El martes pasado congregó bajo el mismo techo a figuras de peso dentro del peronismo, en un encuentro que despertó expectativas sobre una eventual reconciliación entre las distintas corrientes que disputan el control del espacio. Sin embargo, lo que trascendió de esa jornada no fue tanto una convergencia ideológica como una suerte de pacto pragmático: la necesidad de enfrentar un adversario común, el actual Gobierno nacional. La presencia simultánea de Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa en la misma sala generó especulaciones sobre un giro histórico en la coalición peronista, aunque los propios participantes se encargaron de matizar esas interpretaciones.

Los voceros cercanos a la gobernación bonaerense rechazaron con énfasis las versiones que pintaban un clima de armonía entre los asistentes. Mientras algunos medios hablaban de "abrazos" y muestras de cordialidad, desde el entorno de Kicillof circuló una interpretación radicalmente distinta: "Esto es política y no un jardín de infantes", sentenció uno de sus colaboradores, refutando categóricamente la idea de que entre los dirigentes peronistas exista una relación personal que trascienda los intereses electorales y programáticos. Esta tensión entre la narrativa oficial del encuentro y la versión ofrecida por distintos sectores revela la complejidad real de un espacio político que mantiene sus grietas profundas a pesar de las convocatorias conjuntas.

Un acuerdo limitado sobre lo electoral

El único terreno donde pareció prosperar un consenso genuino fue en torno a la defensa de las PASO, el sistema de primarias abiertas que el Gobierno intenta desmantelar. Desde el riojano Ricardo Quintela hasta los diputados K, pasando por funcionarios bonaerenses, todos coincidieron en que esta herramienta electoral resulta indispensable para permitir la competencia interna dentro de los partidos sin caer en designaciones verticales. "Ni dedo ni rosca, la gente", fue la fórmula que circuló entre los presentes, una referencia implícita a los temores de que cualquier mecanismo de selección de candidatos sin reglas claras reproduzca las prácticas autoritarias del pasado. Este punto de convergencia, sin embargo, no debe interpretarse como una resolución de los conflictos más profundos sobre cómo articularse electoralmente de cara a 2027.

El gobernador de La Rioja fue particularmente explícito respecto de los próximos pasos. Anunció conversaciones bilaterales con sus pares de Catamarca y Tucumán, gobernadores peronistas que han mantenido una actitud colaboracionista con la administración Milei, a través del voto favorable a iniciativas legislativas del Ejecutivo nacional. Quintela planteó estos diálogos no como una exigencia de adhesión ideológica sino como un llamado a "sentarse en la mesa", una estrategia de ampliación federal que reconoce que la unidad del peronismo no puede construirse únicamente desde Buenos Aires ni desde una sola corriente. Su énfasis en fortalecer "una mesa con un criterio federal, donde todas las provincias estén representadas por sus máximos dirigentes" sugiere una visión de articulación horizontal, aunque los mecanismos concretos para lograrlo siguen siendo nebulosos.

Las cicatrices de las viejas rivalidades

Lo que resulta revelador es lo que no se resolvió en la reunión. Los dirigentes presentes dejaron constancia de que existen "distintos sectores" y que, por lo tanto, se requiere un sistema electoral que permita competir internamente. Esta formulación diplomática oculta una realidad más áspera: ni Kicillof ni Massa ni los Kirchner tienen convergencia en sus proyectos políticos de mediano plazo. El gobernador bonaerense ha construido un espacio propio, diferenciado del kirchnerismo ortodoxo. Massa representa a un peronismo más pragmático y cercano a las economías de mercado. Y la estructura montada por Máximo Kirchner mantiene una cosmovisión que rechaza tanto el pragmatismo de Massa como las brechas que Kicillof ha abierto respecto de los postulados K. Los encuentros convocados por José Mayans, senador nacional y uno de los principales organizadores, funcionan más como espacios de coordinación táctica que como genuinos procesos de construcción de acuerdos programáticos.

