Un triunfo económico que no logra blindar el frente geopolítico
La Argentina acaba de alcanzar un hito que no se registraba hace casi una década: el indicador de riesgo país descendió hasta los 430 puntos básicos según la medición del banco JP Morgan, marcando el nivel más bajo desde abril de 2018. Este dato podría interpretarse como un logro resonante del gobierno actual, capaz de restaurar confianza en los mercados internacionales después de heredar un país con un riesgo evaluado en 1290 puntos al asumir en diciembre de 2023. Sin embargo, en los despachos donde se toman decisiones sobre la política exterior argentina, ese número no genera el entusiasmo que debería. La razón es sencilla: mientras la economía respira, el mapa geopolítico que sustentaba la estrategia del Presidente se desmorona lentamente, y esa debilidad internacional amenaza con revertir los avances fiscales conseguidos con tanto esfuerzo.
El panorama que envuelve a los dos principales referentes con los que el Presidente había construido su arquitectura diplomática se ha tornado turbio. Quien se suponía sería su aliado inconmovible en Washington enfrenta una situación interna cada vez más delicada, mientras que su otro socio cercano en Medio Oriente manifiesta públicamente su descontento con las decisiones unilaterales que se adoptan sin consultarle. Estos quiebres no son asuntos menores de protocolo diplomático, sino síntomas de una reconfiguración global que podría dejar a la Argentina sin los apoyos que le permitieron acceder nuevamente a los mercados de crédito internacional. Al mismo tiempo, la figura que se suponía coordinaría la agenda doméstica parece diluirse en la gestión cotidiana sin lograr imprimir una dirección clara.
La caída dramática del riesgo país: ¿logro sustentable o espejismo global?
Para comprender la magnitud de lo ocurrido en materia de riesgo país, es necesario recordar que durante la mayor parte de la administración actual, este indicador se mantuvo oscilando entre los 550 y 600 puntos básicos. Esos números traducían una realidad muy concreta: tanto el Estado como el sector privado debían acceder al financiamiento externo pagando tasas de interés extraordinariamente elevadas, lo que prácticamente equivalía a un cierre de puertas de los mercados internacionales. La situación mejora sustancialmente cuando se comprende que el riesgo país mide la sobretasa que debe pagarse más allá de lo que cobra la Reserva Federal estadounidense por sus bonos, considerados los más seguros del planeta. Una reducción de 430 puntos es, en términos técnicos, significativa.
Dicho esto, también es cierto que especialistas financieros de Wall Street y ejecutivos de corporaciones multinacionales siempre atribuyeron la permanencia en rangos elevados del riesgo país a factores que escapan de las decisiones macroeconómicas: el excesivo endeudamiento en moneda extranjera del país, el volumen insuficiente de reservas internacionales y la volatilidad permanente del clima político local. El tercero de estos factores posee una característica peculiar en el actual contexto: su autor principal es la misma administración que se adjudica el mérito de haber eliminado el déficit fiscal y reducido la inflación desde 211 por ciento anual a cifras cercanas a 2 por ciento mensual. El desprecio institucional y la confrontación política constante emanaban del mismo despacho presidencial que ejecutaba disciplina en materia de finanzas públicas.
Analistas económicos sostienen una perspectiva más templada respecto a este descenso. Señalan que el acuerdo recientemente anunciado entre Washington e Irán generó un efecto positivo en la economía mundial, reduciendo incertidumbre y por lo tanto disminuyendo el costo de financiamiento para prácticamente todas las naciones latinoamericanas, independientemente de su orientación política. Desde este ángulo, la mejora del indicador argentino formaría parte de una tendencia regional más amplia antes que un triunfo exclusivo de políticas domésticas. Un economista consultado para este análisis ironizó: "Es buena noticia, aunque no suficientemente buena como para celebrar en la calle". La comparación con países vecinos refuerza esa perspectiva: mientras Brasil registra un riesgo país de 175 puntos, Uruguay oscila entre 50 y 70 puntos, Chile en 87 puntos y México en 204 puntos, Ecuador permanece cerca de los 378 puntos como único competidor de Argentina en esta poco envidiable categoría. Solo Perú, inmerso en crisis institucional severa, supera a Argentina, aunque apenas con 134 puntos.
