La Argentina atraviesa un momento de redefinición radical que trasciende los movimientos visibles de la coyuntura política. No se trata simplemente de una crisis económica transitoria ni de una pugna electoral convencional. Lo que está sucediendo debajo de la superficie es una metamorfosis de las estructuras sociales que desafía a quienes pretenden gobernar y a quienes aspiran a hacerlo. El tablero político se quebró hace poco más de un año, pero nadie ha logrado armarlo nuevamente de manera coherente. Mientras eso ocurre, la sociedad continúa transformándose sin esperar respuestas, en un proceso que ya lleva décadas acumulando cambios profundos ahora acelerados por la pospandemia.

El planeta completo se encuentra inmerso en una fase de mutación estructural sin precedentes. La evolución vertiginosa de la tecnología, con la inteligencia artificial como símbolo más visible; los impactos del cambio climático; los giros demográficos con menos nacimientos y más longevidad; la reconfiguración del orden internacional que abandona el marco de reglas compartidas; y la reconversión de un capitalismo cada vez más concentrado y menos occidental, son los vectores principales de esta transformación. La humanidad se redefine a través de tensiones que brotan del entrecruzamiento caótico de fuerzas económicas, políticas, sociales y tecnológicas. Argentina no es ajena a estos fenómenos globales, pero su propia reconfiguración posee características singulares que merecen atención. El proyecto libertario llegó al poder con un discurso que logró capturar parte de esa frustración acumulada, pero hoy se encuentra en una zona de fricción con la realidad que también se le escurre de las manos.

La clase media: de símbolo argentino a víctima de la transformación

Durante la mayor parte del siglo pasado, la clase media argentina fue una marca distintiva del país en comparación con sus vecinos latinoamericanos. Representaba movilidad ascendente, acceso a la educación, capacidad de ahorro y un cierto optimismo respecto del futuro. Esa clase media era el corazón de la identidad nacional argentina. Hoy eso ha cambiado de manera dramática. En las últimas décadas se produjo un angostamiento progresivo de ese segmento, que cedió lugar a la emergencia de una nueva clase que ahora define las dinámicas sociales: la media-baja. La Argentina ya no se define por tener una clase media robusta, sino por tener una clase media-baja como principal estructura de su sociedad.

Este cambio no es meramente estadístico. Tiene implicaciones profundas en la manera en que las personas experimentan su situación y proyectan su futuro. Los datos muestran que la clase media es justamente la que peor evalúa la coyuntura actual. Cuando se preguntó recientemente a distintos segmentos sociales cómo calificaban la situación económica del país, el 42,1% de los sectores medios respondió "muy mala", una cifra superior al 31,6% de los más pobres. No se trata de que la clase media esté efectivamente peor que los sectores de menor ingreso, sino de que se siente peor. Esa percepción es en sí misma un dato político relevante. La clase media sufrió la sobrecarga más severa por la eliminación de subsidios, los incrementos en servicios y tarifas, prepagas, educación privada. Es el segmento que más perdió capacidad de ahorro y que se endeudó en montos mayores. Es la que más cortó sus expectativas. Esa experiencia de caída desde una posición de relativa estabilidad genera una frustración particular, diferente a la que experimenta quien nunca tuvo esa estabilidad.

Los adultos en el olvido: una generación que no encuentra su lugar

Otra transformación silenciosa pero profunda ocurre en la estructura etaria de la población. Si bien los jóvenes son frecuentemente presentados como protagonistas de la época, la realidad demográfica muestra un envejecimiento progresivo de la sociedad. Argentina experimenta una menor natalidad combinada con mayor longevidad, lo que significa que cada año hay más adultos mayores y adultos de mediana edad. Ese corrimiento generacional produce un descalce importante porque la expectativa de mejora es menor en estos tramos etarios y la percepción de nueva frustración crece. Encuestas recientes revelan un desencanto muy superior entre los mayores de 46 años en comparación con las franjas etarias menores.

