La camiseta número diez de Boca Juniors cambió de hombros esta semana, y con ella viajó una responsabilidad que trasciende lo meramente deportivo. Tomás Aranda, el volante ofensivo surgido de las divisiones menores del club de la Ribera, recibió el dorsal que hasta hace poco llevaba Edinson Cavani. Se trata de una decisión que condensa la filosofía que actualmente rige en la institución: apostar a los chicos de la casa, a esos futbolistas que crecieron en el barrio convertidos en cancha de entrenamiento, que respiran azul y oro desde temprana edad. La confirmación de este traspaso simbólico llega en un momento clave, cuando el técnico Fernando Arruabarrena se apresta a reanudar su gestión al frente del equipo, con la tarea de reconstruir un proyecto que atraviesa tiempos turbulentos.
Un número que pesa, pero también que enamora
No se trata simplemente de un guarismo más en la espalda de un jugador. La número diez en Boca representa toda una cosmología futbolística, una suerte de trono donde se sentaron personajes que moldearon la identidad del club. Juan Román Riquelme es el nombre que resuena con mayor intensidad cuando se evoca ese dorsal, especialmente porque el ex número diez es hoy el presidente de la institución. Pero antes de él y después también, la historia de la diez en el Xeneize es la historia del club mismo. Diego Maradona vistió ese número cuando sus pies redondos hacían magia en La Bombonera. Carlos Tevez, ese delantero de barrio que nunca se olvidó de dónde venía, también llevó esa responsabilidad a sus espaldas durante sus mejores momentos en el equipo.
Sin embargo, la historia reciente de este dorsal esconde una paradoja incómoda: mientras que los nombres que lo portaron en tiempos pasados dejaron un legado brillante, los últimos en heredarlo enfrentaron dificultades considerables. Óscar Romero intentó cargar con ese peso sin conseguir consolidarse. Toto Salvio tuvo un breve resurgimiento en su último semestre con la camiseta azul, pero nada perdurable. El propio Cavani, quien llegó al club en 2023 con amplio reconocimiento internacional, no logró cerrar su ciclo de manera satisfactoria, dejando la plaza vacante en circunstancias que no fueron las ideales para ninguno de los involucrados. Incluso Nicolás Lodeiro y Luciano Acosta —este último el último juvenil en llevarla hace casi una década, en el segundo semestre de 2014 tras la salida de Riquelme— tampoco encontraron en ese número la fortuna que buscaban.
El apunte de Scaloni y la confianza de Riquelme
Aranda llega a este privilegiado lugar con antecedentes que inspiran esperanza. El futbolista fue convocado por Lionel Scaloni para la gira previa que antecedió a la Copa del Mundo, participando en el amistoso contra Honduras. Lo notable no fue solo su participación, sino la manera en que se comportó en la cancha: con naturalidad, sin que la magnitud del escenario lo intimidara. Scaloni, tras observarlo en acción, expresó apreciaciones que revelaban un talento genuino: destacó que Aranda posee una relación instintiva con el balón, que juega como si estuviera en cualquier esquina del barrio, con soltura y sin necesidad de dramatizar sus movimientos. El técnico de la Selección Mayor incluso contó una anécdota reveladora: cuando ingresó al campo, Aranda masticaba chicle con la tranquilidad de quien sabe dónde parar. Scaloni debió pedirle que lo escupiera, no porque fuera irrespetuoso, sino porque evidenciaba el nivel de comodidad extrema con el que este pibe se desenvuelve dentro de los límites de la cancha.
Pero Scaloni es solo una voz externa que validó lo que Juan Román Riquelme venía observando hace tiempo. El presidente xeneize tiene obsesión declarada por los futbolistas que emergen de la cantera, particularmente aquellos que juegan con ese potrero que él mismo cultivó durante toda su carrera. Riquelme reconoce en Aranda esa cualidad intangible que no se enseña en ningún manual: la capacidad de tratar la pelota con cariño, de dialogar con ella como lo hacía el propio Riquelme en sus mejores momentos. Aranda, siendo producto genuino de las divisiones inferiores de Boca, conecta directamente con la filosofía de su presidente. En apenas seis meses, el volante pasó de debutar en Primera División a consolidarse como una figura que merece consideración. Su evolución ha sido acelerada, pero no precipitada: es el resultado de un trabajo gestado durante años en los campos de entrenamiento azules.
Arruabarrena, quien asume nuevamente el mando técnico del equipo, también tiene sus propias razones para confiar en este proceso. Su trayectoria lo ha acostumbrado a valorar a los jóvenes surgidos de las divisiones menores, esos chicos cuyo único patrimonio es su talento y su hambre de gloria. El regreso del técnico coincide así con una decisión deportiva que representa continuidad ideológica: ambos creen en la potencia de los pibes. El juvenil llegó a las instalaciones del club el jueves pasado, realizó una ronda de saludos entre sus compañeros y comunicó una decisión que habla del profesionalismo con el que asume su nuevo rol: decidió no tomarse vacaciones, manteniendo su preparación física y mental enfocada en el trabajo que se aproxima.
La diferencia entre heredar un número y conquistarlo
Existe una distinción importante entre recibir un dorsal y ganarse el derecho a portarlo con dignidad. Aranda enfrenta un desafío doble: el primero es futbolístico, puramente deportivo, relacionado con la capacidad de mantener un nivel competitivo que justifique la confianza depositada. El segundo es intangible, psicológico, vinculado a la manera en que maneja la presión de vestir un número que histórica y recientemente ha sido sinónimo de fracaso relativo. A diferencia de Cavani, quien llegaba como figura consolidada del fútbol mundial y con ello cargaba expectativas de inmediatez, Aranda goza de un beneficio que sus predecesores más inmediatos no tuvieron: el permiso del hincha para crecer. Un pibe de la casa, surgido de la cantera, rara vez experimenta la resistencia emocional que enfrenta un figura traída del extranjero. La gente de Boca suele ser paciente con sus propios hijos futbolísticos, les permite tropezar y levantarse. Riquelme, desde la presidencia, es el principal garante de que este proceso contará con el respaldo necesario. No habrá discusiones sobre su designación: la decisión fue tomada en consenso entre quienes manejan los hilos deportivos del club, y ese acuerdo refleja una confianza que va más allá de lo circunstancial.
Lo que suceda en los próximos meses determinará si la apuesta por Aranda representa el inicio de un nuevo ciclo virtuoso para la número diez en Boca o simplemente otro capítulo en una historia reciente atravesada por discontinuidades. Las posibilidades son múltiples: si Aranda logra consolidarse como figura central del equipo durante los próximos años, podría romper la maldición de los dieces recientes y establecer un legado propio que sea recordado con respeto. Alternativamente, si su rendimiento desciende o no alcanza la consistencia esperada, volverá a reforzarse la idea de que ese número requiere de perfiles específicos que no abundan fácilmente. También existe la posibilidad de que el cambio de técnico, el rejuvenecimiento del equipo, o factores externos generen dinámicas impredecibles que afecten su desempeño. Lo cierto es que las instituciones futbolísticas funcionan a través de estos gestos simbólicos, estas decisiones sobre números de camiseta que comunican un mensaje más profundo: Boca apuesta nuevamente a su cantera, confía en que sus entrañas producen talento, y le otorga a un pibe la oportunidad de escribir su propia historia en el dorsal más exigente de su historia.



