La construcción de un ambicioso complejo religioso mormón en plena zona histórica de Buenos Aires genera una controversia que trasciende las fronteras de la arquitectura y la urbanística. En los últimos días, mientras la Iglesia Católica expresa sus preocupaciones sobre los riesgos estructurales que una obra de esa envergadura podría ocasionar en el patrimonio edificado local, emerge un intento de los responsables del sitio católico de despojar el debate de su carga religiosa. Gustavo Antico, rector de la Iglesia Santa Catalina de Siena, insistió en que la resistencia al proyecto no responde a antagonismos entre denominaciones, sino a consideraciones de índole técnica y ambiental que cualquier ciudadano responsable debería compartir.

El terreno donde se levantará el megaproyecto mormón tiene una historia que se remonta casi setenta años hacia el pasado. Según relató el propio Antico, la parcela perteneció durante dos décadas —entre 1954 y 1974— a la congregación de las dominicas, quienes eventualmente se trasladaron a San Justo y decidieron enajenar el inmueble. Desde ese entonces, el lote ha estado sujeto a restricciones constructivas que buscaban preservar la integridad del entorno urbano y la compatibilidad con la arquitectura circundante. Sin embargo, tal como señaló el rector, los proyectos que sucesivamente se presentaron para ese terreno no siempre respetaron cabalmente esas limitaciones, lo que generó tensiones recurrentes en torno a qué podía o no edificarse allí.

Un edificio colonial bajo amenaza: las grietas que preocupan

La iglesia de Santa Catalina de Siena, construida en 1745, representa uno de los testimonios arquitectónicos más valiosos de la etapa colonial porteña. Durante años ha permanecido como un sitio de referencia en el paisaje urbano del centro de Buenos Aires. No obstante, en tiempos recientes el templo ha presentado un deterioro estructural que ha obligado a sus autoridades a establecer avisos de riesgo para la integridad del edificio. Las misas ya no se celebran en el interior del recinto sino al aire libre, en el atrio frontal, como medida preventiva ante el peligro que representan las fisuras detectadas.

Jorge Ignacio García Cuerva, arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, fue enfático al vincular estas grietas con los trabajos de peatonalización realizados en la calle Viamonte, vía que corre paralela a la estructura. Durante una ceremonia religiosa que ofició precisamente en el templo afectado, el prelado expresó su inquietud señalando que si las labores de reconfiguración urbana ya han provocado daños de esa magnitud, es lógico temer lo que podría ocasionar la edificación de una estructura de gran envergadura en la misma área. El arzobispo enfatizó, además, que los edificios de la época colonial presentan características constructivas muy diferentes a las modernas: carecen de cimientos profundos y exigen un cuidado especial que ningún proyecto cercano debería poner en riesgo. Según sus palabras, la proximidad de construcciones contemporáneas junto a edificios históricos de esa naturaleza es poco frecuente en otras ciudades y amerita una reflexión cuidadosa sobre cómo preservar tanto el patrimonio como la identidad porteña.

Dimensiones del proyecto: escala y ubicación estratégica

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días adquirió el predio ubicado en la esquina de avenida Córdoba y calle Reconquista durante el año 2023. El proyecto que han diseñado para esa parcela contempla la construcción de un complejo de proporciones considerables: aproximadamente 14.500 metros cuadrados de superficie cubierta destinada a funciones religiosas, sumados a 15.400 metros cuadrados adicionales de subsuelosdestinados principalmente a estacionamientos. La estructura principal alcanzaría una altura de 36,5 metros, lo cual representa un volumen importante en relación con la escala del barrio histórico. El diseño también contempla elementos simbólicos, como un espacio de acceso público que incluiría una réplica de la escultura neoclásica "Christus", obra del famoso artista danés Bertel Thorvaldsen. Complementando esto, se prevé la creación de un corredor peatonal que establecería una conexión entre avenida Córdoba y calle Viamonte, potencialmente mejorando la circulación en la zona.

