En medio de un escenario político fracturado y una arquitectura de poder que se desmorona desde adentro, Diego Santilli asumió esta semana como jefe de Gabinete, el segundo cargo más relevante de la administración nacional. Su llegada no es el resultado de una consolidación institucional ni de acuerdos amplios, sino de una necesidad acuciante: la escasez de cuadros políticos dispuestos a exponerse en un gobierno caracterizado por purgas internas, despidos sin contemplaciones y batallas de poder que consumen a sus propios funcionarios. Lo que sucede detrás de esta designación revela las grietas profundas que atraviesan al mileísmo y plantea interrogantes fundamentales sobre si el nuevo jefe de Gabinete logrará efectivamente "pacificar" la arena política nacional, como pregona, o si la lógica confrontacional del Presidente terminará por devorar cualquier intento de moderación.
Santilli, con décadas de experiencia en ejercicios de equilibrio político, ha prometido en sus conversaciones recientes que su objetivo principal consistirá en reorientar la política hacia un terreno menos árido y conflictivo. Sin embargo, la realidad de su posición entraña una paradoja incómoda: su único puente sólido hacia la cúpula del poder es Karina Milei, la hermana del Presidente y secretaria general de la Presidencia, no el propio mandatario. Esta circunstancia lo coloca en una vulnerabilidad comparable a la de sus antecesores. Nicolás Posse y Guillermo Francos, quienes antes de sus cargos compartían una larga trayectoria empresarial con Milei en Aeropuertos Argentina 2000, terminaron renunciando tras chocar contra la influencia omnipotente de Santiago Caputo, el asesor presidencial que opera como poder paralelo dentro de la administración. Ambos perdieron esas batallas internas y debieron abandonar sus funciones. Adorni, el jefe de Gabinete anterior, llegó de la mano de Karina pero mantuvo un diálogo cotidiano con el Presidente en su rol de portavoz, algo que Santilli no posee. La renuncia de Adorni, quien enfrentó acusaciones de corrupción, constituyó un golpe significativo: fue el primer jefe de Gabinete en 32 años que renunció bajo imputaciones de este tipo, desde que la reforma constitucional de 1994 institucionalizara este cargo.
La grieta no resuelta entre Caputo y Karina Milei
Detrás de la designación de Santilli late una disputa sin resolver sobre la estrategia electoral para 2025. Caputo propicia tejer alianzas con catorce gobernadores —aunque guarda celosamente sus nombres— para asegurar la reelección de Milei en primera vuelta sin mayores complicaciones. Su propuesta es pragmática y transaccional. Karina Milei, en cambio, ha sostenido durante meses que los libertarios deben presentarse en los comicios presidenciales con una propuesta de color único: el violeta de La Libertad Avanza. No hay indicios de que haya modificado esa posición, que implica una confrontación abierta con el establishment político tradicional. Santilli, por su trayectoria y su forma de operar, se inclina más hacia la visión de Caputo. Sin embargo, fue ascendiendo dentro de la estructura estatal precisamente porque Karina lo eligió. Este desajuste entre sus inclinaciones políticas reales y sus lealtades de facto lo convierte en una pieza frágil dentro del tablero.
La designación de Santilli tampoco implicó un acuerdo amplio entre La Libertad Avanza y Pro, el partido fundado por Mauricio Macri. Los dirigentes de Pro se apresuraron a aclarar que la incorporación del nuevo jefe de Gabinete responde a una decisión del Gobierno, no a un pacto entre ambas fuerzas. El mismo Santilli insistió en que nunca abandonó formalmente a Pro, aunque su militancia diaria ocurre ahora en las filas libertarias. Cuando habló con Macri la noche de su designación —después de haber conversado con Milei—, ni el expresidente ni Santilli utilizaron el lenguaje de un acuerdo partidario. Cristian Ritondo, diputado de Pro, rechazó la cartera del Ministerio del Interior porque condicionó su aceptación a que existiera un pacto formal entre los dos partidos. Ritondo advierte que la división de las fuerzas antiperonistas en la provincia de Buenos Aires podría entregar la victoria al peronismo en el territorio más poblado del país. Su diagnóstico no es menor: la fragmentación del voto opositor es, históricamente, el factor que ha permitido al peronismo recuperarse cuando su debilitamiento parecía irreversible.
