Un manuscrito grabado en piedra que desafía el presente
En el patio de armas del Regimiento de Granaderos a Caballo, donde durante más de dos siglos resuenan los toques de clarín y las marchas de gloria, existe un bajo muro que custodia un documento de naturaleza singular. No se trata de un decreto ni de un parte de batalla, sino de un conjunto de once máximas que el General José de San Martín entregó a su hija Mercedes cuando apenas contaba nueve años. Redactadas en Bruselas el 13 de agosto de 1825, estas líneas fueron trazadas por la mano del Libertador mientras vivía en el exilio europeo, lejos de la patria que había liberado y del reconocimiento que nunca recibiría en vida. Hoy, grabadas en la piedra de aquel muro histórico, siguen siendo el texto más perturbador para cualquier dirigente que se atreva a transitarlas sin hipocresía.
La primera máxima, "humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que no perjudican", revela un pensamiento que antecedía por más de un siglo al ambientalismo moderno. San Martín no solo predicaba la compasión hacia los seres humanos, sino una sensibilidad radical hacia toda forma de vida vulnerable. Sorprende descubrir en el militar del siglo XIX una filosofía que rechazaba la crueldad innecesaria, la indiferencia ante lo indefenso. Resulta perturbador contrastar esta visión con la realidad contemporánea: el desprecio sistemático hacia bosques y ecosistemas, la desindustrialización que ha dejado sin empleo a millones de argentinos, la negación del cambio climático por parte de gobiernos que abrazan recetas teóricas obsoletas. ¿Qué diría San Martín ante un país que rechaza el progreso tecnológico en nombre de una pureza económica mientras sus ciudadanos carecen de lo elemental?
Merceditas fue educada en internados ingleses y belgas desde los siete años, sostenida con los escasos recursos que su padre conseguía traer desde América. La necesidad de migrar desde Londres a Bruselas en 1825 obedeció a razones económicas simples: la capital belga era más barata. San Martín comía en una fonda modesta mientras redactaba estas máximas para una hija a quien apenas veía. Nunca cobró sus sueldos como Brigadier General en retiro de ningún gobierno argentino. Murió pobre el 17 de agosto de 1850, apenas cuatro años después de haber escrito sus reflexiones finales en Bruselas. Este es un detalle que la dirigencia argentina actual prefiere olvidar: el hombre que liberó un continente terminó sus días sin recibir un centavo de la nación que lo honra con estatuas y desfiles.
La compasión como doctrina militar y política
La segunda máxima rezaba: "inspirar el amor a la bondad y odio a la mentira". Detrás de estas palabras se encontraba toda una filosofía de acción que San Martín no solo predicaba sino que practicaba en el terreno de batalla. Tras los combates de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú, cuando llegaba el momento de canjear prisioneros, el contraste era abismal: los realistas capturados por las fuerzas patriotas regresaban bien alimentados, sus heridas cuidadosamente tratadas, mientras que los patriotas rescatados volvían con signos de tortura, gangrena, malnutrición extrema. San Martín se negaba a responder con la misma crueldad. El capitán de la infantería española Juan A. Zabala, vencido en febrero de 1813 a orillas del Paraná, fue recibido en el Convento de San Lorenzo por el coronel San Martín en una escena que resume toda una ética de poder: compartieron asado criollo y vino francés, Zabala durmió una siesta en el convento, y se le regaló media res para alimentar a sus heridos. Tres años después, ese oficial español escribiría a San Martín ofreciendo sus servicios a la causa de la independencia. La bondad había operado donde la propaganda hubiera fracasado.
¿Qué significa esta historia en el contexto actual? En 2025, cuando el Instituto Nacional Sanmartiniano fue disuelto de un plumazo, el teniente coronel artillero Claudio Morales Gorleri, frisando los ochenta años, fue despedido sin previo aviso ni explicación alguna. Este académico militar, doctor en Historia, había asumido poco antes como presidente ad honorem de la institución dedicada a preservar la memoria del prócer. Su único "delito" parece haber sido investigar con rigor y ostentar una independencia que el poder actual no tolera. Un "libertario" a sueldo lo reemplazó. Aunque la decisión fue posteriormente anulada ante la presión nacional e internacional, nunca hubo reparación por el daño moral infligido a un hombre que dedicó su vida al estudio serio de San Martín. Aquí está el espejo: mientras San Martín construía alianzas mediante la compasión, la actual dirigencia construye enemigos mediante el desprecio. Mientras el Libertador creía que la verdadera educación en ciencias y artes era más valiosa que cualquier victoria militar, nuestros gobernantes desmantelan instituciones educativas y cierran centros de investigación.