Trump: un aliado con heridas de guerra que no cicatrizan
La estrategia de política exterior del Presidente argentino se fundaba en una premisa que ahora resulta cuestionable: la conformación de un bloque de líderes de derecha que dominarían el escenario global. Junto a Trump, Netanyahu, Giorgia Meloni de Italia y él mismo, imaginaba un cuarteto capaz de reconfigurar la geopolítica mundial según sus intereses. Ese edificio comienza a resquebrajarse aceleradamente. El mandatario estadounidense, quien hace poco tiempo anunciaba que arrastraría a Irán hacia la derrota militar y lo despojaría de capacidades nucleares, se vio obligado a negociar con precisamente ese adversario después de una aventura bélica que ha sido calificada por observadores internacionales como estratégicamente fallida.
Las promesas iniciales de Trump incluían bombadear Irán hasta derrocar al gobierno de los ayatollahs. Lo que ocurrió en realidad fue el fortalecimiento de ese mismo régimen mediante una cohesión forzada alrededor de la narrativa de amenaza externa. El segundo objetivo declarado, eliminar las capacidades nucleares iraníes, tampoco se cumplió. Si bien se infligió daño importante a infraestructura militar, particularmente en fuerzas navales y aéreas, Irán conserva 450 kilos de uranio enriquecido por encima del 60 por ciento, cantidad que permanece oculta según reportes de medios internacionales. La diferencia entre 60 y 90 por ciento de enriquecimiento es la distancia que separa a una nación de la capacidad de fabricar armamento nuclear. Trump declara haber logrado que Irán no avance más en ese proceso, pero esa misma concesión ya había sido obtenida por su predecesor Barack Obama en 2015 mediante negociación diplomática, sin necesidad de conflicto armado.
El verdadero golpe a la estrategia trumpista llegó cuando Irán utilizó su control del estratégico estrecho de Ormuz para bloquear esa vía de navegación por la cual transita una porción significativa del petróleo mundial. Esa acción desestabilizó la economía global. Las consecuencias de un conflicto que Trump presentaba como manejable resultaron inesperadamente severas. A nivel doméstico estadounidense, el balance es igualmente negativo para el mandatario: su índice de aprobación se ha deteriorado hasta niveles que lo hacen más impopular que todos sus predecesores, según mediciones disponibles. Las próximas elecciones legislativas de mitad de mandato, programadas para noviembre, proyectan una derrota probable según encuestas actuales. Un Trump debilitado electoralmente es un aliado significativamente menos útil para respaldar proyectos presidenciales en Argentina, especialmente cuando faltan apenas doce meses para las elecciones de reelección en el país.
Netanyahu, Meloni y la fractura de la alianza imaginada
Netanyahu no solo observa con disgusto los movimientos de Trump hacia Irán; además, descubrió que sus consultas previas no fueron solicitadas antes de que Washington negociara directamente con Teherán. Esta omisión, que podría parecer un detalle de protocolo, revela la fragilidad de los acuerdos que supuestamente sellaban la unidad del bloque derechista global. Benjamin Netanyahu, quien históricamente ha mantenido Irán como la amenaza central de su estrategia de seguridad nacional, se siente ignorado en decisiones que lo afectan directamente.