Desde la perspectiva de quienes promueven el proyecto mormón, la obra representa una inversión importante en infraestructura religiosa y una contribución a la apertura de espacios públicos en una zona congestionada del centro porteño. No obstante, esta visión contrasta con las preocupaciones expresadas por las autoridades católicas y, presumiblemente, por varios residentes y estudiosos del patrimonio urbano. La ubicación del terreno, adyacente al templo histórico, convierte inevitablemente la construcción en un asunto de coexistencia entre lo antiguo y lo nuevo, entre la preservación y la modernización.

Respecto a las fisuras que afectan la iglesia de Santa Catalina, existe una discrepancia en cuanto a su origen. Mientras que desde la estructura mormona se atribuye el daño a las obras de peatonalización en Viamonte, el gobierno municipal sostiene que esas grietas ya existían con anterioridad, conforme a evaluaciones técnicas realizadas previo al inicio de esos trabajos. Esta divergencia de interpretaciones agrega un nivel adicional de complejidad al debate, ya que afecta directamente la responsabilidad por los daños y, consecuentemente, las medidas que deberían adoptarse para evitar deterioros posteriores. Las labores de peatonalización fueron suspendidas de forma provisoria tras las denuncias sobre el estado del templo.

Distintas lecturas sobre el conflicto: entre lo religioso y lo técnico

El empeño del rector Antico por caracterizar la controversia como un asunto de rigor técnico y cuidado ambiental, sin connotaciones confesionales, representa un intento de elevar el debate a un plano más universal. Según esta lectura, no importa qué religión sea la promotora del proyecto o cuál sea la del templo adyacente: cualquier construcción de gran escala junto a un edificio patrimonio requiere estudios exhaustivos y garantías de preservación. Esta argumentación posee una lógica innegable y refleja una preocupación legítima por la integridad del entorno urbano. Sin embargo, es difícil no advertir que la controversia surge precisamente porque se trata de dos instituciones religiosas diferentes ocupando espacios contiguos en una ciudad que, durante siglos, fue mayoritariamente católica.

El hecho de que el arzobispo católico haya intervenido públicamente, ofreciendo una misa en el templo afectado y expresando sus reparos sobre la proximidad de construcciones modernas a edificios coloniales, introduce necesariamente una dimensión que va más allá de lo meramente técnico. Aun si las palabras del prelado se enfocan en aspectos estructurales y urbanísticos, el contexto en el cual se pronuncian —la presencia de una institución religiosa diferente buscando expandirse en el mismo sector— inevitablemente carga de significado religioso y simbólico a la controversia. Por tanto, aunque Antico y otros voceros católicos nieguen que se trata de un enfrentamiento entre creencias, la realidad política y cultural del asunto trasciende esos términos.

Lo que sucede en Buenos Aires refleja tensiones más amplias sobre cómo coexisten diferentes comunidades religiosas en espacios urbanos históricos, cómo se gestionan los cambios en la geografía religiosa de las ciudades, y qué peso se le concede a la preservación del patrimonio versus la libertad de establecimiento y expansión de instituciones. El proyecto mormón no es una anomalía aislada; forma parte de un fenómeno global de diversificación religiosa en ciudades que históricamente fueron mono-confesionales.

Las próximas semanas determinarán si las autoridades municipales atienden las solicitudes de estudios más profundos sobre el impacto que la construcción tendría sobre Santa Catalina de Siena, y si el proyecto se modifica, se suspende, o avanza tal como fue concebido. Lo cierto es que los distintos actores involucrados —la comunidad mormona, la iglesia católica, los residentes, los especialistas en patrimonio, y el gobierno de la ciudad— deberán encontrar un equilibrio entre el respeto por la diversidad religiosa, el derecho de las instituciones a desarrollarse, y la responsabilidad colectiva de preservar un patrimonio que pertenece a todos los porteños, independientemente de sus convicciones personales.