Una noticia que enciende esperanzas en el ecosistema mileísta
A principios de este año circuló por los circuitos informativos internacionales un dato que provocó revuelo en ciertos espacios de análisis argentino: la agencia Reuters había difundido documentación interna del Pentágono en la que un funcionario estadounidense sugería revisar el apoyo diplomático de Washington hacia lo que denominaba "posesiones imperiales europeas", mención bajo la cual quedaban comprendidas las Islas Malvinas. La propuesta venía enmarcada como represalia contra naciones de la OTAN que se resistían a respaldar operaciones militares estadounidenses en territorio iraní. La noticia se propagó rápidamente, y en el ecosistema comunicacional que orbita alrededor del gobierno actual —redes sociales, plataformas de streaming, analistas especializados en defensa— fue interpretada de manera casi unánime como una señal positiva, una grieta potencial en la histórica solidaridad Washington-Londres que podría beneficiar los intereses argentinos.
Desde hace tiempo, en ciertos círculos cercanos a la administración Milei prospera una narrativa específica: la subordinación sin matices a los designios de Donald Trump, argumentan, abre una ventana de oportunidad sin precedentes para que Estados Unidos funcione como mediador activo en favor del reclamo soberano argentino sobre el archipiélago. Las variantes van desde presiones negociadoras hasta fórmulas más creativas, como esquemas de soberanía compartida o la instalación de una base militar estadounidense en las islas. Esta apuesta se nutre de convergencias adicionales: las fricciones públicas entre Trump y el primer ministro británico Keir Starmer, la presión estadounidense sobre Londres para incrementar gastos defensivos, y las discrepancias del Reino Unido respecto a las posiciones de Washington sobre Ucrania, Groenlandia y Oriente Medio. Para ciertos observadores, estos roces traducen el comienzo del fin de lo que se conoce como la "relación especial" angloestadounidense.
A ello se suma un elemento ideológico que potencia la narrativa: figuras prominentes del movimiento MAGA, encabezadas por el vicepresidente JD Vance, comparten con sectores del espacio mileísta la teoría conspirativa del "Gran Reemplazo", la noción de que Europa occidental está siendo islamizada por migraciones masivas y erosionada en sus valores civilizacionales. Desde esta óptica, si el Reino Unido participa de ese proceso de declive occidental, Washington no tendría por qué mantener su tradicional alianza estratégica. La propia Estrategia de Seguridad Nacional 2025 del gobierno estadounidense advierte sobre un "riesgo civilizacional", lo que refuerza, en la lectura de los optimistas argentinos, la idea de que el contexto es propicio.
Cuando la realidad material desafía el optimismo político
Sin embargo, cuando se examina esta hipótesis con algo de profundidad analítica, emerge un cuadro bastante diferente al que imaginan los estrategas gubernamentales. La primera razón es histórica y estructural: la alianza angloestadounidense no es una construcción política frágil o contingente, sino el vínculo estratégico más perdurable que mantiene Washington en su historia de relaciones exteriores. Durante más de dos siglos se ha edificado una arquitectura sólida de cooperación en materia de inteligencia, defensa y tecnología que trasciende ampliamente los ciclos electorales y las personalidades políticas. Incluso en el contexto actual de tensión con Irán, Estados Unidos ha continuado utilizando bases británicas para sus operaciones militares. Más aún: hace poco tiempo, ambas naciones suscriben una alianza histórica en inteligencia artificial y tecnología militar que moviliza más de dos mil millones de dólares. Además, la creación en 2021 de AUKUS —alianza tripartita que incorpora a Australia y enfocada en el Indo-Pacífico— demuestra que los vínculos entre Washington y Londres se están desplazando hacia dinámicas tecnológico-militares aún más profundas. Lejos de debilitarse, este entramado se refuerza y adquiere una solidez que lo vuelve menos sensible a turbulencias políticas coyunturales.
La segunda razón es que el Reino Unido dispone de un aliado formidable: el tiempo. Trump puede ser disruptivo en cuestiones acotadas, pero su gestión es finita, transitoria. Si Londres simplemente opta por resistir cualquier presión, su estrategia más económica es aguardar el cambio en la Casa Blanca. Además, existe un dato político que resulta prácticamente insalvable: no existe en el sistema político británico, desde los conservadores hasta la izquierda laborista, disposición alguna para discutir o negociar la soberanía de las islas. Cada vez que ha circulado información sobre presiones o filtraciones vinculadas a Malvinas —como ocurrió con este cable del Pentágono— la respuesta del arco político británico ha sido unánime y tajante: la soberanía no está en debate. Simultáneamente, el Reino Unido incrementa año tras año su presencia militar en el Atlántico Sur, un mensaje claro sobre su intención de mantener y reforzar el control. La combinación de firmeza política interna, horizonte temporal favorable y fortalecimiento militar reduce considerablemente lo que el gobierno argentino visualiza como una "ventana de oportunidad histórica".
