El nudo de la batalla que viene

A menos de tres años de los comicios presidenciales, la Argentina se debate en torno a una pregunta aparentemente simple pero de consecuencias electorales catastróficas: ¿existe o no una crisis económica en el país? La respuesta a este interrogante no dependerá tanto de cifras macroeconómicas como de la percepción que construyan los ciudadanos en sus hogares, en sus bolsillos, en la capacidad de proyectar el futuro sin angustia. Este es el verdadero termómetro que definirá el resultado de los comicios de 2027, y ambos bandos políticos lo saben. Durante el acto conmemorativo por el aniversario de la muerte del Libertador, el presidente Javier Milei dejó entrever que la administración libertaria es consciente del riesgo que representa una desconexión entre los logros del sistema y la realidad cotidiana de las personas. No fue un reconocimiento explícito, sino una advertencia velada, casi una confesión: si la libertad económica no produce frutos visibles en forma de bienestar tangible, la ciudadanía simplemente olvidará su valor.

Lo que cambió en el discurso presidencial fue el tono. El Gobierno abandona, al menos retóricamente, la postura defensiva y adopta una estrategia comunicacional más asimilable a la pedagogía política. Esto responde a una realidad incómoda que los propios funcionarios económicos ya reconocen de manera creciente: los números agregados no se traducen automáticamente en mejora de vida para la mayoría. El equipo de Economía, incluyendo al ministro Luis Caputo y a su número dos José Luis Daza, ha comenzado a hacer lecturas críticas respecto del ritmo en que se propagan estos beneficios hacia las economías domésticas. La batalla no será ganada en los paneles de televisión ni en las redes sociales de los economistas libertarios, sino en las decisiones de consumo que tomen millones de argentinos cuando se acerque el momento de ir a votar.

Los logros que no se sienten en el bolsillo

El diagnóstico que realiza la administración mileísta de su propia gestión reconoce hitos que van más allá de la simple retórica política. La contención de la inflación, después de años de espiral inflacionaria, constituye un logro material. La reducción del gasto público en términos reales durante el primer mes de gobierno fue de magnitudes sin precedentes en décadas de política económica argentina. Miembros del equipo económico no dudan en señalar que tal combinación de variables —reducción brutalmente acelerada del gasto sin que colapsara el sistema— representa un hito económico relevante incluso en contextos internacionales. Sin embargo, ese reconocimiento convive con una toma de conciencia incómoda: hay sectores que se sienten más afectados que beneficiados por esta configuración económica.

El ministro Caputo ha reaccionado con ironía ante críticas que cuestionan los proyectos de recuperación económica. Daza, por su parte, fue más crudo hace poco más de tres semanas en un programa radial, admitiendo que el proceso de mejora salarial real aún está en su etapa incipiente, que "los brotes verdes" comienzan a asomarse pero que todavía falta recorrido para que las condiciones de vida doméstica experimenten el giro esperado. Ambos reconocimientos constituyen algo poco común en la política argentina: funcionarios de primer nivel admitiendo públicamente que el camino hacia la prosperidad material de las personas aún tiene tramos importantes por recorrer. Esto contrasta con gobiernos anteriores que solían mantener discursos de éxito permanente sin fisuras.

La realidad medible mediante instrumentos no politizados dibuja un panorama más complejo. El Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella, que históricamente funciona como correlato confiable para predecir resultados electorales, mostró en julio una caída interanual de doce puntos. En términos mensuales, la caída fue de casi cinco por ciento. Lo más preocupante para el Gobierno: la mayor contracción ocurrió en el Gran Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, justamente los distritos donde reside la mayor concentración de votantes. Incluso en zonas que votaron mayoritariamente a Milei en 2023, los indicadores de confianza en el futuro económico se deterioran mes a mes. Esto sugiere que la "batalla cultural" que el presidente identificó no es principalmente contra argumentos económicos sino contra una vivencia cotidiana de incertidumbre.

