Una sesión parlamentaria donde todo estaba previsto, donde cada actor cumplió su rol sin desviaciones, donde la coreografía funcionó a la perfección. Y sin embargo, la comparecencia del jefe de Gabinete dejó al descubierto una realidad incómoda que redefine la naturaleza de este Gobierno: por primera vez en su historia, debe concurrir al recinto legislativo no para acusar sino para defenderse. Ese cambio de posición, aparentemente menor en lo procesal, encierra una transformación profunda en la dinámica del poder ejecutivo que plantea interrogantes sobre la viabilidad futura del proyecto político que llevó a Javier Milei a la Casa Rosada hace apenas un año y medio.

La sesión que se desarrolló dejó constancia de un esfuerzo coordinado sin precedentes en el oficialismo libertario. Manuel Adorni compareció respaldado por un gabinete completo, por Martín Menem ejerciendo de guardián del bloque legislativo, por Karina Milei supervisando desde la sombra y por el propio Presidente, quien arrastró su autoridad presidencial hasta las bancas del Congreso para blindar a su funcionario. Incluso la oposición peronista moderó sus impulsos disruptivos. Todo funcionó. Nadie sufrió sobresaltos. No hubo traspié. El objetivo táctico se cumplió. Pero detrás de esa decoración política meticulosamente armada se revelaron dos fracturas que explican por qué el Gobierno transita su período más delicado desde que asumió.

De la interpelación a la justificación: el giro que debilita la narrativa

Milei llegó a la política para cuestionar, para señalar, para encarnar el repudio masivo contra una dirigencia incapaz de construir futuro. Su fortaleza radicaba en la capacidad de nombrar lo que otros no se animaban a decir. El grito, la descalificación, la agresión verbal eran sus armas ofensivas. Cuando asumió la presidencia, ni siquiera ingresó al Congreso para dar su discurso de asunción tradicional; prefirió darle la espalda a lo que él mismo bautizó como "nido de ratas". Esa era su postura: señalar desde afuera, condenar sin participar, acusar sin dialogar.

Ahora ese mismo Presidente concurre voluntariamente al recinto para justificarse. No a exigir, sino a explicar. Y aquí emerge el problema central: Milei no está equipado para esa función. Un personaje construido sobre la interpelación permanente, sobre la denuncia sin filtros, sobre la identificación con el enojo, resulta incómodo cuando debe asumir el rol de quien convence, quien persuade, quien enseña. Las herramientas que funcionaron en la oposición se vuelven contraproducentes en el Gobierno. El insulto como instrumento defensivo pierde su potencia. La acusación como escudo legislativo requiere argumentos que trasciendan lo emocional.

El cambio de papeles llegó cuando el eje de la discusión nacional se desplazó del pasado al presente. Durante la campaña y los primeros meses de gestión, la consigna "seguir para adelante o volver para atrás" funcionó como una brújula electoral que mantenía a la opinión pública enfocada en el desastre heredado del kirchnerismo. El relato de los años de corrupción sistémica, de las valijas de dólares, de las obras públicas saqueadas, constituía la base sobre la cual se justificaba cualquier medida del nuevo Gobierno. Ese pasado actuaba como un vector que ordenaba la política. Pero cuando emergen dificultades económicas en el presente —la inflación rebota, Adorni queda atrapado en cuestiones sobre su patrimonio inmobiliario— ese mecanismo pierde efectividad. Ya no alcanza acusar al peronismo. Ahora hay que explicar el plan de Milei y Luis Caputo. Las pequeñas irregularidades contables de un funcionario generan más ruido que la corrupción monumental de una era que ya pasó. El foco de la atención desertó el espejo retrovisor y se plantó en el presente.

Las fracturas internas que reveló la crisis: Caputo, Karina y el Presidente en tensión

La turbulencia de los últimos dos meses expuso conflictos dentro de la administración que hasta entonces habían permanecido en los márgenes del conocimiento público. El ministro de Economía fue quien con mayor claridad diagnosticó la necesidad de sellar un pacto político amplio que pusiera de relieve que el rumbo económico no era un capricho presidencial sino un acuerdo compartido por gobernadores y parlamentarios. Lo planteó en una reunión de la mesa política hace aproximadamente un mes. Pero cuando los detalles de esa conversación trascendieron públicamente, Caputo reaccionó con enojo. Comunicó a sus pares que no volvería a participar en esas reuniones por considerar que el espacio carecía de la confidencialidad necesaria. Fue una postura curiosa: en las redes sociales había desmentido la información que circulaba, pero cuando esa información se hizo pública, decidió retirarse del ámbito en lugar de continuar buscando acuerdos.