Mientras Santilli conversaba telefónicamente con Macri para explicarle su nueva responsabilidad, Milei concedía una entrevista televisiva donde volvía a referirse en términos despectivos del expresidente. En declaraciones a Luis Majul, el mandatario mencionó el caso de Manuel Adorni —empleado del gobierno anterior— quien se retiró sin haber sido citado por la Justicia. Luego, de forma oblicua, apuntó contra Macri, quien fue procesado por el entonces juez federal Norberto Oyarbide en una causa que versaba sobre escuchas telefónicas realizadas a personas que no eran opositores políticos ni sindicalistas ni empresarios ni periodistas. Oyarbide posteriormente confesó públicamente que debía firmar resoluciones bajo presión del kirchnerismo, que lo agarraba del "cogote". Ese pretexto de un juez federal revela el nivel de degradación que alcanzó el Poder Judicial durante ciertos períodos. Con todo, los gestos del Presidente hacia Macri no son los de quien busca construir puentes políticos.
Las encuestas y el derrumbe específico del voto opositor
Los datos de opinión pública evidencian un proceso que explica parcialmente por qué Santilli fue convocado y por qué Pro se ve obligada a negociar desde una posición debilitada. Según las mediciones de Poliarquía, la aprobación de Milei cayó 11 puntos en el último cuatrimestre, un retroceso significativo vinculado al caso Adorni y a la erosión general de la gestión. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante para la coalición gobernante es que esa caída fue desigual: entre quienes votaron a Patricia Bullrich en 2023, el derrumbe alcanzó el 20 por ciento. Estos electores provenían de Juntos por el Cambio, compartían los grandes ejes de la política mileísta —economía, política exterior, orden público— pero esperaban un respeto institucional y una cortesía hacia las personas que el Presidente no ha proporcionado. Para ese segmento, el período de tolerancia hacia las "extravagancias" de los primeros meses concluyó. Bullrich, que fue ministra de Seguridad en el gobierno de Macri y hoy es senadora nacional, se ve forzada a diferenciarse del mileísmo. Macri, a su vez, enfrenta una encrucijada: necesita una alternativa razonable a Milei para evitar que el país caiga nuevamente bajo control peronista, pero simultáneamente padece presiones de gobernadores e intendentes de su partido que buscan acuerdos con el Gobierno para asegurar sus victorias locales.
La aprobación presidencial está ahora por debajo del 40 por ciento, cifra que no garantiza un triunfo en primera vuelta. Si Milei obtuviera menos del 40 por ciento de los votos en 2025, deberá enfrentar una segunda vuelta electoral. En ese escenario, la brecha de votos con el segundo lugar pierde relevancia; lo que importa es polarizar hacia el final. No obstante, la misma encuesta de Poliarquía registra señales de estabilización. Detectó una recuperación en las expectativas sobre la situación futura del país y un aumento en la proporción de ciudadanos que considera que es un buen momento para consumir. Aunque estos porcentajes siguen siendo magros en términos absolutos, indican un piso de contención después de meses de caída continua. El análisis de Poliarquía concluye que "el Gobierno atraviesa su tercer año de gestión en un contexto de deterioro que comienza a estabilizarse". Esta estabilización relativa, sin embargo, no resuelve las interrogantes sobre si el nuevo jefe de Gabinete podrá efectivamente moderar la política o si será arrastrado por la dinámica confrontacional.
Santilli representa una categoría política que la Argentina ha conocido en diversas épocas: el acróbata que puede saltar sobre abismos sin caer. Su trayectoria lo demuestra: comenzó en el peronismo, pasó bajo el ala de Macri, se entusiasmó con el proyecto presidencial de Horacio Rodríguez Larreta —en contra de la opinión de Macri—, fue vicejefe de Gobierno capitalino, se mudó a la provincia de Buenos Aires para ser diputado nacional larretista, nunca rompió definitivamente con Macri y luego transitó desde el larretismo —el sector más antimileísta de Pro— hacia una militancia diaria en el libertarianismo. Patricia Bullrich, quien ahora navega entre acercarse y alejarse del Gobierno, realizó un viaje similar: dedicó sus lealtades a siete partidos o coaliciones diferentes en casi cinco décadas de vida política. Macri, al construir su equipo, parece haber pescado entre los mejores trapecistas disponibles. Santilli además ostenta el cargo de ministro del Interior y aún no ha renunciado a su candidatura a gobernador de Buenos Aires para 2025, aunque tampoco rechazaría una postulación a jefe de Gobierno de la Capital. No cualquiera puede ejecutar esos saltos sin enemigos; Santilli es una excepción.