La apuesta opositora: la lectura del vacío

El espacio político que no governa ha encontrado en la noción de "crisis" su principal herramienta narrativa. Donde la administración libertaria ve "procesos en marcha" y "brotes verdes incipientes", la oposición más dura ve deterioro sistemático. La estrategia opositora sintetiza varios malestares en un sujeto político: los morosos, es decir, quienes acumulan deudas impagables, se han convertido en figura simbólica de los costos del modelo. El desempleo formal, aunque mostró ligeros descensos en comparación con meses anteriores, sigue en niveles altos. El poder de compra de los salarios, después de un período de recuperación, nuevamente muestra signos de estancamiento. Todos estos elementos alimentan una narrativa de "crueldad económica" que el kirchnerismo —espacio que domina la oposición— intenta posicionar como caracterización definitoria del régimen libertario.

Este enfoque no es casual. La experiencia histórica de gobiernos liberales-conservadores en América Latina, incluyendo el Brasil de finales de los años noventa, muestra que los costos redistributivos de las reformas de mercado pueden ser electoralmente devastadores si no se distribuyen de manera que generen coaliciones ganadoras amplias. El kirchnerismo apunta exactamente a eso: a demostrar que los beneficios están concentrados mientras que los costos se dispersan entre amplios segmentos de la población. La percepción pública sobre a quién beneficia y a quién perjudica una política económica suele importar más que los datos agregados cuando se trata de decisiones electorales.

La relectura mileísta de la historia como estrategia electoral

En el acto del lunes, Milei utilizó la figura de San Martín como espejo histórico de su propia gesta política. La comparación no fue explícita pero resultó clarísima: así como el Libertador debió liberar a la Argentina del yugo español, Milei se ve a sí mismo liberando al país del "yugo populista" kirchnerista y del modelo de capitalismo de amigos que caracterizó décadas previas. El tono fue elegíaco, reflexionando sobre cómo la historia tiende a reconocer tardíamente a sus grandes actores, frecuentemente después de que han desaparecido. La insinuación implícita funcionaba como advertencia: si los argentinos no votan nuevamente a Milei en 2027, cometerían el mismo error histórico que cometió la sociedad argentina al no honrar en vida a San Martín.

Esta estrategia responde a un cálculo político específico. Sabiendo que la disputa sobre si existe o no una crisis económica será ganada en el terreno de la percepción cotidiana más que en argumentaciones técnicas, Milei intentó desplazar el debate hacia un nivel más elevado: el de la comprensión histórica, el de la visión de largo plazo versus la mezquindad de intereses cortoplacistas. Al mencionar enemigos "internos" que buscan "sofocar la llama de la libertad" apoyándose en "descontento y pobreza", referencias apenas encubiertas al kirchnerismo, el presidente posicionó la elección de 2027 no como un voto sobre la economía presente sino como un pronunciamiento sobre qué tipo de país se desea construir. Sin embargo, este nivel de discurso puede resultar aspiracional cuando los ciudadanos tienen dificultades para planificar más allá del próximo mes.

La estrategia comunicacional del "gobernar es explicar"

Milei anunció explícitamente un cambio en su estrategia de comunicación política. Invocó el modelo del expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso y su premisa de que "gobernar es explicar, explicar, explicar". Esta adhesión a una pedagogía política más sistemática marca un quiebre respecto de la comunicación anterior, frecuentemente más confrontacional y menos inclinada a legitimar las decisiones mediante argumentación extendida. El presidente afirmó que "debemos dar la batalla cultural para explicar, una y otra vez, cómo esta prosperidad está basada y depende de los valores que nos hicieron grandes".

Esta reorientación no es menor. Implica reconocer que el apoyo electoral a una transformación económica de mercado no se sostiene únicamente en logros macroeconómicos, sino en la construcción de una narrativa coherente que vincule esos logros con valores que trasciendan lo puramente material. Al mismo tiempo, marca una cierta desesperación: el Gobierno siente que está perdiendo la disputa sobre el sentido del presente. No confía ya en que los números hablen por sí solos. Necesita mediación, necesita explicación, necesita convencer. Esto es consistente con lo que ha ocurrido en otros procesos de reformas económicas estructurales: el "voto heladera", es decir, la decisión electoral basada en la situación económica del hogar, termina siendo más decisivo que cualquier logro macroeconómico abstracto.

El factor tiempo y las alertas electorales

Quedan aproximadamente dos años y medio para que se realice la elección presidencial. En términos electorales, ese plazo es simultáneamente una ventaja y una condena. Es suficiente para que procesos económicos se profundicen o se reviertan. Sin embargo, los indicadores actuales sugieren que el Gobierno no puede permitirse esperar pasivamente a que la "magia de la economía de mercado" haga su trabajo. Los números de confianza del consumidor funcionan como alarma porque son líderes: anticipan decisiones electorales. Si un consumidor pierde confianza en su futuro económico hoy, es probable que esa desconfianza se condense en voto adverso mañana.