Los datos cuantitativos reflejan esta brecha. Entre el 64 y el 68% de ese segmento de adultos considera que el país va en la dirección equivocada, contra el 45% entre los menores de 25 años y el 51% de los menores de 35. Cuando se pregunta si Argentina "está en una crisis profunda", entre el 60 y el 61% de los adultos mayores así lo cree, cifra que contrasta con el 34% de los menores de 25 y el 47% de los menores de 35 años. Las razones para este desencanto de los adultos son múltiples. Los mayores de 60 sufren particularmente la reducción de las jubilaciones. Los que están debajo de esa línea son afectados severamente por la suba de alquileres, expensas, educación privada y seguros de salud. Estos segmentos también son los más críticos con las formas de comunicación y acción del Gobierno actual, que tiende a dirigirse más hacia los jóvenes que hacia los adultos. Es un sector amplio que no logra sentirse comprendido como parte del proyecto político vigente, percibiendo en cambio que sus preocupaciones quedan fuera de la agenda.

La geografía como destino: AMBA rezagada en un país que mira hacia otra parte

La urbanización extrema de Argentina, con alrededor del 90% de la población viviendo en ciudades, es un rasgo que define al país a nivel mundial. Pero ese proceso de acumulación histórica enfrenta ahora un estrés productivo considerable. El modelo económico que promueve el Gobierno actual tiende a favorecer las regiones andina, patagónica y pampeana a través de la expansión de la minería, los hidrocarburos y la agricultura. Los cordones de las grandes urbes, dedicados a industrias y servicios, emergen con proyecciones mucho menos halagüeñas. El modelo anterior tampoco cerraba satisfactoriamente: era extremadamente centrado en el AMBA y poco competitivo, padecía un interior más invisibilizado y requería de subsidios que distorsionaban la macroeconomía. Pero la configuración actual abre un interrogante diferente sobre cómo se distribuye el crecimiento.

Las diferencias regionales en expectativas son notables. En el eje patagónico, el 45% de los consultados afirmó tener expectativas favorables para los próximos doce meses. En el eje andino, el 41% expresó similar optimismo. En el eje pampeano, el 38%. Sin embargo, en el AMBA esa misma respuesta alcanzó apenas el 29%, la más baja a nivel nacional. Es una proyección de cómo cada territorio se visualiza a sí mismo en el futuro cercano. En el conurbano bonaerense y en la ciudad de Buenos Aires, el horizonte no ilumina perspectivas alentadoras. Esta desigualdad geográfica en expectativas refleja cómo los modelos económicos redistribuyen no solo recursos, sino también esperanza.

Estos tres descalces simultáneos —por razones socioeconómicas, etarias y geográficas— se refuerzan mutuamente. Una persona que es clase media, tiene más de 46 años y vive en la región metropolitana concentra las tres fuentes de descontento. Las transformaciones de larga data que reconfiguran el rostro del país se encuentran ahora bajo nuevo estrés. El sistema anterior tampoco ofrecía respuestas satisfactorias, pero al menos las personas sabían quién era responsable. Las mutaciones constantes redefinen constantemente el problema, haciendo difícil identificar soluciones claras.

Identidades líquidas en lugar de propósitos compartidos

Pero existe un proceso aún más sutil y profundo operando debajo de estos movimientos visibles. Se trata de la tendencia social creciente hacia la individualización y la desafiliación. Las representaciones colectivas ceden lugar a identificaciones comunitarias fragmentadas. El Estado, los partidos políticos y las grandes organizaciones dejan de simbolizar algo que trascienda la burocracia, mientras que un creador de contenido de redes, un influenciador especializado en cocina, o una agrupación dedicada a mascotas pueden provocar adhesiones mucho más firmes y duraderas. Se pasó de una era donde la adhesión era fundamentalmente ideológica a otra donde la identificación es fundamentalmente personal.

Sociólogos que estudian estos fenómenos sostienen que la vida colectiva ha perdido parte de su densidad democrática en Argentina. La pospandemia mostró una tendencia desintegradora clara: una erosión sostenida del capital social visible en el aumento de la desconfianza, la fragmentación de las redes comunitarias y el debilitamiento del sentido de pertenencia colectiva. Aunque este es un fenómeno que se observa globalmente, en Argentina encontró un cauce predominante en el proyecto libertario. Este proyecto no convoca a la organización ni promete un horizonte compartido. No interpela a un pueblo sino al sujeto aislado, al individuo precarizado que ha perdido la fe en los otros. No ofrece comunidad sino desquite individual. Es una oferta política radicalmente distinta a la que durante décadas fue central en Argentina: la que promete la construcción colectiva.

