Hay visitas que no necesitan anuncio oficial para entenderse como señales. Este jueves, Javier Milei recibió en la Casa Rosada al empresario e inversor estadounidense Peter Thiel, uno de los nombres más pesados del ecosistema tecnológico y financiero global, en un encuentro que combinó alto voltaje geopolítico con una polémica doméstica de fondo: ese mismo día, el Gobierno decidió revocarle el acceso biométrico a todos los periodistas que trabajan cotidianamente en Balcarce 50. La confluencia de ambos hechos no pasó desapercibida.
Del lado argentino, además del presidente, estuvo presente el canciller Pablo Quirno, lo que da cuenta del nivel de relevancia que el Ejecutivo le asignó al encuentro. Los detalles de la conversación no fueron divulgados por ninguna de las partes. Lo que sí se sabe es que Thiel ya había estado en esa misma sede en mayo de 2024, en aquella ocasión acompañado por el embajador argentino ante Washington, Alex Oxenford. Y que antes de eso, ambos se habían cruzado en el foro del Milken Institute en febrero de 2024, una de las cumbres más selectas del capitalismo internacional. Esta visita, entonces, no es un saludo protocolar: es el tercer capítulo de una relación que viene construyéndose con deliberación.
Quién es el hombre que volvió a sentarse con Milei
Peter Thiel tiene 58 años y una fortuna estimada en torno a los 27.000 millones de dólares. Su nombre está grabado en la historia de internet con letras mayúsculas: fue cofundador de PayPal en 1998, la plataforma que redefinió los pagos digitales antes de ser absorbida por eBay. Pero quizás su jugada más recordada fue la que hizo en 2004, cuando puso 500.000 dólares en una red social que empezaba a circular por los dormitorios universitarios de Harvard. Ese emprendedor era Mark Zuckerberg, y esa apuesta temprana lo convirtió en uno de los primeros grandes inversores externos de Facebook. El instinto de Thiel para ver el futuro antes que los demás es, acaso, su activo más valioso.
Pero hay otra dimensión de su perfil que resulta especialmente relevante en el contexto de su visita a Buenos Aires: Thiel es el dueño de Palantir Technologies, una compañía fundada en 2003 con respaldo de la CIA que se dedica al análisis masivo de datos. Sus clientes no son exactamente startups de consumo: son agencias de inteligencia, fuerzas armadas y organismos estatales de distintos países. Palantir tiene contratos activos con el gobierno de Estados Unidos, con su ejército, y con una constelación de actores del sector privado a escala mundial. En el cruce entre tecnología, seguridad nacional y poder político, Thiel no es un observador: es un protagonista.
A eso se suma su cercanía con el ala más dura del conservadurismo estadounidense. Thiel respaldó a Donald Trump en sus dos campañas presidenciales, la de 2020 y la de 2024, y fue socio del actual vicepresidente J.D. Vance. Su inserción en el círculo de poder de la nueva administración republicana lo convierte en un interlocutor con peso propio, no solo como empresario sino como operador político con acceso directo al centro del poder en Washington. Que haya elegido sentarse con Milei —y que además se haya reunido la semana previa con el asesor presidencial Santiago Caputo, según confirmaron fuentes cercanas al propio asesor— sugiere que el interés es recíproco y que las conversaciones van más allá de la cortesía.
El veto a la prensa, una sombra sobre el encuentro
La visita de Thiel fue el primer evento de agenda doméstica de Milei tras su regreso de Israel, adonde había viajado en una gira que concluyó el miércoles. Pero lo que terminó dominando la jornada no fue la reunión con el magnate tecnológico sino la decisión, implementada en forma sorpresiva, de darle de baja las huellas dactilares a todos los periodistas acreditados en la Casa de Gobierno. El sistema biométrico es el mecanismo habitual de ingreso para los cronistas que trabajan a diario en Balcarce 50, y sin él, el acceso queda bloqueado de manera efectiva. Los afectados se enteraron cuando intentaron entrar esa mañana: la medida había sido resuelta la noche anterior y entró en vigencia en las primeras horas del jueves, sin que mediara ninguna comunicación previa ni oficial.
La justificación que ofreció el Gobierno apunta a un escándalo de seguridad que estalló días atrás: la aparición de imágenes filmadas en pasillos e interiores de la Casa Rosada que habrían sido captadas por periodistas del canal Todo Noticias. A raíz de eso, la Casa Militar presentó una denuncia penal por presunto espionaje ilegal contra dos comunicadores de ese medio. El Ejecutivo enmarca el cierre del acceso en esa investigación interna, argumentando que es necesario determinar qué otro material pudo haberse registrado y bajo qué condiciones se obtuvieron las imágenes ya difundidas. La única voz oficial que se pronunció fue la del secretario de Prensa, Javier Lanari, que publicó en la red social X: "La decisión de quitar las huellas dactilares a los periodistas acreditados de Casa Rosada se tomó de manera preventiva ante la denuncia de Casa Militar por espionaje ilegal. El único fin es garantizar la seguridad nacional".
Fuentes del Gobierno insistieron en que la medida es "provisoria" y que responde exclusivamente a una "cuestión de seguridad del presidente", aunque no precisaron plazos ni condiciones para su levantamiento. La ausencia de una comunicación institucional formal, la forma abrupta en que se implementó y la coincidencia con la visita de un empresario ligado a plataformas de inteligencia y datos generaron preguntas incómodas que el Ejecutivo no respondió. La tensión entre transparencia informativa y seguridad, en cualquier democracia, es un equilibrio difícil. Cuando ese equilibrio se rompe sin explicaciones claras, la desconfianza no tarda en llenar el vacío.
La jornada del jueves dejó, entonces, dos imágenes superpuestas: la de un Gobierno que profundiza lazos con uno de los inversores más influyentes del universo tecnológico y del poder republicano estadounidense, y la de una Casa Rosada que, al mismo tiempo, cierra sus puertas a quienes tienen la tarea de registrar y contar lo que allí sucede. La combinación no es un detalle menor.