Las máximas cuarta y octava son una andanada directa contra la crueldad contemporánea: "estimular en Mercedes la caridad con los pobres" y "dulzura con los criados, pobres y viejos". Estos no son consejos sentimentales dirigidos a una niña. Son instrucciones sobre cómo debe comportarse quien ejerce autoridad frente a quienes no tienen poder. Son definiciones de lo que significa ser una persona digna de gobernar. Hoy, mientras seis de cada diez niños argentinos carecen de alimentación completa y el 52 por ciento de menores y jóvenes son pobres, se escuchan discursos sobre la necesidad de ajuste, de sacrificio, de "ordenamiento fiscal". Pero ese sacrificio no lo comparten quienes lo ordenan. No hay ministros reduciendo voluntariamente sus sueldos, no hay funcionarios donando sus bonificaciones para financiar comedores escolares. San Martín, gobernador de Cuyo en 1815, cedió la mitad de su sueldo al Estado durante la guerra de independencia. Requirió que burócratas, oficiales y soldados hicieran contribuciones proporcionales. Rechazó una segunda chacra que le ofrendó el Cabildo de Mendoza y pidió que fuera distribuida entre los soldados más valientes. Donó diez mil pesos oro que le ofrecieron en Santiago para la construcción de la Biblioteca Nacional.
El Libertador y los olvidados: indígenas y esclavizados
Existe una dimensión de la vida de San Martín que la historia oficial argentina ha preferido mantener en penumbra: su relación con las poblaciones indígenas y afroamericanas. No fue un filántropo moderno, pero sí fue un estratega que entendió algo fundamental: no se puede construir una nación liberada con métodos esclavizadores. En 1816, se dirigió al fuerte de San Carlos, al sur de Mendoza, para negociar durante tres días con los jefes pehuenches. Requería permiso para cruzar territorio indígena con dos columnas menores que confundieran al enemigo realista sobre sus intenciones. Sabía que algunos caciques venderían la información a cambio de vituallas. Las cartas de San Martín describen estas conferencias con una calidad etnográfica que anticipa las grandes expediciones naturalistas del siglo XIX. Jornadas agotadoras de deliberación, exceso de alcohol y comidas, demostraciones ecuestres, todo culminaba con intercambio de regalos y abrazos. Al final, según su propio relato, San Martín se proclamó también "indio", y su altura destacada entre los oficiales criollos, su nariz aguileña y su tez oscura hacían creíble la afirmación. Historiadores como Hugo Chumbita sostienen que su madre natural fue la india Rosa Guarú, nodriza de San Martín y de su hermano en Yapeyú.
Pero fue con los afroamericanos donde San Martín ejecutó su verdadera revolución social dentro de la revolución política. Los regimientos de pardos y morenos constituyeron la infantería de primera línea del Ejército de los Andes. Estos hombres provenían en su mayoría de la esclavitud: algunos fueron cedidos por sus amos a cambio de que ni ellos ni sus hijos fueran reclutados, otros fueron comprados a hacendados del noroeste con fondos capturados a los realistas. San Martín no solo los armó y vistió. Los alfabetizó junto con los hijos de sus dueños. Los ascendió a cabos y sargentos cuando demostraban capacidad. Algunos llegaron al grado de coronel, comandando tropas propias. Para escándalo de la oligarquía porteña y cuyana, estos hombres negros y mulatos eran libres después de cinco años de servicio, con plena ciudadanía. Los sobrevivientes del cruce de los Andes en 1817 —una hazaña que mató de frío a decenas de hombres— continuaron junto a San Martín hasta Lima en 1820. Cargaban la bayoneta "a paso de vencedores", pagando un costo terrible en sangre propia. Aquí también el espejo es incómodo: mientras San Martín revolucionaba las estructuras raciales de su tiempo dentro de los límites de su era, la sociedad argentina contemporánea sigue reproduciendo desigualdades que ni siquiera intenta disimular.