En esa misma reunión, Karina Milei expresó su desacuerdo frontal. Se opuso a la idea de un acuerdo general con los gobernadores si ello no incluía candidaturas propias del oficialismo libertario en las provincias. Es la posición que ha mantenido desde la configuración electoral del año anterior: el Gobierno debe competir con sus propias listas en todos lados, sin diluirse en alianzas que debilitaran su marca partidaria. El contrapunto entre el ministro y la secretaria general de la Presidencia nunca fue resuelto. Desde entonces, en los pasillos de la Casa Rosada circulan versiones de que el vínculo entre ambos se enfrió notoriamente. El Presidente, como acostumbra hacer cuando la armonía entre sus colaboradores cercanos se ve amenazada, reforzó sus gestos públicos hacia Caputo. Pero los gestos no reemplazan las conversaciones. La discusión quedó obturada, sin evolución posible.

Lo que quedó en evidencia es que en el Gobierno no existe un mecanismo de resolución de conflictos que vaya más allá de las relaciones personales. Las dinámicas se definen en función de las preferencias presidenciales, de los favores otorgados, de las cercanías afectivas. Cuando Guillermo Francos ocupaba un rol de mediador, había alguien capaz de procesar las tensiones. Su salida dejó un vacío. Ahora Santiago Caputo funciona como un operador político, pero sin la capacidad de contrapeso que ejercía Francos. Y por encima de todo, Karina Milei opera sin contrapeso alguno, con la convicción de que la definición de la política es su territorio exclusivo. Un allegado que observó de cerca esa interacción lo resumió sin rodeos: Caputo intentó abrir un debate interno sobre la estrategia política, pero Karina simplemente se cerró en banda. No estaba dispuesta a permitir que esa discusión cobrara aire. En un Gobierno donde las dinámicas personales resultan más gravitantes de lo recomendable, eso significa que las disidencias estratégicas permanecen irresolutas, acumulándose bajo la superficie.

El Presidente que se encrespa: cambios de humor y falta de empatía en un momento delicado

Quienes tienen acceso frecuente a Milei advierten hace varias semanas un cambio notorio en su disposición anímica. Hay menor apertura al diálogo, mayor ensimismamiento, una irritabilidad que no formaba parte de su perfil público en los primeros meses de gestión. Algunos atribuyen esto a la frustración derivada de la imposibilidad de mostrar los resultados económicos que esperaba. Otros lo vinculan con las mutaciones en su círculo íntimo: la ausencia de Francos dejó un vacío de consejeros alternativos, y el desgaste visible de Santiago Caputo quitó un operador capaz de procesar las complejidades políticas. Lo cierto es que ahora ese círculo se compone casi de manera exclusiva por Karina Milei, sin otros pesos que contrabalaneen su influencia.

Los retazos de esa alteración emocional se han asomado en la esfera pública. Su agresión verbal contra periodistas cuando se retiraba del Congreso fue una muestra de la carga emocional que arrastra. Sin mayores preámbulos, recurrió a sus insultos favoritos: "chorros", "corruptos". Pero lo preocupante no es simplemente que se exponga más intolerante en sus mensajes públicos. Lo inquietante es que al mismo tiempo comienza a perder sintonía con demandas sociales que atraviesan amplios sectores de la población, incluso entre sus propios votantes. El discurso pronunciado en la Fundación Libertad contenía un fragmento revelador: se presentó a sí mismo como la persona a la que peor le fue económicamente desde que asumió la presidencia, haciendo énfasis en que su propio sueldo fue congelado. Es verdad que ningún presidente anterior había adoptado semejante medida. Y en la primera fase de la gestión, ese gesto funcionó como un activo simbólico potente de austeridad. Pero ahora, cuando la sociedad demanda que se le preste atención a sus propios sufrimientos y que se ofrezcan respuestas a sus preocupaciones cotidianas, ese mensaje autoreferencial resulta contraproducente. Suena a alguien que busca reconocimiento por su sacrificio en el momento exacto en que millones de personas están realizando sacrificios mucho mayores.

