La reciente aparición del presidente Javier Milei en las instalaciones de la Organización Ramak Tarbut (ORT) desató una cascada de críticas desde adentro de la propia institución educativa. Lo inusual del episodio no radica simplemente en la presencia del mandatario en un espacio académico, sino en cómo su intervención reorientó completamente el contenido programado, transformando un encuentro que debería haberse centrado en educación y tecnología en un escenario de confrontación política y religiosa. Este giro suscitó inquietud entre personajes clave de la comunidad educativa que, durante años, construyeron los pilares sobre los cuales se asienta esta institución centenaria.

Adrián Moscovich, quien ejerció como responsable ejecutivo de la ORT durante dos décadas consecutivas —período que se extendió desde el año 2002 hasta 2022—, no tardó en salir a expresar su desacuerdo con los términos en que se desenvolvió la actividad. Lejos de hacer una crítica lateral o tibia, Moscovich señaló que la presencia presidencial en ese contexto institucional provoca un "daño muy profundo", una evaluación que proviene de alguien con una trayectoria larga dentro de la organización. Su intervención pública marcó el inicio de un debate más amplio sobre los límites que deben respetarse cuando figuras políticas de primer nivel utilizan instituciones educativas como plataformas para sus mensajes.

El evento: ética, tecnología y un desvío hacia otros temas

La visita ocurrió el jueves pasado en la sede Yatay de la institución, ubicada en el barrio porteño de Almagro. Técnicamente, según lo que se comunicó con antelación, la charla del presidente debería haber versado sobre ética e inteligencia artificial, dirigida a estudiantes de cuarto y quinto año de la escuela secundaria. Estas temáticas se alineaban con los actos conmemorativos por el nonagésimo aniversario de la filial argentina de ORT. La realidad, sin embargo, fue sustancialmente distinta. Durante un lapso aproximado de cuarenta minutos, Milei dedicó su tiempo a desarrollar fragmentos de su libro recientemente publicado, titulado "La moral como política de Estado", una obra en la que examina cuestiones de corte ideológico y político. Los tópicos relacionados con inteligencia artificial quedaron prácticamente sin menciones significativas.

En su lugar, la alocución se orientó hacia críticas dirigidas a sectores de la oposición política y hacia el trabajo periodístico, ambas líneas argumentativas que han caracterizado sus mensajes públicos en las últimas semanas. Intercaló referencias a pasajes de textos religiosos, particularmente del Antiguo Testamento y enseñanzas del rebe de Lubavitch, con el propósito de fundamentar su perspectiva sobre economía y gobernanza. Una de las afirmaciones que mayor resonancia tuvo entre los críticos fue aquella en la que asoció ciertos pensamientos políticos con lo que denominó "condenaciones satánicas" presentes en textos talmúdicos. Tales expresiones generaron inquietud particular en Moscovich, quien visualizó el potencial de efectos negativos en estudiantes de otras religiones o con diferentes orientaciones ideológicas.

Las preocupaciones de Moscovich: una institución laica bajo presión

Moscovich insistió en un punto medular durante sus intervenciones radiofónicas posteriores: la ORT funciona como una institución de orientación laica, con una composición estudiantil en la que aproximadamente el 50% de sus alumnos provienen de familias no judías, proporción similar a la de estudiantes con herencia religiosa judía. Para estos adolescentes de otros credos, enfatizó el exdirector, resulta problemático que en su propia escuela se promueva un discurso que conecta perspectivas políticas específicas con condenas religiosas. Argumentó que tales estudiantes funcionan como "principales embajadores contra el antisemitismo" en sus comunidades, razón por la cual exponerlos a narrativas que utilizan categorías religiosas para descalificar posiciones políticas podría socavar esa misión institucional. El ex funcionario también expresó preocupación respecto de futuros abordajes en las aulas: si el presidente calificó ciertos pensamientos como "satánicos", ¿qué pasará cuando esos mismos temas deban estudiarse en las clases de historia, filosofía o ciencias sociales?

Moscovich no se limitó a sus críticas públicas inmediatas. Confesó que días previos había publicado un texto de opinión en el cual solicitaba al mandatario que respetara a quienes poseen visiones políticas diversas. Su mensaje, aunque moderado en tono, contenía una petición explícita: "Presidente, usted nos propuso un cambio al cual adherí y lo voté. Queremos el cambio, no profundice la brecha". Tras la difusión de esas palabras, el exdirector informó que experimentó una ola de contactos telefónicos provenientes de individuos desconocidos que lo insultaron y amenazaron. Describió la situación con crudeza: "Me rompieron el teléfono con insultos". Estos hechos sugieren una polarización creciente alrededor del tema y la existencia de sectores que responden de manera agresiva ante cualquier cuestionamiento a las acciones del presidente.

La responsabilidad de la presencia presidencial en ORT, según Moscovich, no debe atribuirse únicamente al Gobierno. El exdirector dirigió críticas muy severas hacia la estructura de la comunidad judía institucional, particularmente hacia Mauro Berenstein, presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), a quien responsabilizó de haber gestionado y promovido la visita del mandatario al establecimiento educativo. Moscovich aseveró que Berenstein "presionó a la escuela" para concretar esta actividad, aprovechando su posición de influencia dentro de organismos de representación comunitaria. Según su relato, la institución escolar enfrenta una difícil encrucijada: resulta complejo declinar invitaciones o presiones provenientes de la DAIA, dada la necesidad de mantener diálogos fluidos con esa entidad. No obstante, ceder ante tales presiones implica comprometer los principios de apolíticismo y respeto por la diversidad que supuestamente caracterizan a ORT. Moscovich advirtió que detrás de la iniciativa de Berenstein operan intereses políticos personales proyectados a nivel nacional para el año venidero, un aspecto que eleva la gravedad percibida del episodio.