Respeto por la propiedad pública y desprecio al lujo: las máximas que duelen
La quinta y undécima máximas son las que generan mayor fricción con la realidad política argentina: "respeto por la propiedad privada" e "amor al aseo y desprecio al lujo". La primera no es un simple llamado a no robar en términos privados. Implica también el respeto por la "res-pública", los recursos colectivos que la sociedad aporta al Estado para su funcionamiento. La segunda es una condena directa al derroche, a la ostentación, al uso privado de lo público. Durante dos siglos, estas máximas han visto desfilar una cantidad industrial de funcionarios, empresarios y políticos que han saqueado el erario nacional prácticamente sin castigo. La mayoría continúa impune. Algunos ocuparon ministerios, gobernaciones, o directorios de empresas estatales. Otros enriquecieron sus patrimonios de manera tan descarada que sus bienes inmuebles y cuentas bancarias terminaron siendo noticia de prensa. San Martín vigilaba personalmente, junto con su amigo Tomás Guido, la compra de vituallas y armamento para no pagar precios exuberantes a comerciantes ingleses inescrupulosos. ¿Qué diría ante funcionarios que autorizan compras públicas a precios diez veces superiores a los de mercado? ¿Ante empresarios que se enriquecen con subsidios estatales para luego cerrar sus plantas y despedir trabajadores? ¿Ante ministros de Economía que imponen recetas que empobrecen a la mayoría mientras sus allegados acumulan fortunas?
En 1815, cuando la causa libertadora tambaleaba y el realista Marcó del Pont amenazaba cruzar la cordillera, San Martín comunicó al Cabildo de Mendoza una decisión radical: cedería la mitad de su sueldo durante el tiempo de guerra. Pidió contribuciones proporcionales a cabildantes, burócratas, oficiales y tropa. Había que armar y vestir a cinco mil hombres y alimentar miles de equinos. El sacrificio era colectivo, y el que más tenía contribuía más. Esto no se parece en nada al sacrificio que la sociedad argentina actual está pagando en soledad. Son los jubilados cuyos haberes se licúan mes a mes. Son los trabajadores cuyo salario no cubre la canasta básica. Son los niños desnutridos en provincias olvidadas. Son los ancianos que eligen entre medicinas y comida. Son los estudiantes universitarios que deben trabajar mientras estudian porque sus familias no tienen para sostenerlos. El sacrificio es de abajo hacia arriba, no horizontal ni invertido como debería serlo.
El contexto de una frase deformada: "seamos libres y lo demás no importa nada"
Hace poco, el presidente Javier Milei citó en Israel la célebre frase de San Martín: "seamos libres y lo demás no importa nada". Lo hizo como si fuera una bendición a su política económica, como si el Libertador hubiera querido decir que mientras haya libertad comercial o libertad de mercado, el resto no cuenta. La realidad histórica es completamente distinta y, nuevamente, incómoda para quien comete ese acto de expropiación intelectual. San Martín pronunció esa frase en 1819, al final de una arenga, cuando preparaba su partida hacia el Perú. La orden había llegado de Buenos Aires: debía regresar urgentemente para enfrentar una gran expedición realista que nunca se concretó. La razón real de la orden era diferente: el Directorio temía que San Martín regresara al Río de la Plata para intervenir en la lucha contra los caudillos federales del litoral, que lo respetaban profundamente.
San Martín desobedeció la orden. Sabía que su regreso significaría involucrarse en guerras fratricidas que debilitarían la causa de la independencia continental. Priorizó la misión que se había propuesto: la liberación del Perú. Cuando retornó en 1823 y vio el estado de descomposición política en que había caído Buenos Aires, comprendió que no había lugar para él. Fue amenazado, calumniado, y optó por el ostracismo en 1824. Emigró a Europa, donde pasaría el resto de sus días. La libertad que San Martín buscaba no era la libertad de las corporaciones para lucrar sin control, ni la libertad de los ricos para evadir impuestos. Era la libertad de los pueblos para gobernarse a sí mismos, para construir instituciones que los protejan, para vivir con dignidad. Y sabía que esa libertad "pervertida por canallas es una farsa". En su perspectiva, una libertad que beneficia a unos pocos mientras esclaviza a muchos no es libertad: es tiranía disfrazada.
Las cenizas de los olvidados y el fantasma de la traición
Durante 1947, en un acto que pasaría a la historia como uno de los más emot