El video oficial difundido para el Día del Trabajador refuerza esa percepción. A través de una animación que muestra a un Milei en versión Lego, se construye un relato donde el Presidente es el protagonista de la reconstrucción de una Argentina despedazada. Nuevamente, el centro de la escena es él, no el reconocimiento a los trabajadores del país que sienten que están haciendo un esfuerzo enorme. La retórica milista frecuentemente apela a "la Argentina", a una abstracción geográfica, antes que a "los argentinos". Esa diferencia lingüística expresa un abismo empático. Revela dificultad para interpretar los sentimientos profundos que residen en amplios estratos sociales, incluso entre quienes votaron por Milei en 2023. Los estudios de grupos focales que se han llevado a cabo muestran con claridad una demanda recurrente: ser comprendidos, ser reconocidos en el esfuerzo que realizan. La idea que emerge de esas conversaciones es que Milei funciona como el instrumento que elimina restricciones —cierre del cepo, apertura comercial, desregulación— pero que el sujeto verdaderamente central del cambio es cada persona en su individualidad. El Presidente transmite un empoderamiento de lo individual que la sociedad valora, pero cada quien lo interpreta en sus propios términos. Cuando Milei era un outsider crítico, esa distancia generaba identificación. Ahora que es Presidente, esa misma distancia genera incomprensión.

La grieta electoral que se abre: del tercio leal al valle del desencanto

Los números que arrojó una encuesta de consultoría que circuló esta semana revelan un cuadro que trasciende lo electoral: muestran una desaprobación que alcanza casi dos tercios de la gestión del Gobierno. Pero el dato más significativo no es ese. El dato que demanda atención es cómo esa desaprobación no es uniforme según los niveles de ingreso. Entre quienes ganan más de tres millones de pesos mensuales, la imagen negativa o muy negativa llega a 39,9%. Pero a medida que se desciende en la escala de ingresos, ese porcentaje se incrementa vertiginosamente. Entre los que perciben entre un millón y millón y medio de pesos, la desaprobación alcanza 59,3%. Y entre aquellos cuyo ingreso está por debajo de 630 mil pesos, llega a 77,1%. Hay una narrativa del sufrimiento que construye desde las capas más bajas de la sociedad, que no encuentra encarnación ni en los movimientos sociales, ni en los sindicatos, ni en la dirigencia política convencional.

Si se comparan estos números con los resultados electorales de 2023, emerge un patrón interesante. Es posible dividir el electorado en tres tercios aproximadamente iguales. Un tercio rechazó siempre el proyecto libertario, desde antes de que Milei llegara al poder. Un tercio lo apoyó desde el comienzo y mantiene esa adhesión. Y hay un tercio intermedio que acompañó inicialmente al Gobierno pero que se está desplazando hacia la desilusión. Aquí está lo relevante: ese tercio que se corre de la adhesión no está migrando hacia el peronismo o hacia otras fuerzas opositoras tradicionales. Se acumula en una zona que podría describirse como un valle de desencanto. Carece de proyecto. No tiene representación política que lo contenga. Es un espacio vacante de enorme magnitud.

Pablo Knopoff, analista político especializado, caracteriza a ese tercio intermedio de manera reveladora: "Acompañan el rumbo económico general, pero no están satisfechos con el Gobierno. Son argentinos que se ajustaron y están padeciendo, y que ahora le exigen resultados a Milei. Pero fundamentalmente no quieren volver para atrás". Esa frase final es crucial. No existe, en esta población, una demanda por retorno al pasado peronista. Eso significa que dos tercios de la población argentina está expresamente buscando una manera de verbalizar una idea de futuro. Algunos creen que la están logrando a través de Milei. Otros consideran que lo que ofrecen es insuficiente. Pero ambos grupos comparten un rechazo al pasado. Ese es el territorio político verdaderamente determinante.

El Gobierno espera recuperar iniciativa a partir de mayo. Confía en que la presentación de Adorni en el Congreso le permitirá cerrar ese capítulo y que el funcionario pueda retirarse de la vida pública, aunque políticamente devaluado. Eso liberaría energía para retomar una dinámica más activa tanto en la gestión como en la visibilidad comunicativa. Las consultoras privadas pronostican un descenso claro de la inflación en abril, lo que permitiría al Gobierno recuperar la bandera de la estabilización de precios desde un lugar de virtud. Se espera también la llegada de dólares por la cosecha gruesa, lo que aliviaría la presión sobre el mercado cambiario. En el Congreso buscan dinamizar varios proyectos legislativos: la reforma electoral, el proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada, y los pliegos de jueces. Si esos elementos convergen, la narrativa podría dar un giro. Si no convergen, el tercio que flota