El tablero se mueve antes de tiempo
La elección presidencial de 2027 aún parece lejana en el calendario, pero en los pasillos del poder y en los despachos de los operadores políticos ya circulan estrategias, ofertas y contrapropuestas que marcarán el rumbo de las próximas campañas. Lo que sorprende no es que comience la contienda anticipada —algo normal en democracias de este tenor—, sino el ritmo acelerado con el que los principales actores políticos se posicionan, buscan alianzas y despliegan movimientos tácticos mientras sectores amplios de la población siguen preocupados por cuestiones económicas más inmediatas. Este adelantamiento de la campaña importa porque evidencia que, en el fondo, los principales dirigentes ya han hecho sus cálculos: entienden que el próximo enfrentamiento electoral será decisivo y que llegar divididos significaría, para muchos, un debacle político.
Los primeros en activarse fueron los operadores del gobierno libertario. Karina Milei, funcionaria clave en la estructura presidencial, condujo conversaciones telefónicas con Mauricio Macri tendientes a construir una plataforma de acuerdos programáticos entre La Libertad Avanza y el PRO. El jefe de Gabinete, Diego Santilli, participó en esos contactos, aunque con un rol secundario en la negociación. El expresidente macrista cerró esos primeros intercambios con una frase esperanzadora pero también reveladora: pidió que este contacto inicial no fuera "más de lo mismo", sino "la posibilidad de un nuevo comienzo". Esa solicitud documenta, sin necesidad de mayores interpretaciones, que entre estos dos espacios persisten reticencias y cicatrices de enfrentamientos previos. Sin embargo, existe un factor que supera las desconfianzas históricas: ambos sectores advierten que la fragmentación beneficiaría a sus adversarios políticos.
La grieta del peronismo y sus cálculos internos
Mientras el oficialismo construye puentes, la oposición peronista intenta, sin demasiado éxito, coordinar sus movimientos. Una reunión celebrada en el Hotel Emperador convocó a Sergio Massa, Máximo Kirchner y Axel Kicillof, entre otras figuras de ese espacio político, en lo que algunos interpretaron como el inicio de un acuerdo para mantener las PASO —las primarias abiertas— y negociar luego la distribución de candidaturas. Pero esa lectura simplifica excesivamente lo que ocurre en las entrañas de la coalición peronista. Los intereses de cada uno de esos dirigentes navegan en direcciones prácticamente opuestas, y los cálculos electorales personales pesan más que cualquier lealtad partidaria.
Kicillof alberga aspiraciones presidenciales, pero se encuentra atrapado en una contradicción política de difícil resolución. Sabe que si pide libertad o indulto para Cristina Kirchner, pierde votos entre sectores moderados que lo considerarían rehén de La Cámpora. No obstante, su estrategia también contiene gestos que erosionan su credibilidad con bases amplias. Su mano derecha política, Andrés Larroque, promocionó recientemente la afiliación de Santiago Cúneo al movimiento político del gobernador bonaerense, un personaje conocido por sus expresiones insultantes en las redes sociales. Ese movimiento de Larroque buscaba congraciar al nuevo jefe político, pero resultó contradictorio: ¿cómo generar confianza entre votantes moderados si se abraza públicamente a figuras polarizadoras? Esa inconsistencia no pasó inadvertida. Cristina Kirchner, detectando lo que considera debilidad política en "el chiquito" —mote despectivo hacia Kicillof—, ya le retiró su apoyo explícito. Su estrategia alternativa consiste en impulsar a Kicillof como candidato presidencial destinado a perder, para que La Cámpora y sus aliados conserven la posibilidad de obtener una victoria electoral ajustada en la provincia de Buenos Aires, su principal bastión de poder territorial.
Massa, por su parte, ejecuta un movimiento más silencioso pero igualmente calculado. El exministro de Economía, responsable en buena medida de la inflación descontrolada que enfrentó el gobierno anterior, ajusta gradualmente su posicionamiento con la intención de lanzarse como candidato a gobernador bonaerense. Para eso necesita mantener cierto perfil de "componedor" o negociador dentro del peronismo, sin mostrar aún sus verdaderas intenciones ni revelar a quién respalda para la presidencia. Ese rol de mediador le permite acumular capital político sin exponerse demasiado. La paradoja es que el mismo dirigente que enfrentó críticas severas por sus decisiones económómicas anteriores ahora se posiciona como quien puede "ordenar" las aguas políticas.
La sombra de experiencias previas y candidatos inesperados
Existe un dato que proporciona contexto a esta competencia anticipada: casi el 75 por ciento de los argentinos rechaza un retorno a esquemas políticos similares al que rigió entre 2019 y 2023. Ese porcentaje revela un repudio masivo a la gestión anterior, más allá de las divisiones partidarias. Durante aquellos años, la administración de Alberto Fernández fue escenario de múltiples escándalos de corrupción, desde operaciones por 179 mil millones de dólares que circulaban a través del sistema SIRA hasta ilícitos vinculados a la pandemia de COVID-19. Esa acumulación de irregularidades erosionó profundamente la credibilidad de esa coalición gobernante. Ahora, cuando Fernández critica públicamente a Milei, calificándolo como un presidente "delirante" que desconoce la realidad económica argentina, sus palabras pierden peso por su propio historial de desconexión con la realidad que gobernaba. Su justificación de la celebración de un cumpleaños en la Quinta de Olivos durante el confinamiento pandémico, festejando a la entonces primera dama Fabiola Yáñez, ejemplifica esa distancia entre discurso público y acciones privadas.