La escasez de cuadros y el síntoma de un Gobierno en declive
La designación de Santilli es ante todo un síntoma de la penuria de personal del mileísmo. Cuando una administración debe recurrir a figuras de otros espacios políticos para ocupar sus cargos más delicados, está admitiendo —aunque no lo diga explícitamente— que sus propios cuadros se han agotado. Algunos candidatos a funcionarios declaran que rechazan incorporarse al Gobierno porque no desean "terminar calcinados en la hoguera de la lucha interna". Otros argumentan que no están dispuestos a correr el riesgo de ser despedidos de forma abrupta, como sucedió con Diana Mondino, la primera canciller de Milei y economista de prestigio internacional, o como ocurrió con Posse. Decenas de funcionarios han salido del Gobierno expulsados de la peor forma posible por el jefe político del país. Sandra Pettovello, que controla el 60 por ciento del presupuesto nacional y figura sin duda entre los mejores funcionarios de Milei, además de ser amiga personal del Presidente, prefiere mantenerse al frente del extensísimo ministerio de Capital Humano. Lejos de ambiciones personales, apartada de la guerra civil entre facciones. Se cumple aquí un viejo axioma de la política: los gobiernos comienzan con los mejores, continúan con los amigos y terminan con lo que queda. Es probable que si Milei lograra la reelección, contaría con una oferta de personal más amplia y de mejor calidad.
El economista Alejandro Catterberg señala que la reelección presidencial depende de dos factores principales: un mayor compromiso institucional por parte de Milei y un mejor ritmo en la recuperación económica. Los votantes de Bullrich que se fueron representan un segmento que coincide con los grandes ejes de la política mileísta pero que reclama respeto por las instituciones y por las personas. Para ellos, la paciencia con las extravagancias terminó. La cuestión económica, sin embargo, es más compleja y estructural. Milei está intentando instalar una idea económica totalmente distinta de la que prevaleció durante las décadas que comenzaron con el acceso del peronismo al poder en 1946. Le interesa la producción agrícola y la agroindustria. Sus otras prioridades son el petróleo, el gas, la minería y la petroquímica. También busca llevar los progresos tecnológicos, como la Inteligencia Artificial, más allá de donde llegó la experiencia humana. El problema es que la transición de una economía a otra será enredada y confusa en numerosos momentos. Los sectores que crecen —petróleo, gas, minería, agroindustria— representan aproximadamente el 20 por ciento del PBI. Los que caen —comercio, industria tradicional, construcción— rondan el 45 por ciento de la producción nacional. El resto permanece estancado. Como resume el economista Carlos Melconian, "Neuquén, donde está principalmente Vaca Muerta, es Abu Dabi, mientras el conurbano es el Congo". Melconian no espera una tasa de crecimiento de la economía superior a dos o tres por ciento durante este año.
La pregunta sin respuesta que flota sobre la designación de Santilli es si llegó efectivamente para acordar y "pacificar" la política nacional, como anuncia públicamente, o si la lógica de confrontación que caracteriza a Milei terminará por imponerse sobre cualquier proyecto moderador. Esta pregunta es pertinente porque revela una tensión fundamental dentro del Gobierno. Santilli representa la promesa de negociación y construcción de consensos. Caputo, que sigue siendo el asesor más influyente del Presidente, representa la construcción de alianzas transaccionales con gobernadores. Karina Milei representa la intransigencia ideológica. Y el Presidente mismo, en sus intervenciones públicas, sigue emitiendo señales que se alinean más con la confrontación que con la apertura. Si la aprobación presidencial cae por debajo del 40 por ciento y no se recupera de forma significativa, la reelección en primera vuelta se vuelve improbable. Eso obligaría a una segunda vuelta donde el Presidente tendría que polarizar contra un adversario peronista. En ese escenario, Santilli podría resultar más un obstáculo que una ayuda. Por el contrario, si la economía logra repuntar y la aprobación se estabiliza o sube, entonces un jefe de Gabinete moderado podría contribuir efectivamente a evitar nuevas fricciones institucionales. El tiempo dirá si Santilli fue convocado para pacificar o simplemente para ocupar un cargo que nadie más quería.



