El espectáculo de la mentira institucionalizada

En el corazón del poder legislativo argentino ocurrió hace poco tiempo una escena que resumió con precisión quirúrgica el estado de degradación institucional en que ha incurrido la gestión actual. Durante la exposición obligatoria del titular del Ejecutivo ante la Cámara de Diputados, el jefe de Gabinete compareció para responder sobre asuntos que forman parte de investigaciones en su contra. Lo que sucedió en aquella sesión no fue un ejercicio de rendición de cuentas ni un diálogo republicano: fue, en cambio, una exhibición descarada donde el funcionario leyó respuestas previamente redactadas, cifras presentadas sin contexto confiable, y argumentaciones que carecían de fundamento verificable. El acto fue transmitido a toda la población, convertido en espectáculo de amplificación masiva. Y aquí radica la gravedad del asunto: no se trató de un desliz retórico ni de una exageración transitoria, sino de un despliegue sistemático de falsedad acompañado de aplausos ensordecedores, vítores del bloque gobernante y, más aún, de la presencia vigilante del presidente de la Nación en persona, legitimando cada palabra pronunciada.

Lo que resultó particularmente revelador fue el cierre de aquella jornada. Al abandonar el recinto, funcionarios y legisladores oficialistas entonaron una canción popular que dice "cuando la mentira es la verdad", no como advertencia ni como crítica, sino como celebración explícita de lo que acababan de presenciar. El gesto tuvo la crudeza de una confesión sin culpa, de una normalización de lo aberrante. Paralelamente, quienes desde tribunas opositoras o desde las redacciones periodísticas intentaron señalar inconsistencias o solicitar aclaraciones fueron objeto de insultos descarnados y ataques públicos. La mentira, entonces, no operó sola: vino acompañada de agresión, polarización y descalificación de toda voz cuestionadora, como si la verdad fuese un lujo que la sociedad debe sacrificar en el altar de la gobernabilidad económica.

La corrosión silenciosa de la verdad compartida

Existe una diferencia sustancial entre un gobernante que comete errores y uno que utiliza la falsedad como herramienta deliberada de gestión. Los errores son inherentes al ejercicio del poder; nadie gobierna sin equivocaciones, sin promesas incumplidas o sin excesos retóricos. Una sociedad puede absorber eso, puede aprender de ello, puede incluso fortalecer sus instituciones mediante la corrección de cursos fallidos. Pero cuando la mentira se convierte en método, cuando es celebrada desde el oficialismo y protegida por la estructura de poder, cuando además cuenta con el aval explícito del presidente, entonces estamos ante un fenómeno de otra naturaleza: la instalación deliberada de una realidad falsificada que termina naturalizándose en el tejido social.

El daño que produce esto no es inmediato ni espectacular. Transcurre en silencio, casi imperceptiblemente, durante meses o años. La población deja de confiar en las instituciones públicas no porque le falten cifras de desempeño, sino porque pierde la brújula para distinguir entre lo verdadero y lo falso en la comunicación oficial. La verdad pierde nitidez. Sus contornos se desdibujan. Y cuando eso ocurre, la sociedad enfrenta una encrucijada existencial: si quienes detentan el poder pueden mentir sin consecuencias, sin sanciones, sin que nada cambie en su posición, ¿por qué la ciudadanía debería mantener el compromiso de decir la verdad en sus transacciones cotidianas? ¿Por qué cumplir leyes si los gobernantes las ignoran cuando les conviene? Esta pregunta no es retórica ni académica: es profundamente práctica y afecta el tejido moral de la convivencia.

La función pedagógica quebrada del poder

Existe en la tradición política argentina, más allá de los gobiernos y de los proyectos partidarios, una comprensión de que quien ejerce autoridad pública funciona como espejo educativo para la sociedad. No se trata de exigir infalibilidad ni virtud sobrehumana a los gobernantes. Se trata de reconocer que sus conductas, sus palabras, sus gestos públicos tienen un efecto formativo sobre millones de personas que los observan. Un presidente que miente deliberadamente no solo viola principios éticos abstractos: corrompe el ambiente moral en el que sus ciudadanos viven y se desarrollan. Transmite un mensaje implícito: el poder justifica la falsedad; la verdad es un lujo de quienes no gobiernan.

Algunos argumentarán que este análisis es ingenuo, que la política siempre fue así, que la mentira es consustancial a cualquier ejercicio de autoridad. Ese razonamiento cierra filas con la degradación. Acepta como inevitable lo que es evitable. Naturaliza como antigua verdad lo que es práctica reciente en la intensidad y el descaro con que se ejecuta. La historia argentina, con sus aciertos y sus fracasos, conoce la diferencia entre gobiernos que erraron y gobiernos que mintieron sistemáticamente para sostener poder. La diferencia marca épocas, define períodos, condiciona el futuro institucional.