Este proceso de individualización es heredero directo del fracaso del último proyecto basado en el Estado presente y la justicia social, cuyo colapso definitivo aceleró la pandemia. Su significación es profunda porque marca un quiebre del proyecto colectivo e introduce una fase de autopreservación. Es exactamente lo que representa el proyecto libertario y de allí la sintonía que logró con una sociedad que se ha tornado invertebrada, que se conecta primordialmente a través de las redes digitales. Esta transformación también representa una interpelación filosófica al peronismo clásico, constructor histórico del paradigma comunitario y dueño tradicional de la calle como espacio de expresión popular. Hay una fórmula visiblemente desencajada.

Fuera de la militancia dura, los votantes del proyecto libertario apuestan a una relación fundamentalmente instrumental: el Gobierno es quien remueve obstáculos para la realización personal. No aparece una vinculación política más profunda ni siquiera la construcción de un "nosotros" compartido. Es la promesa de quien viene a romper cadenas para que cada uno pueda desarrollar su camino basado en méritos propios. Por eso la tolerancia social al ajuste económico fue durante mucho tiempo una medida de hasta qué punto la gente había invertido expectativa y esfuerzo detrás de esa promesa de redención individual. Este tipo de vínculo hace juego con la idea de la desafiliación, la crisis de vínculos profundos que repele identificaciones muy densas.

El agotamiento de las instituciones de socialización

Las tres instituciones básicas que históricamente socializaban a los individuos en marcos colectivos —la familia, la escuela y el trabajo— se encuentran todas ellas en crisis simultáneamente. Pero más allá de eso, las entidades en general enfrentan una crisis de legitimidad. En el plano político es especialmente evidente. La participación electoral ha caído. La confianza en los partidos se erosiona. Las instituciones intermedias que permitían la agregación de intereses ya no funcionan de la misma manera. En un clima de desafección identitaria, es probable que muchos terminen directamente consultando a sistemas de inteligencia artificial para decidir a quién votar. Sería una tecnificación del proceso democrático que entraña una dosis de despersonalización ideológica difícil de prever en sus consecuencias.

El economista que recientemente presentó un libro titulado "Lo que se desvanece" plantea que lo relevante es que las identidades dejaron de ser estáticas para entrar en una fase dinámica. Lo que se pierde no son las identidades en sí mismas sino su pretensión de inmutabilidad. La licuación de las pertenencias viene de la mano de una metamorfosis de las identidades. Son transformaciones muy complejas. Esta es la sociedad a la que le va a tener que hablar la política de cara a las próximas elecciones. El proyecto libertario encontró en 2023 un discurso a través del cual sintonizó la frecuencia de esas transformaciones. Hoy se encuentra en zona de fricción con una realidad que también se le escurre. Milei ya no representa lo que representaba, y la gente también siguió sus propios movimientos de cambio. De allí que haya descalces cada vez más visibles.

Mucho más inquietante es el cuadro para todos los que lo desafían, desde posibles candidatos peronistas hasta aprendices de outsiders políticos. Intuyen que no conectan con los desencantados, pero no logran interpretar qué es exactamente lo que demandan. Hay una empatía esquiva que parte de reconocer que la sociedad ya se transformó, que desconfía profundamente de las intermediaciones y que es reticente a la hora de volver a pensarse a sí misma como parte de un propósito colectivo. Esa es quizás la pregunta más incómoda para la política tradicional: ¿es posible reconstruir un proyecto colectivo en una sociedad que ha decidido, por experiencia acumulada, que los proyectos colectivos no funcionan?

Las implicancias de esta reconfiguración simultánea son múltiples y abren escenarios distintos según cómo evolucionen estos procesos. Si la individualización continúa profundizándose, la fragmentación política podría intensificarse, dificultando la construcción de coaliciones amplias y estables. La capacidad de gobernar con legitimidad podría verse comprometida si las decisiones políticas son experimentadas como imposiciones de una burocracia distante sobre individuos que se ven principalmente a sí mismos. Alternativamente, si emerge algún tipo de reconstrucción de vínculos colectivos motivada por crisis severas o por el agotamiento del individualismo, los liderazgos políticos que logren canalizar eso podrían experimentar adhesiones de gran intensidad. También existe la posibilidad de una coexistencia indefinida de ambas dinámicas: sectores altamente individualizados conviviendo con sectores que mantienen o reconstruyen formas de asociación comunitaria. La geografía seguirá probablemente profundizando sus disparidades si el modelo económico continúa favoreciendo algunas regiones sobre otras. La brecha entre expectativas de adultos y jóvenes también podría ampliarse si no hay políticas que aborden específicamente las preocupaciones de los