No fue solo un punto perdido en casa. El empate 1 a 1 entre Racing Club y Barracas Central, disputado en el estadio Presidente Perón —conocido popularmente como el Cilindro de Avellaneda—, dejó al descubierto una grieta que venía creciendo en silencio entre los hinchas de la Academia y la dirigencia que conduce el club desde finales de 2024. Lo que importa no es el resultado en sí, sino lo que ese resultado encendió: un malestar colectivo que ya no se contiene en las redes sociales y que ahora tiene voz propia dentro de la cancha. Lo que cambia es que la luna de miel entre los hinchas y la gestión de Diego Milito parece haber llegado a su fin, al menos provisoriamente.

Un estadio que habló más que el partido

Mientras el árbitro todavía administraba los minutos finales del encuentro, las tribunas del Cilindro comenzaron a transformarse en un espacio de expresión política interna. Los cánticos contra la conducción del club se escucharon con una intensidad que no se había registrado desde que Milito asumió la presidencia, en un contexto que por entonces estaba teñido de euforia: el plantel acababa de consagrarse campeón de la Copa Sudamericana, el primer título internacional del club en décadas. Ese logro histórico funcionó como escudo durante meses, pero el escudo empezó a mostrar fisuras. La gente que llenó las tribunas ese día no fue a festejar una memoria reciente; fue a exigir un presente que, a su entender, no está a la altura de lo que el club merece ni de lo que se prometió.

La situación dentro de la cancha también influyó en el estado anímico de las tribunas. Racing disputó la mayor parte del partido con diez jugadores, tras la expulsión temprana del defensor Adrián Fernández. Ese contexto de adversidad hizo que los hinchas distinguieran con claridad dos destinatarios bien diferenciados para sus emociones: el plantel recibió el reconocimiento por el esfuerzo sostenido durante más de ochenta minutos en inferioridad numérica, mientras que la dirigencia se llevó los reproches. Esa distinción, lejos de ser casual, fue elocuente: los hinchas no están peleados con los jugadores, sino con quienes toman las decisiones.

El mercado de pases, en el centro de la tormenta

Una de las críticas más recurrentes que circularon tanto en los alrededores del estadio como en las redes sociales durante los días previos apunta directamente a la política de incorporaciones y ventas. Desde que la actual conducción tomó las riendas del club, varios jugadores con jerarquía y recorrido abandonaron la institución, mientras que sus reemplazos —según la lectura de una parte importante de la hinchada— no demostraron el nivel necesario para sostener la competitividad que el plantel había exhibido en su campaña sudamericana. Es una discusión que tiene antecedentes en la historia del fútbol argentino: los clubes grandes suelen enfrentar esta tensión entre la necesidad económica de vender sus figuras y la exigencia deportiva de sus socios, que esperan un equipo permanentemente competitivo. En el caso de Racing, esa tensión se vuelve más sensible porque el punto de comparación es un título internacional, lo cual eleva el umbral de expectativa de manera considerable.

El descontento no nació con el pitazo final del empate ante Barracas Central. Venía fermentando desde la semana previa, cuando en redes sociales tanto el presidente como varios integrantes del plantel habían sido blanco de críticas duras. Ese clima digital se trasladó al estadio con una fluidez que ya es característica de los tiempos que corren: lo que antes tardaba semanas en llegar a las tribunas, hoy llega en horas. Y cuando llegó, lo hizo con fuerza. Las voces que antes se quedaban en los comentarios de las publicaciones encontraron en el Cilindro el espacio físico para volverse colectivas y audibles.

Costas, el otro lado de la moneda

Si la dirigencia fue el blanco de la bronca, el entrenador Gustavo Costas representó exactamente lo opuesto. Antes del inicio del partido ya había señales: pasacalles en los alrededores del estadio expresaban el respaldo al técnico. Y cuando el equipo salió a la cancha, los diferentes sectores del Cilindro entonaron con convicción los cánticos que lo tienen como protagonista, una práctica que se volvió habitual desde que el entrenador construyó una relación de cercanía y transparencia con la hinchada. Ese vínculo tiene un episodio reciente que lo explica bien: tras el empate que Racing había cosechado ante Aldosivi en Mar del Plata, Costas salió a hablar con una honestidad poco frecuente en el fútbol profesional. Reconoció que a su equipo le había faltado actitud y pidió disculpas públicamente a los hinchas que viajaron desde Buenos Aires para alentar, argumentando que los habían "dejado mal". Ese gesto, sencillo pero genuino, vale más en términos de credibilidad que varios comunicados institucionales.

La figura de Costas se convierte así en un elemento estabilizador dentro de un contexto de tensión interna. El apoyo masivo que recibe contrasta con el malestar hacia la dirigencia y genera una dualidad interesante: el mismo grupo de hinchas que insulta a la conducción es capaz de defender con fervor al cuerpo técnico. Eso habla de una hinchada que no está en modo de destrucción generalizada, sino que discrimina, evalúa y toma posición. Una hinchada que, además, tiene en cuenta que el equipo todavía conserva chances de avanzar a los octavos de final del Torneo Apertura, lo que le da al momento una carga adicional: la exigencia no viene de la resignación, sino de la esperanza.

Qué viene después

El escenario que se abre a partir de este episodio es complejo y tiene múltiples lecturas posibles. Por un lado, si Racing logra clasificarse a los octavos de final y encadenar resultados positivos, el malestar podría atenuarse con la misma velocidad con la que creció: el fútbol argentino tiene esa dinámica particular en la que un par de victorias puede calmar aguas que parecían irremontables. Por otro lado, si los resultados siguen siendo irregulares y la discusión sobre el mercado de pases se reactiva con cada partido flojo, la presión sobre la dirigencia podría escalar de manera sostenida. Hay una tercera variable que no debe ignorarse: la comparación permanente con el ciclo ganador que culminó con la Copa Sudamericana genera una presión estructural que ninguna gestión puede sostener indefinidamente sin nuevos logros. La dirigencia de Milito enfrenta el desafío clásico del éxito: haber ganado tanto y tan rápido eleva el piso de lo que se considera aceptable. Lo que antes hubiera sido suficiente, hoy ya no lo es.