El precio económico de la verdad destruida

Ahora bien, algunos sostendrán que los números macroeconómicos son lo que importa: que si la inflación baja o si el riesgo país mejora, los detalles sobre la calidad de la comunicación oficial resultan accesorios. Este argumento merecería consideración si existiera un mecanismo automático por el cual la bonanza económica garantiza estabilidad democrática. Pero la historia y la teoría política demuestran que la democracia no se sostiene únicamente sobre cifras, aunque estas sean relevantes. La democracia requiere, sobre todo, confianza. Y la confianza existe exclusivamente sobre el fundamento de la verdad compartida, de la certeza de que quienes gobiernan dicen cosas verificables, que sus palabras corresponden a hechos reales.

Cuando esa confianza se quiebra, cuando la población entiende que los números que le presentan pueden estar maquillados, que los discursos pueden ser teatro, que la información oficial es decorativa pero no confiable, entonces la democracia enfrenta un riesgo que ningún dato de desempeño económico puede remediar. Un gobierno puede presenciar caída de inflación, mejora de reservas, aumento de exportaciones, y simultáneamente estar socavando los fundamentos sobre los que descansa su propia legitimidad institucional. El error tiene corrección; las sociedades aprenden de errores, repudian gobiernos que los cometen repetidamente, pero avanzan. La mentira sistemática, en cambio, destruye. No educa sino que desestructura. No fortalece instituciones sino que las vacía de contenido.

Las dimensiones del riesgo institucional

Argentina ha soportado crisis económicas de magnitud devastadora, rupturas políticas que dividieron el país, decepciones públicas, fatiga social extrema, y hasta episodios de corrupción que comprometieron a funcionarios de distintos niveles. A través de todo eso, algo se mantuvo: la creencia de que las instituciones democráticas, aunque maltratadas, podían ser reparadas si existía la voluntad colectiva de hacerlo. Pero existe un punto de no retorno, una frontera que una vez cruzada resulta extremadamente difícil restaurar. Ese punto ocurre cuando la verdad se convierte en commodity político, cuando dejar de mentir es considerado una debilidad en lugar de una obligación ética, cuando el cinismo se institucionaliza.

La escena que ocurrió en el recinto de Diputados ejemplifica con claridad cómo opera este proceso. La mentira política nunca viaja sola. Va siempre acompañada de descalificaciones, de ataques a quienes la cuestionan, de polarizaciones que dividen la sociedad entre los que aceptan la narración oficial y los que la rechazan. En este caso particular, quienes desde la prensa buscaban verificar afirmaciones fueron objeto de agresiones verbales sistemáticas. Los periodistas fueron tratados como enemigos de la gestión, no como actores que cumplen una función republicana. Esto no es accidental: la falsedad y el ataque a los fiscalizadores van de la mano porque ambos sirven al mismo propósito: impedir que la verdad se instale en el espacio público.

Perspectivas abiertas sobre el futuro institucional

Lo que ocurra en los próximos meses determinará si esta degradación puede ser revertida o si continuará profundizándose. Existen varias trayectorias posibles. Una primera, más optimista, supone que actores políticos, sociales e institucionales reconocerán el riesgo y ejercerán presión para recuperar estándares de veracidad en la comunicación oficial. Otra trayectoria, más pesimista, anticipa una consolidación de esta lógica: la mentira se normaliza, la población se acostumbra, y el daño institucional se vuelve permanente. Existe también una tercera posibilidad, intermedia: que convivan períodos de mayor o menor tolerancia a la falsedad, dependiendo de coyunturas económicas o políticas, sin que jamás se restaure completamente la confianza en la palabra oficial.

Lo cierto es que los argentinos enfrentan hoy una pregunta que trasciende gobiernos y ciclos políticos: qué clase de república desean construir. Una donde la verdad importa, aunque ello implique renunciar a certezas cómodas. O una donde se acepta la mentira institucionalizada, siempre que venga acompañada de buenos números macroeconómicos. Esta no es una cuestión de signo ideológico ni de preferencias partidarias. Es una cuestión de qué tipo de sociedad se quiere ser, de qué fundamentos éticos se consideran no negociables. La respuesta que la ciudadanía ofrezca, mediante sus actos y sus omisiones, moldeará la democracia argentina de las próximas décadas.