Contexto institucional y tensiones comunitarias

Es relevante ubicar estos sucesos dentro de una perspectiva histórica más amplia. La ORT Argentina fue fundada hace exactamente 90 años, época en la cual la comunidad judía en el país enfrentaba circunstancias muy distintas a las actuales. La institución emergió como respuesta a necesidades educativas de sectores migrantes y se fue transformando gradualmente en uno de los centros escolares más grandes y prestigiosos de la zona. A lo largo de las décadas, especialmente en períodos de turbulencia política argentina, ORT se posicionó como un espacio que procuraba mantener cierta distancia respecto de confrontaciones ideológicas, ofreciendo un ambiente en el que convivían estudiantes de múltiples orígenes y convicciones. Este equilibrio fue laboriosamente construido y mantenido durante años, en particular bajo la gestión de Moscovich.

Las tensiones que emergieron con la visita presidencial reflejan una realidad más compleja en torno a las instituciones comunitarias judías. Por un lado, existen organismos como la DAIA que actúan con cierta pretensión de representatividad sobre el conjunto de la comunidad. Por otro, las instituciones específicas como ORT deben gestionar relaciones con múltiples actores: autoridades políticas, padres de estudiantes, docentes, y la comunidad en sentido amplio. Cuando estos actores avanzan en direcciones divergentes, las instituciones educativas quedan atrapadas en el medio. El hecho de que aproximadamente 11.000 estudiantes asisten a ORT amplifica el alcance potencial de cualquier decisión institucional que tenga contenido político.

Respecto del evento en sí mismo, hay que notar que durante la alocución del presidente surgieron momentos de confrontación directa con la audiencia estudiantil. En un segmento de su discurso, Milei realizó críticas hacia la prensa y alentó de manera implícita a los jóvenes presentes a expresar su rechazo hacia los trabajadores de medios de comunicación. El auditorio respondió con silbidos y abucheos, a lo que el mandatario correspon­dió festejando la reacción y ofreciendo intensificarla. Tales interacciones ponen de relieve otra dimensión problemática: el uso de adolescentes como audiencia receptiva a mensajes que buscaban provocar adhesión emocional hacia posiciones políticas específicas. En contextos escolares, donde se supone existe cierta autoridad institucional y responsabilidad educativa, emplear a estudiantes menores de edad como validadores de posturas políticas resulta controvertido.

Implicancias y perspectivas divergentes

Los sucesos descriptos abre interrogantes significativas acerca del rol que deben desempeñar las instituciones educativas en democracias contemporáneas. Por un lado, existe una tradición liberal que sostiene que espacios escolares deben permanecer relativamente aislados de la pugna política partidaria, garantizando a docentes y estudiantes libertad para reflexionar críticamente. Bajo esta óptica, la presencia de figuras políticas que utilizan su plataforma para atacar a opositores y a medios de prensa contradice los objetivos formativos de la institución. Por otro lado, hay quienes argumentan que los presidentes y funcionarios públicos tienen derecho de acceso a espacios públicos y privados de relevancia, y que restringir tales accesos equivaldría a limitar libertades. Una tercera perspectiva enfatiza que corresponde a las instituciones escolares establecer claramente sus propias políticas respecto de qué tipo de actividades permiten y bajo qué condiciones, independientemente de presiones externas.

La respuesta de sectores dentro de la comunidad judía organizada también merece análisis. Algunos pueden considerar que Berenstein y la DAIA actuaron legítimamente en gestionar una reunión entre el presidente y una institución educativa de relevancia comunitaria, particularmente considerando que el Gobierno actual mantiene una posición explícitamente pro Israel en cuestiones de política exterior. Desde esa lectura, las críticas de Moscovich podrían interpretarse como excesivamente restrictivas o como una falta de reconocimiento a los intereses políticos legítimos de ciertos segmentos comunitarios. Alternativamente, otros sectores pueden alinearse con Moscovich, considerando que una institución educativa debe anteponer sus funciones académicas a cualquier consideración de afinidad política con autoridades de turno, independientemente del signo que estas tengan.

Las amenazas y el acoso dirigidos a Moscovich después de sus críticas públicas introducen un factor adicional de preocupación. Independientemente de posiciones políticas, existe consenso generalizado en democracias plurales respecto de que la intimidación mediante insultos y amenazas busca silenciar expresiones críticas, un efecto que socava la posibilidad de debates públicos robustos. El hecho de que alguien exprese desacuerdos con decisiones gubernamentales y sea posteriormente objeto de acoso representa un patrón que trasciende el episodio específico de ORT y sugiere dinámicas polarizadoras más amplias operando en la sociedad. A futuro, es probable que otros exfuncionarios y personas con influencia en instituciones comunitarias se abstengan de realizar críticas públicas si anticipan consecuencias similares. Ello tendría repercusiones sobre la calidad de los debates internos dentro de comunidades e instituciones que dependen de la participación de figuras experimentadas. Las tensiones emergentes entre presiones políticas, integridad institucional y libertad de expresión seguirán siendo temas centrales en la vida pública argentina.