Paralelamente, Giorgia Meloni, la primera ministra italiana, también experimentó un trato desdeñoso del mandatario estadounidense. Su desacuerdo surgió cuando Trump entró en confrontación con el Papa León XVI. Meloni, como jefa de gobierno de Italia, consideró su responsabilidad histórica alinearse con el Pontífice en esa controversia, calificando el accionar de Trump hacia la máxima autoridad católica como "inaceptable". Además, se negó a que Italia participara directamente en operaciones militares contra Irán. Trump respondió con un insulto directo, llamándola "cobarde" de manera pública, sin consideración alguna por el hecho de que se dirigía a una jefa de estado de una nación soberana. Este episodio ilustra cómo el Presidente estadounidense procesa el desacuerdo: mediante descalificaciones personales antes que mediante negociación diplomática.
Adorni y el vacío de la gestión doméstica
Mientras la política exterior se tambalea, la Argentina enfrenta además un problema de gobernanza interna. Manuel Adorni, designado como jefe de Gabinete con la responsabilidad de coordinar la agenda administrativa, ha perdido visibilidad y relevancia en la toma de decisiones. Su presencia en el escenario político se ha vuelto difusa, sin que se observe una dirección clara emanada de su gestión. Este vacío de liderazgo en la coordinación del ejecutivo genera interrogantes sobre quién efectivamente conduce la administración más allá de las decisiones económicas y las comunicaciones presidenciales. Para una gestión que necesita consolidar sus logros inflacionarios y presupuestarios, la ausencia de un jefe de Gabinete fuerte representa una debilidad operativa que no puede ser compensada únicamente por resultados macroeconómicos.
El telón de fondo: logros económicos que no blindan la geopolítica
Es justo reconocer que la inflación, que Argentina heredó en 211 por ciento anual, descendió dramáticamente. Desde Roberto Lavagna, quien en tres años y medio de gestión dejó una inflación acumulada de apenas 40 por ciento, el país no registraba números tan bajos. La administración peronista previa acumuló 1020 por ciento de inflación en cuatro años, lo que significa que el esfuerzo actual de contención de precios representa un logro genuino en materia de estabilización macroeconómica. Tampoco es menor que se haya conseguido déficit fiscal cero tras años de déficits crónicos que alimentaban la espiral inflacionaria.
Sin embargo, estos logros internos se despliegan sobre un escenario internacional cada vez más frágil. El Presidente se encuentra en una posición donde no puede volcarse hacia ninguna de sus alianzas porque ninguna ofrece solidez. Trump tambalea internamente; Netanyahu está molesto; Meloni fue insultada públicamente. Argentina, como potencia media, no posee los recursos ni la influencia para intentar siquiera una mediación entre estos actores. La pregunta que sin duda ocupa las reflexiones presidenciales es hasta cuándo durará la estación política favorable que permitió estos avances económicos. Si Trump resulta derrotado en noviembre próximo, el apoyo financiero que Washington podría brindar a través de su secretario del Tesoro Scott Bessent se volvería incierto. Un Bessent resguardado por una administración debilitada sería un respaldo mucho menos confiable para financiar una eventual campaña de reelección argentina en 2027.
Perspectivas y encrucijadas: lo que podría ocurrir
Los desarrollos próximos podrían derivar en escenarios muy distintos. Si Trump logra revertir las tendencias de impopularidad mediante gestiones exitosas en otros frentes, su alianza con Argentina se vería reforzada y el apoyo financiero estadounidense seguiría siendo accesible. Por el contrario, si las elecciones legislativas estadounidenses resultan en una derrota demócrata significativa, la capacidad de Trump para respaldar gobiernos afines en América Latina se vería severamente comprometida. En relación con la economía argentina, el riesgo país podría seguir mejorando si la estabilidad internacional se consolida, pero también podría revertirse rápidamente si nuevos conflictos tensionan los mercados globales. La dependencia de Argentina respecto de alianzas externas para mantener el acceso a financiamiento internacional la coloca en una posición de vulnerabilidad que los números de inflación y déficit fiscal no alcanzan a mitigar completamente. La sostenibilidad de las mejoras macroeconómicas logradas dependerá tanto de decisiones domésticas como de la capacidad de mantener entornos internacionales relativamente predecibles, algo que actualmente parece estar fuera del control del país.



