El espejo de los miedos
Dentro de apenas cuarenta y ocho horas, los dos principales actores del tablero político nacional accionaron mecanismos prácticamente idénticos. Primero fue el contacto telefónico entre la titular de la Casa Rosada y el expresidente del PRO; luego vino el encuentro en la capital bonaerense que reunió al gobernador de la provincia más poblada con dos figuras tradicionales del justicialismo. Ambos movimientos respondieron a la misma lógica defensiva: ante la percepción de una amenaza común, ambas fuerzas se replegaron en las estructuras que ya conocían, en los acuerdos que ya habían fracasado, en las alianzas que jamás terminaron de resolver sus diferencias de fondo. Lo que resulta paradójico es que esa amenaza no proviene del rival político visible, sino de un vacío mucho más peligroso: la desafección masiva, el desencanto sin regreso, la apatía de millones de ciudadanos que simplemente dejaron de creer en la capacidad de la clase política para ofrecerles algo distinto a lo que vieron hace cuatro años, hace ocho años, hace dos décadas.
El Gobierno nacional mantiene su posición de dominio relativo en el sistema, aunque acorralado por indicadores económicos que se resisten al cambio. La oposición, fragmentada y sin dirección clara, busca blindar sus bastiones territoriales más que conquistar nuevos espacios de poder. En medio de ambas estructuras, una porción creciente y mayoritaria de la sociedad simplemente se desconectó. Los diálogos de esta semana tuvieron un contenido simbólico relevante: querían mostrar que se escuchaban, que reconocían los peligros de la división, que existía algún nivel de madurez institucional. Pero cuando se profundizó en los temas concretos, las conversaciones se redujeron a un único asunto: el sistema de elecciones primarias. Nada más que eso. No hubo proyecto de país, no hubo diagnóstico sobre cómo reconstruir la confianza, no hubo ni siquiera un intercambio serio sobre qué tipo de economía, qué tipo de sociedad, qué tipo de futuro imaginaba cada uno de estos espacios para Argentina.
El congelamiento de las fichas
Hace cuatro años, cuando irrumpió con fuerza la candidatura de un outsider que prometía romper con todo, algo quedó congelado en el tablero político nacional. Las piezas dispersas se paralizaron. La irrupción libertaria, que efectivamente trastocó el orden establecido, también tuvo un efecto inesperado: impidió que emergieran otras figuras alternativas, que se gestaran propuestas verdaderamente innovadoras, que la clase política tuviera que repensarse a sí misma. Cuatro años después, el sistema carece de la capacidad regenerativa que toda democracia necesita. Las fuerzas políticas principales parecen agotadas en su creatividad, como si hubieran gastado todo su arsenal de ideas disruptivas y no tuvieran nada más que ofrecer que la repetición de lo conocido.
Un sacerdote jesuita especializado en coyuntura política observa con precisión lo que está sucediendo: "En momentos de incertidumbre, las estrategias de los partidos se vuelven conservadoras. Cada fuerza juega menos a ganar territorios nuevos que a proteger lo que ya considera suyo. Por eso quien gobierna la Nación aparenta ser el más ambicioso: no por vocación de transformación, sino porque la Presidencia representa el activo más valioso. Hoy parece que Libertarios Anarquistas y su oposición suben y bajan la escalera del poder sin encontrarse. Milei, con su estrella algo menguante, cede distritos con tal de retener la Casa Rosada; la oposición, que no encuentra cómo ascender, parece dispuesta a resignar la batalla presidencial con tal de amurallar sus provincias y municipios". Este análisis da cuenta de una realidad incómoda: ninguno de los dos polos principales está realmente intentando ganar las elecciones del año próximo imaginando un proyecto transformador. Lo que cada uno busca es sobrevivir, contener el derrumbe, mantener lo que tiene.
Para el oficialismo, la reaproximación con la estructura que lideraba Macri le proporciona algo concreto: mayor respaldo parlamentario y potencial electoral que le permitiría presentarse como una fuerza más consistente. Sin embargo, esta misma alianza tiene un costo: la estratifica, le quita la capacidad de sorpresa que alguna vez tuvo, la condena a un abordaje puramente pragmático que deberá validar ante el electorado. Es una solución de corto plazo que sacrifica la novedad por la gobernabilidad. En el peronismo, la situación es significativamente más compleja. El Partido Justicialista como estructura aglutina visiones tan dispares que parecen casi irreconciliables sin un debate profundo sobre cuestiones doctrinarias fundamentales. Recuperar atractivo frente a la ciudadanía requeriría un replanteamiento explícito del último gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, y sobre todo la elaboración de un marco doctrinario que hable a una sociedad del siglo veintiuno. En cambio, lo que se ve es mucho pasado (figuras que ocuparon cargos en gobiernos anteriores), algo de presente (gobernantes provinciales en funciones) y prácticamente nada de futuro (el mensaje se reduce a poner un límite a Milei, sin explicar qué se haría diferente).