Más recientemente, emerge información sobre celebraciones adicionales asociadas con ese mismo evento privado: una "previa" del cumpleaños de Yáñez realizada dentro de la Terminal Aeroparque El Palomar, que contó con la presencia de amigos cercanos y familiares directos de la entonces primera dama. Estos detalles, lejos de ser anécdotas menores, contribuyen a la narrativa de una administración que operaba con criterios diferentes para el círculo íntimo y para el resto de la sociedad. Esa percepción es precisamente lo que el oficialismo aprovecha cada vez que Fernández intenta proyectarse como crítico del gobierno actual.
En paralelo, comienzan a circular nombres de posibles candidatos sorpresa para 2027. El banquero Jorge Brito ha sido mencionado en círculos analíticos como una opción eventual, pero más sorprendente resulta el anuncio de Daniel Hadad, dueño de un importante medio de comunicación digital, quien supuestamente visitó la residencia presidencial de Olivos durante un fin de semana reciente para anticipar al presidente que, si decidiera postularse, el mandatario sería el primero en enterarse. Según reportes, Milei habría respondido que no hay preocupación, porque él "compite contra sí mismo"—una frase que, tomada literalmente, sugiere confianza en su performance electoral, pero que también puede interpretarse como una afirmación que esquiva directamente el cuestionamiento. La aparición de estos candidatos outsider genera especulación sobre si realmente buscan competir o si sus movimientos responden a estrategias de otros actores políticos para presionar al oficialismo o a la oposición. Algunos analistas sugieren que dirigentes como Massa o Macri podrían estar impulsando estas candidaturas alternativas para fortalecer sus posiciones negociadoras, aunque todos los involucrados lo niegan categóricamente.
Indicadores económicos y medidas de campaña
Mientras los actores políticos reposicionan sus piezas en el tablero electoral, el gobierno ejecuta medidas económicas cuyo calendario sugiere intenciones de mejorar indicadores antes de que arranque la campaña formal. Santilli, Luis Caputo (ministro de Economía) y Santiago Caputo (asesor presidencial) han estado analizando iniciativas dirigidas a dinamizar la actividad económica. Una de las más recientes autorizó a las entidades bancarias a ofrecer créditos en dólares a empresas que lo soliciten. Se especula también sobre la posibilidad de utilizar fondos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSES para financiar hipotecas, una decisión que tendría implicancias sobre el sistema previsional argentino.
Los datos de morosidad bancaria muestran movimientos que el gobierno celebra como cambio de tendencia. Según informes de la consultora 1816, la mora del sector privado no financiero bajó del 7,7 por ciento al 7,6 por ciento, mientras que la mora de personas físicas descendió del 12,8 al 12,7 por ciento. Estos descensos, aunque modestos, representan una modificación en la dirección de los números después de varios meses de incremento sostenido. Ese dato importa porque una porción significativa del electorado que votó a Milei espera resultados concretos que le permitan transitar la vida cotidiana con menos dificultades financieras. Los votantes buscan medidas que alivien la carga de llegar a fin de mes, no solo promesas de transformación estructural. Por eso el timing de estos anuncios no es casual: se busca mostrar mejoras antes del despliegue completo de la maquinaria electoral.
Las encuestadoras ya están produciendo números que alimentan los análisis de los operadores. Consultores como Federico Aurelio estiman que el oficialismo aventaja al peronismo en un margen de entre 6 y 7 puntos, un diferencial que permitiría ganar en primera vuelta o con mayor comodidad en una eventual segunda. Por su parte, Jorge Giacobbe plantea un escenario más competitivo, sugiriendo que tanto el oficialismo como la oposición disponen de un "núcleo duro" de aproximadamente 30 por ciento del electorado, lo que significaría que el resultado podría definirse en un segmento mucho más reducido de votantes indecisos o pendulares.
Las implicancias de una campaña anticipada
El adelantamiento de la contienda electoral plantea interrogantes sobre cómo impactará en la gobernanza presente. Cuando los dirigentes dedican energía y recursos a posicionarse para una elección futura, potencialmente desvían atención y capacidad de gestión de los asuntos inmediatos. Para el gobierno, eso significa que decisiones sobre política monetaria, regulaciones económicas y ejecución presupuestaria podrían estar influidas por consideraciones electorales. Para la oposición, especialmente el peronismo, la fragmentación en estrategias contradictorias reduce su capacidad de ejercer presión fiscalizadora coordinada. Algunos analistas sostienen que la sociedad en su conjunto termina siendo la perdidosa en este escenario, porque las energías políticas se dedican a competencias internas y futuras en lugar de resolver problemas presentes con la urgencia que requieren.
La aparición de candidatos sorpresa, la búsqueda de alianzas estratégicas, la reformulación de posiciones dentro del peronismo y los anuncios de medidas económicas de corte expansivo convergen en un único punto: el reconocimiento implícito de que 2027 será un enfrentamiento electoral muy competitivo, donde los márgenes de error serán mínimos y donde la capacidad de movilización, el financiamiento y el posicionamiento mediático serán decisivos. Que todo eso comience a desplegarse con quince meses de anticipación sugiere, además, que ninguno de los principales actores confía en poder revertir tendencias en el último tramo de la campaña visible. Todos buscan construir ventajas desde ahora, consolidar alianzas, desgastar adversarios y mostrar resultados que validen sus promesas. El resultado de esta carrera preliminar determinará, probablemente, quién ingresa a la competencia electoral formal con mejores posiciones de partida.



