Un hombre de puentes en tiempos de grietas

La muerte de Guillermo V. Lascano Quintana marca el cierre de una trayectoria dedicada a un propósito que suena casi ingenuo en la Argentina contemporánea: tender puentes donde abundan las trincheras. Durante más de ochenta años de vida, este profesional del derecho construyó una carrera que trascendía la simple acumulación de títulos o cargos, transformándose en algo más raro y quizás más necesario: una voz persistente en favor del diálogo institucional cuando el país atravesaba sus momentos más convulsivos. Su desaparición representa la pérdida de alguien que creía firmemente que la política no se agota en la confrontación electoral, sino que requiere espacios de encuentro donde prevalezca el interés común sobre las diferencias ideológicas.

Nacido en 1943, Lascano Quintana vivió prácticamente todas las turbulencias del país durante los últimos ochenta años: dictaduras, democracias interrumpidas, crisis económicas y años de creciente polarización social. Sin embargo, su respuesta a estas convulsiones nunca fue retirarse a la seguridad de una especialidad técnica, sino avanzar hacia espacios de responsabilidad institucional. Este posicionamiento revela algo importante sobre su pensamiento: para él, los argentinos no estaban condenados a repetir eternamente el ciclo de enfrentamientos que caracterizó la historia nacional, desde los conflictos entre federales y unitarios hasta las fracturas contemporáneas. Creía que existía una alternativa, aunque fuera difícil construirla.

De la transición democrática a la búsqueda de consensos

La trayectoria profesional de Lascano Quintana ofrece pistas sobre sus convicciones políticas. En 1982 y 1983, cuando la Argentina estaba en el proceso de transición desde la última dictadura militar hacia la recuperación de la democracia, ejerció como subsecretario del Interior durante el gobierno de Reynaldo Bignone. Esta posición, lejos de ser un detalle menor, colocaba a un hombre con sus creencias en un lugar incómodo: participar en la administración final de un régimen autoritario justo cuando el país se preparaba para abandonarlo. La elección de ese momento y esa función sugiere que Lascano Quintana entendía que los procesos de cambio institucional no son binarios entre los que apoyan y los que se oponen, sino que requieren personas capaces de operar dentro de estructuras complejas con una brújula clara de principios.

Como profesional del derecho, sus especialidades revelaban una mente orientada hacia lo técnico pero sin desdeñar lo político. Se dedicó al derecho de seguros, terreno que podría parecer alejado del debate público, pero donde también se juegan cuestiones de confianza, obligación mutua y regulación estatal. Fue docente de derecho constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, dictando la materia que precisamente aborda los fundamentos institucionales de una república. Además, participó en la fundación del Instituto de Derecho de Seguros del Colegio Público de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires y publicó trabajos en revistas jurídicas nacionales e internacionales, lo que demuestra un compromiso con el rigor intelectual y la actualización constante en su campo.

El Club del Progreso como plataforma de pensamiento

Si había un espacio donde Lascano Quintana encontraba la síntesis perfecta entre su vocación institucional, su interés en la historia y su anhelo de diálogo, ese era el Club del Progreso. Esta institución porteña, fundada en 1852 —apenas un año antes de la sanción de la Constitución Nacional—, encarnaba en su propia existencia la idea de que la Argentina podía construirse sobre bases de acuerdo y colaboración. El club surgió en el contexto de enfrentamientos profundos entre Justo José de Urquiza y sus opositores, después de la batalla de Caseros, un momento donde la violencia política parecía inevitable. Sin embargo, figuras de la época eligieron crear una institución dedicada a sentar las bases de consensos que permitieran el desarrollo ordenado del país.