La rebelión silenciosa de los sin partido
Un estudio reciente realizado por el Observatorio de investigación de la Universidad de Buenos Aires, titulado "El ascenso del ningunismo", revela un fenómeno que debería alarmar a la dirigencia política de todos los colores. La encuesta, que incluyó a más de mil doscientos ciudadanos distribuidos en todo el país, arroja un dato que sobresalta: el cuarenta y dos por ciento de la población no se identifica con ningún partido ni espacio político. Este es el porcentaje más elevado que se registra desde el año dos mil veintitrés. Pero lo que distingue a este grupo no es su homogeneidad, sino su complejidad. No se trata de personas circunstancialmente desencantadas, ni de votantes indecisos que eventualmente se decidirán. El "ningunismo" constituye ahora el segmento más numeroso de la sociedad argentina, atraviesa todas las franjas etarias, ambos géneros, y se distribuye entre distintos niveles educativos sin patrón evidente de concentración.
Estos ciudadanos que no se identifican con ninguna opción se caracterizan por mantener un menor interés en los asuntos políticos tradicionales y por una autoubicación ideológica menos polarizada que el resto de la población. Pero el estudio profundiza aún más en un hallazgo que desafía las categorías convencionales de análisis político: estos "ningunistas" no son los continuadores de la famosa "avenida del medio" que tanto se discutió en décadas anteriores. No representan una moderación programática ni una elaboración ideológica sofisticada que combine elementos de izquierda y derecha en equilibrio. Funcionan más bien como habitantes de un no lugar, como una zona de tránsito donde circulan pero no pertenecen, un espacio de refugio para quienes se niegan a ubicarse dentro de las divisiones que propone el ecosistema político organizado.
Lo que caracteriza verdaderamente a este colectivo es una disonancia cognitiva y emocional respecto de la clase dirigente. Estos ciudadanos no se reconocen en el vocabulario que utiliza la política, no se sienten representados por las divisiones que impone el sistema de partidos, no encuentran en las categorías de pertenencia ofrecidas ninguna que corresponda genuinamente a su propia experiencia. El crecimiento del ningunismo, entonces, no es un problema de falta de información o de apatía desinteresada. Es un síntoma de fracaso de los partidos políticos para articular identidades que sean capaces de ordenar y canalizar las preferencias sociales reales. Es un llamado de atención que la clase dirigente no parece estar escuchando.
Las motivaciones no declaradas
En el caso del Gobierno nacional, los motivos para acelerar su construcción electoral son explícitos y comprensibles. Los indicadores macroeconómicos se resisten a cambiar de dirección, y los funcionarios que rodean al Presidente reconocen que necesitan mostrar signos de certidumbre y gobernabilidad antes de que el calendario electoral distorsione completamente los cálculos políticos. El objetivo declarado en los pasillos de la Casa Rosada es tener un esquema de acuerdos completamente hilvanado para octubre, primero para intentar aprobar las reformas que promueven (siendo la eliminación de las PASO una de las prioritarias), pero especialmente para proyectar una imagen de administración ordenada. En paralelo, intensifican conversaciones con gobernadores afines y próximamente se sentarán con dirigentes de la Unión Cívica Radical. Hay allí una lógica de reconstrucción del espacio que terminó apoyando la candidatura presidencial libertaria en el balotaje de dos mil veintitrés. Desde el entorno presidencial reconocen el cambio de estrategia con notable sinceridad: "Pasamos de la disrupción a la búsqueda de resultados. Debemos robustecernos para sostener el proyecto político, y lo hacemos desde el pragmatismo". Traducido al lenguaje convencional: menos énfasis en las figuras que representaban la ruptura y la novedad, más peso en los operadores de consensos y acuerdos institucionales.