Mayans describió el encuentro de manera radicalmente distinta a como lo hizo el entorno de Kicillof. Para el jefe del bloque peronista en el Senado, la reunión fue "muy agradable", con saludos cordiales y un clima de trabajo. Destacó el compromiso de todos los participantes de "ampliar" el frente, mencionando incluso a Gerardo Zamora del Frente Cívico riojano como ejemplo de una fuerza política dispuesta a colaborar en la construcción de una alternativa. Sin embargo, esta descripción más optimista convive con la realidad de que los mismos gobernadores que Quintela busca "recuperar" son aquellos que votaron a favor de los ajustes fiscales y las reformas estructurales que el actual Gobierno ha impulsado. Incorporarlos a una coalición de oposición implicaría, en muchos casos, que asuman responsabilidades políticas por decisiones que han tomado en los últimos meses.

Desde el kirchnerismo, el tono fue considerablemente más cauteloso. Los interlocutores identificados con ese espacio caracterizaron el encuentro como "un primer acercamiento", con "coincidencias en cosas que requieren que haya coincidencias". Esta fórmula, aparentemente tautológica, en realidad refleja una posición clara: el encuentro sirvió para identificar puntos de convergencia puntuales, pero no para resolver las diferencias estratégicas. El kirchnerismo, lejos de reivindicar una unidad peronista bajo su liderazgo, parece haber aceptado que el peronismo contemporáneo es un espacio fragmentado en el que la coexistencia de actores diversos es inevitable. No obstante, esta aceptación convive con cierta preocupación por intentos que busquen "instalar" que Kicillof "se somete a La Cámpora", como señaló un dirigente bonaerense, reflejando la persistencia de suspicacias entre sectores.

Hacia las elecciones presidenciales: incertidumbre y contingencias

La perspectiva de 2027, cuando se dispute la sucesión presidencial, introduce variables que complicarán aún más cualquier unificación peronista. Quintela manifestó explícitamente que la "primera tarea" será "impedir la postergación de las PASO", un objetivo que, aunque noble, no resuelve el interrogante central: ¿sobre qué fórmula presidencial se agruparía el peronismo? Los tres principales actores presentes en la cumbre del martes —Kicillof, Massa y los Kirchner— representan opciones electorales potencialmente competitivas. Que conversen en la misma mesa no suprime sus diferencias ni genera automáticamente un criterio para elegir entre ellos. Quintela mencionó la necesidad de "ponerse de acuerdo estos 10, 12 compañeros" para "fortalecer esta mesa", pero no especificó cuál sería el mecanismo de decisión cuando llegue el momento de elegir candidatos.

El pragmatismo que varios dirigentes mencionaron como característica del encuentro refleja una filosofía política acotada: mantener la cohesión ante una amenaza externa —la gestión Milei y su proyección hacia 2027— sin pretender resolver las contradicciones internas. Este enfoque tiene precedentes históricos en la política argentina y mundial: coaliciones electorales que se arman sobre la base de enemistades comunes pero que carecen de proyectos compartidos. Lo que resulta incierto es si esa cohesión táctica será suficiente para que el peronismo se presente como una alternativa creíble a los ojos de los votantes, o si la fragmentación se profundizará en los meses previos a las elecciones presidenciales, fragmentación que podría beneficiar a fuerzas políticas que hoy no son percibidas como competitivas en el nivel nacional pero que podrían capitalizarse si la dispersión peronista se acentúa.

La convocatoria a nuevos encuentros, que Mayans anunció como próximas en sus declaraciones, sugiere que esta estrategia de reuniones periódicas continuará. Sin embargo, cada nuevo encuentro será una prueba de fuego: a medida que avance el ciclo electoral y se concreten candidaturas, la brecha entre el discurso de "unidad pragmática" y la realidad de sectores en competencia tenderá a ensancharse. Los dirigentes peronistas enfrentan así un dilema estructural: mantener la ficción de una coalición unificada mientras se preparan para competir internamente, conscientes de que esta duplicidad puede erosionar la credibilidad de cualquier propuesta unitaria ante la ciudadanía. El encuentro del martes fue, en ese sentido, menos un punto de quiebre que un acto reflejo de un espacio político que, por ahora, carece de las condiciones para una verdadera integración.