudiantes. La elección del lugar mismo era un mensaje.
La última aparición pública de Taty Almeida había ocurrido hace apenas semanas, el 24 de marzo pasado, en la Plaza de Mayo. En silla de ruedas, con el cuerpo visiblemente fragilizado pero la voz firme, participó en la conmemoración de 50 años del inicio del golpe militar de 1976. No fue una presencia decorativa. Almeida tomó la palabra, como lo había hecho incontables veces en las últimas décadas, y utilizó esa plataforma para dirigirse al presente: criticó con dureza la reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei y señaló las implicancias del Fondo Monetario Internacional. En esos últimos discursos públicos, Almeida demostraba que su pensamiento no estaba congelado en el pasado, sino que se proyectaba hacia las realidades actuales del país. Su muerte, ocurrida días después de una internación en el Hospital Italiano, cierra una etapa pero abre interrogantes sobre quién continuará esa voz, cómo se transmitirá esa sabiduría acumulada a través de casi cinco décadas de lucha cotidiana.
Implicancias de una partida
La desaparición de Taty Almeida del escenario público plantea una serie de cuestiones que exceden lo emocional o lo ceremonial. Por un lado, existe una preocupación legítima sobre la continuidad institucional de organizaciones que han dependido de figuras históricas con esa envergadura. Las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, como institución, deberá atravesar un proceso de transición donde la autoridad moral de Almeida será reemplazada por otros liderazgos. Esto no significa que la organización desaparecerá o perderá relevancia, pero sí implica una redefinición de formas y estrategias. Algunos observadores consideran que el movimiento podría experimentar una revitalización a través de nuevas generaciones; otros advierten sobre el riesgo de fragmentación o pérdida de influencia política. Lo cierto es que Almeida dejaba un vacío material: su presencia en actos públicos, sus palabras en momentos de crisis nacional, su capacidad de convocar. Esa ausencia será tangible en los próximos años. Su legado, sin embargo, ofrece un marco de acción: la insistencia en memoria, la conexión entre pasado y presente, la negativa a permitir que la historia sea reescrita o minimizada. Cómo las nuevas voces del movimiento asumen esa responsabilidad será, probablemente, uno de los temas centrales del debate sobre derechos humanos en Argentina durante los próximos tiempos.