La tercera razón atañe a la asimetría de poder y oferta. Supongamos, en el mejor escenario posible para Argentina, que Trump efectivamente decidiera ejercer presión sobre Londres respecto a Malvinas: ¿qué respondería el Reino Unido? Difícilmente ceder territorio, pero sí contraofertar. Londres está en condiciones de ofrecer a Washington beneficios estratégicos superiores a cualquier cosa que pueda ofrecer Buenos Aires: mayor presencia militar estadounidense en las islas, fórmulas de cooperación o administración conjunta del archipiélago, acceso a tecnología de defensa, bases de proyección regional. La capacidad naval y la potencia de proyección británica en el Atlántico Sur son marcadamente superiores a las argentinas. En este marco, las Malvinas resultan un activo geopolítico infinitamente más valioso para Washington si permanecen bajo administración británica. Cualquier transferencia de soberanía o pérdida de control por parte de Londres sería, desde una perspectiva estadounidense de defensa estratégica, un paso regresivo.
Dinámicas regionales y erosión de alianzas históricas
La cuarta razón es que Trump, paradójicamente, está catalizando un reacercamiento entre Europa y el Reino Unido que reduce oportunidades para Argentina. El Brexit había abierto un margen interesante: al romper el respaldo automático de la Unión Europea hacia Londres, surgieron espacios donde posiciones como la argentina ganaban visibilidad. Un ejemplo fue la cumbre UE-CELAC de 2023 en Bruselas, donde la Unión Europea utilizó la doble denominación "Islas Malvinas/Falkland Islands". Pero desde el retorno de Trump a la presidencia estadounidense, se acelera un proceso de recomposición entre el Reino Unido y Europa, impulsado en buena medida por la incertidumbre que genera la propia gestión trumpista respecto a la arquitectura transatlántica. A medida que Londres y Bruselas reanudan cooperación y sintonía, el apoyo europeo al reclamo argentino tiende a diluirse. Con ello, se cierra una de las pocas ventanas favorables que se habían abierto en el último decenio.
La quinta razón es el avance silencioso de Gran Bretaña en el vecindario estratégico inmediato de Argentina. Mientras el gobierno de Milei adopta un posicionamiento de desinterés marcado por la integración regional, el Reino Unido profundiza sus vínculos militares en el Cono Sur de manera metódica. Brasil y el Reino Unido suscriben una alianza estratégica para 2026-2030 que incluye cooperación defensiva y respaldo británico a la aspiración brasileña de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. También se intensifica la cooperación en defensa con Uruguay y Chile. Esta ausencia argentina en su propio patio es significativa: se trata de un gobierno que se desentiende de sus vecinos mientras la potencia adversaria sobre Malvinas debilita su posición relativa en la región donde la cuestión de las islas efectivamente se ventila.
La sexta razón radica en dinámicas internas del propio gobierno estadounidense. Aún si se asumiera que Trump posee la voluntad política de presionar al Reino Unido en favor de Argentina, las divisiones internas de su administración lo tornarían más difícil. La guerra contra Irán ha generado tensiones en las Fuerzas Armadas estadounidenses y también dentro del movimiento MAGA, evidenciando un malestar creciente frente a compromisos externos que no se perciben como prioritarios para los intereses inmediatos estadounidenses. Este escenario no implica que Trump abandone su propensión por acciones disruptivas, pero sí que los márgenes se cierran para emprender aventuras geopolíticas de alto costo político y estratégico, especialmente cuando existen alternativas menos conflictivas disponibles.
La séptima razón —y quizás la más preocupante desde la perspectiva argentina— es que el gobierno está erosionando vínculos con los aliados históricamente más consistentes del reclamo argentino. China y Rusia han manifestado respaldo a la posición argentina en foros internacionales durante décadas, un capital político acumulado durante años de diplomacia paciente. El enfriamiento de esas relaciones, consecuencia del alineamiento incondicional con Washington, debilita apoyos que costó tiempo construir, a cambio de la benevolencia de un actor que, como enseña la historia, ha optado sistemáticamente por el Reino Unido cada vez que debió elegir entre ambas naciones.
Lecciones históricas que se repiten sin ser aprendidas
La historia reciente de Argentina ofrece precedentes elocuentes. En 1982, el general Leopoldo Galtieri, presidente de facto, ordenó la ocupación militar de las Malvinas operando bajo la convicción de que Washington permanecería neutral o, en su defecto, propiciaría una negociación con el Reino Unido. El cálculo fue desastroso: Estados Unidos respaldó a Gran Bretaña. Una década después, durante la presidencia de Carlos Menem, se apostó nuevamente a lo que se denominó "relaciones carnales" con Washington, combinado con una estrategia de seducción hacia los pobladores de las islas. La hipótesis era que este enfoque redundaría en apoyo estadounidense y mayor receptividad británica. Tampoco sucedió. Los hechos demostraron, una vez más, que Washington elige a Londres cuando debe elegir.
Cuarenta años después del primer error y tres décadas después del segundo, el gobierno actual de Javier Milei parece empeñado en ensayar una versión actualizada de la misma apuesta fallida. La diferencia radica en que ahora la narrativa se construye sobre presunciones que sobreestiman lo coyuntural —las fricciones Trump-Starmer, los cables del Pentágono, la alineación con figuras del MAGA— mientras subestiman sistemáticamente lo estructural: dos siglos de alianza angloestadounidense, arquitecturas tecnológico-militares de profundidad, asimetrías de poder en la región, dinámicas internas de la administración estadounidense que complican aventuras geopolíticas costosas, y el debilitamiento deliberado de alianzas históricas que tardaron décadas en construirse. La ilusión de que la subordinación política a Trump abrirá puertas en Malvinas es, en última instancia, un acto de fe que contradice tanto la lógica estratégica como el registro histórico.

