La 52ª edición de la Peregrinación a Luján cerró este domingo con un llamado explícito a reconstruir los cimientos de una sociedad fragmentada. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, utilizó el púlpito de la misa central para trazar un panorama desolador del presente argentino y, simultáneamente, proyectar una visión esperanzadora basada en principios de fraternidad y reconocimiento del otro. Su intervención, pronunciada en momentos en que la Iglesia Católica se alista para recibir la visita del papa León XIV en los primeros días de noviembre, trasciende lo meramente pastoral para adquirir dimensiones políticas y sociales que evidencian la preocupación de la jerarquía eclesiástica por el rumbo del país.
El diagnóstico de las heridas profundas
Con palabras que resonaron entre los miles de fieles reunidos en Luján, García Cuerva identificó un conjunto de patologías que, según su perspectiva, han contaminado el tejido colectivo argentino. Caracterizó a la descalificación, la intolerancia y la violencia —tanto física como verbal— como "heridas" que "supuran" e "infectan el corazón del pueblo". Esta metáfora médica no es casual: el prelado buscó establecer una equivalencia entre el cuerpo físico enfermo y una sociedad aquejada por males que van más allá de lo económico o político, instalándose en la esfera de los vínculos humanos fundamentales.
El contexto en el que el arzobispo pronunció estas palabras resulta particularmente relevante. Argentina transita una etapa de volatilidad política y social caracterizada por tensiones ideológicas profundas que se remontan años atrás. La denominada "grieta"—término que García Cuerva prefiere reemplazar por "herida" para enfatizar el dolor que genera— ha marcado la vida pública nacional durante la última década, manifestándose en discursos cada vez más polarizados, en la fragmentación de consensos básicos y en la dificultad para construir diálogos genuinos entre sectores políticos y sociales antagónicos. El mensaje del arzobispo puede interpretarse como una invitación a trascender esa lógica binaria que reduce la realidad nacional a dos bandos irreconciliables.
Una propuesta de reconocimiento mutuo
Aunque sin mencionar nombres específicos ni señalar al gobierno de manera directa en el cierre de la misa, el arzobispo desplegó una visión alternativa a los conflictos actuales. Fundamentó su propuesta en la figura de la Virgen de Luján, símbolo mariano profundamente arraigado en la identidad católica argentina. La metáfora del "abrazo" maternal funcionó como eje vertebrador de su discurso: si la Virgen abraza a todos los argentinos indistintamente, resulta imposible —desde esta lógica teológica— mantener actitudes de desprecio o indiferencia hacia aquellos que piensan de manera diferente.
García Cuerva desplegó un catálogo de los sectores vulnerables hacia los cuales convocó a dirigir esa "fraternidad": abuelos, personas con discapacidad, desocupados, individuos en situación de calle, adolescentes atrapados en circuitos de adicción. La enumeración no es meramente compasiva; constituye un posicionamiento sobre quiénes son los sujetos que la sociedad tiende a invisibilizar y hacia quiénes, en consecuencia, debe dirigirse el compromiso de quienes se reconozcan como "artesanos de la fraternidad". Este término, utilizado por el arzobispo, sugiere que la fraternidad no es un estado natural sino algo que debe ser construido, trabajado, laboriosamente edificado mediante acciones concretas.
Las expectativas sobre la llegada papal
En la jornada previa al cierre de la peregrinación, García Cuerva ofreció declaraciones que explicitan su evaluación de la situación nacional. Ante la pregunta sobre el estado del país que hallará el Papa a su llegada, el arzobispo no dudó en caracterizarlo como "herido", "dividido" y signado por una orden del día donde "la descalificación y la intolerancia están presentes constantemente". Agregó, con tono reflexivo y melancólico, que experimentaba una expectativa esperanzadora de que la visita papal pudiera constituirse en un momento de "confirmación en la fe", capaz de "unir", "regalar entusiasmo y esperanza" e "impulsar" a la Iglesia en su labor misional.
Las referencias implícitas al gobierno y sus políticas económicas resultaron más explícitas cuando García Cuerva se enfocó en la cuestión de la pobreza. Mencionó que el Papa se encontraría con "un porcentaje muy grande de hermanos que la están pasando mal" y que esta realidad se perpetúa desde hace años. El recurso a una anécdota personal —la promesa que su abuelo le hiciera en la infancia sobre una Argentina que "seguramente saldría adelante"— funcionó como elemento narrativo capaz de transmitir frustración por el incumplimiento de esas expectativas generacionales. Implícitamente, esta narración coloca en tela de juicio la capacidad de los liderazgos políticos contemporáneos para revertir una situación de empobrecimiento estructural.
Paralelismo con el mensaje papal y sus implicancias
García Cuerva articuló su prédica con referencias directas a los posicionamientos de la jerarquía vaticana respecto a cuestiones socioeconómicas. Mencionó que el Papa sostiene que "quien pase hambre tiene que comer", que "a los niños se les tiene que garantizar una educación adecuada" y que "los ancianos deben vivir serenamente sus años de madurez". Estas afirmaciones, presentadas como coincidentes con la visión del arzobispo porteño, funcionan como crítica implícita a políticas públicas que pudieran contradecir estos principios. El mensaje es claro: existe un conjunto de derechos humanos fundamentales cuya realización no debería estar supeditada a consideraciones técnicas o económicas.
La invocación a San Francisco de Asís resulta significativa en este contexto. El santo italiano, fundador de la orden franciscana, es conocido en la tradición católica por su opción preferencial por los pobres y su rechazo al lujo y las jerarquías. La mención de Francisco en momentos en que se prepara la visita papal no es accidental: el pontífice actual eligió el nombre de este santo como símbolo de su propio pontificado, precisamente enfatizando la solidaridad con los desfavorecidos. Al traer a Francisco al primer plano de su homilía, García Cuerva subraya una continuidad entre tradición eclesial y magisterio papal contemporáneo, ambos enfocados en la denuncia de inequidades.
Reflexiones sobre las consecuencias y perspectivas futuras
El discurso de García Cuerva, pronunciado en el contexto de una de las peregrinaciones católicas más multitudinarias del país, representa un posicionamiento institucional que trasciende lo eclesiástico. Por un lado, su mensaje puede interpretarse como una invitación a todos los sectores políticos y sociales a modificar el tono y la lógica del debate público, priorizando la búsqueda de puntos comunes sobre la profundización de antagonismos. Esta lectura enfatiza el potencial integrador y pacificador de su propuesta. Por otro lado, sus referencias explícitas a la pobreza, al hambre y a la falta de oportunidades educativas pueden ser entendidas como crítica al desempeño de la administración actual, particularmente en lo que respecta a políticas de protección social. Desde esta perspectiva, el arzobispo no solicitaría neutralidad sino alineamiento con una agenda de priorización de vulnerables. Ambas interpretaciones tienen fundamento en el texto de sus intervenciones y la manera en que se construyeron discursivamente. Lo cierto es que la visita papal de noviembre ocurrirá en un escenario de tensiones múltiples, donde la Iglesia Católica, como institución históricamente relevante en Argentina, aspira a jugar un rol de mediadora o, cuando menos, de voz alternativa capaz de señalar dilemas morales que el sistema político tradicional pudiera estar omitiendo.