Santiago Bausili, funcionario de segundo nivel en el equipo económico, admitió hace una semana que el crecimiento económico anual ronda el dos por ciento, "mucho más lento de lo que nos gustaría". Ese porcentaje de crecimiento, aunque positivo, es insuficiente para generar dinámicas redistributivas que beneficien a amplios segmentos sin que otros pierdan. En contextos de crecimiento bajo, la política económica se vuelve un juego de suma cero donde los ganadores y perdedores son claramente identificables. El Gobierno corre el riesgo de quedar atrapado en la narrativa opositora: que hay ganadores (probablemente los sectores que no sufrieron tanto con la inflación anterior) y perdedores (quienes sufrieron costos de ajuste sin haber recibido aún compensaciones).

Las ventajas residuales del modelo mileísta

Más allá de las dificultades coyunturales, el Gobierno cuenta con un activo político importante: la comparación histórica. La economía argentina ha sufrido crisis de magnitudes descomunales en las últimas décadas. La hiperinflación de finales de los ochenta, el colapso de 2001-2002, la inflación galopante de los años kirchneristas posteriores a 2010, e incluso los episodios inflacionarios durante la administración Macri, dejaron cicatrices profundas en la memoria colectiva. Comparada con esos eventos, la situación actual, aunque incómoda, mantiene una cierta estabilidad. No hay corridas cambiarias incontrolables, no hay restricción de depósitos bancarios, no hay salida de divisas masiva. En ese sentido, la pregunta que se hace el Gobierno es si los argentinos preferirán votar contra Milei por insatisfacción con el ritmo de mejora, o si reconocerán que evitar nuevas catástrofes ya es un logro relevante.

El kirchnerismo, por su parte, gobierna desde la oposición con un modelo político-económico que la sociedad rechazó en 2023. El voto de castigo a Milei no es automático que se traduzca en voto de retorno al kirchnerismo. Hay espacio para otras opciones políticas, aunque en la Argentina del sistema bipartidista competitivo, ese espacio tiende a resultar marginal en elecciones presidenciales. Aun así, el Gobierno libertario no puede asumir que las críticas al kirchnerismo actúen como paragolpes que lo protejan de un voto adverso. La política electoral en democracias modernas funciona con criterios más pragmáticos: ¿qué tal la vida ahora versus qué tal la vida con el anterior?

Prospectivas: caminos posibles hacia 2027

Existen al menos dos escenarios plausibles que se dibujan en el horizonte electoral. En el primero, la economía argentina logra desatar dinámicas de crecimiento más aceleradas durante los próximos dieciocho meses. Los salarios reales comienzan a mejorar de manera generalizada. Los indicadores de confianza del consumidor se revierten. La narrativa oficial sobre "brotes verdes" adquiere concreción. En ese caso, el Gobierno podría argumentar que fue necesaria la paciencia, que las reformas estructurales requieren tiempo, y que ahora comienzan a verse los frutos. La coalición ganadora se ampliaría.

En el segundo escenario, la economía mantiene un crecimiento bajo y la mejora en las condiciones de vida se estanca o retrocede. Los indicadores de confianza continúan cayendo. La oposición logra consolidar la narrativa de que existe una crisis de desocupación, endeudamiento y caída del poder de compra. El voto se polariza entre quienes creen que vale la pena continuar con las reformas versus quienes consideran que los costos ya son insoportables. En ese caso, la reelección de Milei quedaría comprometida, aunque el kirchnerismo tampoco tendría garantizado el retorno al poder.

Lo que resulta claro es que el debate sobre si hay o no una crisis económica se ha convertido en la principal batalla política de esta coyuntura. No es un debate académico sino uno que define coaliciones, narrativas y decisiones electorales. Ambos bandos lo saben. El Gobierno ha decidido abandonar la postura de negar los costos y ha optado por una estrategia de explicación pedagógica. La oposición ha elegido profundizar la lectura de crisis y presentarse como alternativa. En esa contienda discursiva que durará hasta octubre de 2027, se decidirá el rumbo del país