Las motivaciones de Mauricio Macri para aceptar el llamado conciliador resultan más elusivas. Apenas tres meses antes de esta conversación, el expresidente había manifestado en ámbitos privados que había perdido completamente la confianza en Milei y que era necesario construir una alternativa propia. Fue en ese contexto que habilitó la candidatura de Hernán Lacunza, que generaba entusiasmo en ciertos círculos del PRO. ¿Qué cambió en tan poco tiempo? Observadores cercanos a la situación detectan la influencia de figuras como Diego Santilli y Cristian Ritondo, que lidera el ala acuerdista dentro de Pro, enfrentada a otro sector más independentista encabezado por María Eugenia Vidal y Silvia Lospennato. Macri pasó de un bando al otro prácticamente sin transición. Desde su entorno justificaron así el giro: "Nos dijo que hay que escuchar a todos los sectores. Que quiere demostrar que hace todo lo posible para acordar con los libertarios". De hecho fue el propio Macri quien difundió internamente que había mantenido la conversación con Karina, permitiendo que trascendiera públicamente. En la reunión del jueves que siguió al contacto inicial, donde se encontraron Santilli, los hermanos Menem, Ritondo y Fernando de Andreis, quedó excluida del temario la cuestión porteña. Jorge Macri, jefe de Gobierno de la Ciudad, quedó sin representación propia en esa mesa, aunque desde su círculo cercano buscaron restar importancia al detalle, señalando que el mandatario capitalino viene haciendo gestos de acercamiento a LLA. Pero Mauricio refrendó algo importante: él es el interlocutor protagónico de su espacio y cualquier acuerdo se cerrará bajo su liderazgo, no bajo el de su primo.
La última apuesta del peronismo
En el campamento peronista, el movimiento del martes fue una reagrupación en la que participaron gobernadores y legisladores, pero que tuvo como operador central a Sergio Massa. Un politólogo especializado en dinámicas internas de partidos lo describió con una metáfora elocuente: "Es como el síndico de una quiebra que habla con todos los sectores para impedir que se termine de romper el partido". El exministro de Economía mantiene actitud permanentemente proactiva, recibe encuestas constantemente para alimentar su ilusión de futuras oportunidades, y sigue jugando su partido preferido: el de tres bandas. En dos mil veintitrés hizo colisionar al candidato que respaldaba Alberto Fernández con el que promovía Cristina Kirchner, y terminó siendo él quien se presentó como postulante, con aval de los gobernadores. Ahora la partida se presenta diferente: de un lado está Axel Kicillof, del otro un kirchnerismo sin cara visible, y Massa funciona como la prenda de unidad, como prefiere presentarse.
Para Kicillof la cumbre tenía sentido: necesita las PASO para validarse internamente y potenciar su candidatura presidencial. También debió hacer concesiones, porque existe consenso en que no es un candidato natural del peronismo histórico y que debe compartir decisiones con otros nueve dirigentes. Quizás por eso no hubo fotografía del encuentro que lo inmortalizara. Desde el entorno del gobernador resumieron así: "Nos pusimos de acuerdo en lo único en lo que podemos hacerlo ahora, que es el tema de las primarias. No es una reunificación, es al menos un consenso. Veníamos de que trataran a Axel de manera muy severa". Las motivaciones de Cristina Kirchner para apostar a una reorganización mediante PASO son más enigmáticas. Representa una admisión implícita de que su dedo ya no define candidatos con la autoridad que ejercía en dos mil quince o dos mil diecinueve. Simultáneamente, expresa su vocación de enviar "un mensaje al oficialismo blue de algunos gobernadores peronistas" que buscan su propio espacio. Pero hay quienes especulan sobre otra jugada simultánea. Para algunos analistas, el juego consiste en agitar el argumento de que la Justicia la inhabilitó para ejercer cargos públicos pero no para ser candidata. En caso de que la comisión de Derechos Humanos de la ONU falle en su favor (como ella espera), y simultáneamente los tribunales argentinos le nieguen la posibilidad de competir, podría argumentar que cualquier alternativa peronista que surja solo existe gracias a su proscripción, colocándose en el rol de víctima del sistema. Máximo funciona como su representante para demandar un compromiso de indulto si el peronismo retorna al poder. Pero más allá de la retórica y su situación legal, Cristina parece haber interpretado que disputar la Presidencia se presenta muy difícil para el peronismo, y que es preferible concentrarse en retener la provincia de Buenos Aires. "El que pone el candidato a presidente no pone el candidato a gobernador. Si Axel es el postulante nacional de nuestro espacio, en la provincia definimos nosotros. No es una moneda de cambio, es la realidad", aseguran en su círculo



