Hay visitas que pasan desapercibidas y otras que generan un terremoto político antes de que el visitante abandone el país. La llegada de Peter Thiel a la Argentina pertenece claramente a la segunda categoría. El magnate estadounidense, cofundador de PayPal, inversor temprano en Facebook y propietario de Palantir Technologies —una empresa con contratos millonarios con agencias de inteligencia y el ejército de los Estados Unidos—, se sentó frente a Javier Milei en la Casa Rosada y desató una tormenta de críticas que vino desde lugares ideológicamente distantes entre sí.

El encuentro fue el primer compromiso oficial que Milei tuvo en suelo argentino después de regresar este miércoles de su gira por Israel. Que el Presidente haya priorizado ese encuentro por encima de cualquier otra actividad doméstica dice bastante sobre el peso que el gobierno le asigna a esta relación. Del lado oficial, la hermeticidad fue total: ni un comunicado, ni una foto publicada, ni una palabra sobre los temas tratados. Lo que sí se supo es que el canciller Pablo Quirno estuvo presente en la reunión y que, apenas una semana antes, Thiel ya había tenido un encuentro con el asesor presidencial Santiago Caputo. No fue un contacto aislado ni casual. Fue una secuencia.

Una relación que lleva más de un año construyéndose

Esta no fue la primera vez que Thiel pisó Balcarce 50. En mayo de 2024, el empresario había llegado acompañado por el embajador argentino en Washington, Alex Oxenford, y también se había reunido con el Presidente en la Casa Rosada. Pero incluso antes de ese encuentro formal, Milei y Thiel ya habían compartido espacio en el foro del Milken Institute, en febrero de ese mismo año. Lo que está sucediendo, entonces, no es un coqueteo espontáneo sino una relación que lleva más de doce meses cultivándose a fuego lento, con escalas progresivas en términos de protocolo y de cercanía.

A ese contexto se suma un dato que habla por sí solo sobre el nivel de compromiso del magnate con el país: Thiel adquirió en tiempo récord una de las propiedades más exclusivas del barrio Parque porteño. La mansión, ubicada sobre la calle Dardo Rocha al 2900, había pertenecido al financista Juan Ball, quien reside la mayor parte del año en los Estados Unidos. El precio de la operación rondó los 12 millones de dólares. Según pudo reconstruirse a través de fuentes del mercado inmobiliario, no sería extraño que la transacción se haya facilitado por contactos compartidos entre Thiel y el anterior dueño, dado que ambos tienen vínculos en el mundo financiero norteamericano. Thiel no vino a pasear: vino a quedarse, al menos por temporadas.

¿Quién es realmente Peter Thiel?

Para entender por qué su presencia genera tanta inquietud, hay que conocer su trayectoria. Thiel tiene 58 años y una fortuna estimada en torno a los 27.000 millones de dólares. Construyó las bases de ese patrimonio cuando en 1998 cofundó PayPal, el sistema de pagos digitales que revolucionó las transacciones en internet y que luego fue absorbido por eBay. Pero el salto que lo catapultó a otra dimensión ocurrió en 2004, cuando decidió invertir 500.000 dólares en una red social incipiente llamada Facebook, fundada por un joven Mark Zuckerberg. Esa apuesta temprana le reportó ganancias monumentales.

Sin embargo, lo que más incomoda de su perfil no es su riqueza sino sus vínculos institucionales y políticos. Palantir Technologies, la empresa que fundó en 2003 con respaldo inicial de la CIA, se dedica al análisis masivo de datos y tiene contratos activos con el Pentágono, con múltiples agencias de inteligencia estadounidenses y con gobiernos de todo el mundo. No es una empresa de consumo masivo ni una startup simpática: es una herramienta de vigilancia y procesamiento de información con aplicaciones directas en operaciones militares y de seguridad. Además, Thiel es un aliado probado de Donald Trump, a quien respaldó en sus dos campañas presidenciales, y fue socio del hoy vicepresidente J.D. Vance. Su red de influencia en el poder político norteamericano es tan extensa como poco transparente.

La oposición encendió las alarmas

Frente a ese perfil, la reacción de la oposición no tardó en llegar. Una de las voces más contundentes fue la de Elisa Carrió, referente histórica de la Coalición Cívica, quien utilizó su cuenta de X para lanzar una advertencia que no dejó lugar a la interpretación. Para la dirigente, la instalación de Thiel en el país representa una amenaza concreta para las instituciones. Lo calificó como parte del "eje del mal" y señaló que todo lo que rodea a Palantir va en una dirección opuesta a los valores republicanos y democráticos. "Es Pentágono puro", escribió, en una frase que sintetiza el núcleo de su preocupación: la presencia de un actor profundamente enraizado en el complejo militar-industrial norteamericano operando con acceso directo al Poder Ejecutivo argentino.

Desde el espacio de Unión por la Patria, la diputada nacional Kelly Olmos también alzó la voz, aunque con un tono más institucional. Junto a un grupo de legisladores que incluye a Graciela de la Rosa, Claudia Palladino, Guillermo Snopek, Victoria Tolosa Paz, Mario Manrique y Moira Sancho, Olmos difundió un documento formal expresando la preocupación del bloque por la reunión entre Thiel y representantes del Ejecutivo. La diputada también aprovechó para repudiar la exclusión de periodistas acreditados de la Casa Rosada durante la visita, algo que la Casa Militar impuso generando un nuevo cuestionamiento sobre el acceso de la prensa a los actos de gobierno. Que dos fuerzas políticas antagónicas entre sí —la centroderecha de Carrió y el peronismo kirchnerista de Olmos— hayan coincidido en el rechazo a esta visita no es un detalle menor: marca el ancho de la preocupación que genera este vínculo.

Lo que queda flotando en el aire, y que el oficialismo no se molestó en responder, es una pregunta simple pero fundamental: ¿qué está negociando la Argentina con Peter Thiel? ¿Qué tipo de acuerdos se están tejiendo en esas reuniones a puertas cerradas con un empresario cuyo principal activo es una empresa de inteligencia de datos con raíces en la CIA? En un país que atraviesa una profunda restructuración del Estado, con organismos públicos siendo desmantelados o rediseñados a velocidad inusitada, la llegada de alguien como Thiel no puede leerse solo como una visita de cortesía. Los datos, en manos equivocadas, valen más que cualquier inversión financiera. Y Thiel, precisamente, construyó su fortuna sobre esa premisa.