Durante su gestión como presidente de esta centenaria organización, Lascano Quintana no solo preservó su funcionamiento, sino que enfatizó la revalorización de la historia política argentina y la cultura nacional. Su mensaje era claro y repetido: en los momentos difíciles, el compromiso con la patria y sus instituciones debía renovarse, no abandonarse. Promovió activamente la idea de "amigar a los argentinos", una consigna que en la boca de otros políticos o intelectuales podría sonar ingenua o vacía, pero que en su caso representaba una convicción trabajada durante décadas. No se trataba de negar las diferencias legítimas que existen entre ciudadanos de un país plural, sino de reconocer que esas diferencias no tenían por qué traducirse en un enfrentamiento que paralizara las instituciones o impidiera el diálogo constructivo.

Una labor de largo aliento en tiempos de urgencia

La contribución de Lascano Quintana a la vida pública argentina no se concentró en gestos espectaculares o declaraciones provocadoras. Su labor fue más silenciosa, casi microscópica: tertulias donde se discutía sobre valores cívicos, iniciativas institucionales que buscaban destacar la importancia de las reglas de juego republicanas, participación en organizaciones de la sociedad civil que promovían formas de hacer política alejadas de la lógica del enfrentamiento partidario. Esta aproximación contrasta notoriamente con la cultura política contemporánea, donde la visibilidad mediática y la provocación suelen considerarse sinónimos de influencia. Para Lascano Quintana, la influencia verdadera se construía a través de la coherencia, la paciencia y la capacidad de convocar a personas de distintos ámbitos alrededor de preocupaciones comunes.

Su trabajo en el ámbito de la cultura fue reconocido por agrupaciones políticas e instituciones de la sociedad civil. El Partido de la Ciudad le otorgó un diploma como "vecino distinguido", reconocimiento que probablemente valoraba no por su contenido ceremonial sino por lo que representaba: la aceptación de que su trayectoria había dejado una huella en el pensamiento sobre cómo debían funcionar las instituciones locales. Simultáneamente, su adscripción a valores que denominaba como cristianos lo llevó a formar parte de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, orden cuya misión consiste en sostener obras del Patriarcado Latino en Tierra Santa. Esta dimensión espiritual de su vida no era contradicción con su actividad institucional, sino su complemento natural: ambas respondían a una visión del ser humano como responsable no solo de sí mismo sino de la construcción de un orden común.

Lo que queda después del adiós

La desaparición de figuras como Guillermo Lascano Quintana genera interrogantes sobre la continuidad de ciertos proyectos y perspectivas en la vida institucional argentina. Durante las últimas dos décadas, el país ha experimentado una polarización creciente que parecería confirmar, en cierta forma, la tesis de que los argentinos están condenados a enfrentarse. Desde esta óptica pesimista, los esfuerzos de hombres como Lascano Quintana podrían verse como intentos nobles pero condenados al fracaso, luchas contra corrientes inevitables de la historia política. Sin embargo, existe otra manera de evaluar su legado: preguntarse qué habría sucedido si menos personas hubieran intentado construir puentes y espacios de diálogo. Es imposible medir lo que no acontece, las confrontaciones que se evitaron porque alguien propuso una conversación diferente, los acuerdos implícitos que se mantienen porque instituciones como el Club del Progreso siguen existiendo y recordando que otros modos de convivencia son posibles.

El fallecimiento de un abogado especializado en derecho de seguros, docente universitario y dirigente institucional podría parecer una noticia sin mayor repercusión en la superficie de la vida política cotidiana. Sin embargo, cuando se examina el conjunto de su obra, emerge la imagen de alguien que entendió que la República no se sostiene solo con reglas formales, sino con ciudadanos dispuestos a practicar, aun en contextos adversos, el ejercicio de la deliberación civilizada. La pregunta que deja abierta su partida es quién continuará ese trabajo de construcción institucional desde la convicción de que es posible amigar a los argentinos sin negar sus diferencias, simplemente reconociendo que todas las partes comparten un interés común en vivir bajo instituciones que funcionen y que garanticen la convivencia dentro del respeto a la ley. En una sociedad cada vez más fragmentada, donde las grietas parecen profundizarse, la ausencia de voces como la de Lascano Quintana podría sentirse, o podría ser el punto de partida para que otros recojan el desafío que él mismo se propuso durante toda su vida.