La leyenda cuenta una cosa, pero los documentos históricos susurran otra. Hace poco más de tres cuartos de siglo, cuando la Argentina todavía respiraba el fervor de una era que parecía transformarlo todo, nació una de las construcciones más emblemáticas del deporte nacional. Se trata del Cilindro de Avellaneda, ese coloso que se alza en el sur porteño desde el 3 de septiembre de 1950 y que, desde entonces, ha sido testigo de momentos que trascendieron ampliamente el ámbito deportivo. El nombre que lleva —Presidente Perón— generó durante décadas una interpretación popular según la cual el mandatario de entonces era un seguidor devoto del club de la Academia. Sin embargo, la trama de los hechos revela una historia bastante distinta, donde los verdaderos artífices de esta obra monumental no siempre son quienes la historia popular recuerda.
Cuando una cancha era sinónimo de modernidad
En medio del siglo XX, la República Argentina experimentaba transformaciones que abarcaban prácticamente todos los órdenes de la vida cotidiana. El gobierno justicialista había puesto considerable énfasis en el impulso de proyectos que dejaran huella visible en el tejido urbano y en las costumbres de la población. Dentro de esta estrategia, el deporte ocupaba un lugar prioritario en la agenda estatal. El fútbol, particularmente, era considerado un vehículo de identidad nacional y un espacio donde el Estado podía demostrar su capacidad de gestión y su compromiso con las instituciones civiles. Es en este contexto que emerge el proyecto del nuevo estadio de Racing, que no fue una decisión de la noche a la mañana sino el resultado de gestiones que se remontaban años atrás. El proceso había comenzado en 1944, cuando se iniciaron las primeras diligencias para concretar una cancha que reemplazara las viejas estructuras de madera que caracterizaban a los estadios de aquella época. Dos años después, en 1946, las obras comenzaron efectivamente, bajo la supervisión de la empresa constructora alemana Geopé, que traía consigo experiencia en proyectos de gran envergadura.
La ubicación elegida no fue casual: terrenos en las calles Mozart y Corbatta de Avellaneda, a apenas 300 metros del estadio de Independiente, rival histórico y tradicional de Racing. Este detalle geográfico resulta significativo porque revela algo del estado del fútbol porteño de mediados de siglo: dos de sus instituciones más poderosas compartían una proximidad física que intensificaba aún más la rivalidad inherente al deporte. Mientras se construía lo que sería la nueva casa del club de la Academia, Racing debía valerse de otros escenarios para disputar sus encuentros. Durante cuatro años, el equipo fue nómada, jugando de local en las canchas de San Lorenzo, Boca e incluso en el reducto de su clásico rival, Independiente. A pesar de esta precariedad de infraestructura, en 1949 la Academia logró algo que parecía desafiar las limitaciones materiales: se consagró campeona del torneo argentino sin tener un estadio propio, jugando sus encuentros en instalaciones prestadas por otros clubes.
El dinero estatal y los verdaderos impulsores
Cuando finalmente se inauguró el Cilindro, el acto no fue simplemente la apertura de una cancha más. Fue un evento que cristalizaba la política deportiva de una administración que veía en el fútbol un instrumento de poder y de comunicación con las masas. El mecanismo financiero mediante el cual se concretó la obra fue el Decreto 7.395, un instrumento que otorgó a Racing un préstamo inicial de 3 millones de pesos, cantidad que posteriormente fue ampliada con 8 millones adicionales. Estos recursos provenían de las arcas estatales, lo que significaba que el pueblo argentino, en cierto sentido, estaba financiando la construcción del nuevo hogar de un club privado. A partir de ese momento, una narrativa comenzó a tejerse en la opinión pública: Racing era el equipo del poder, la institución favorecida por la administración gobernante. Y por extensión, muchos asumieron que el presidente en funciones, Juan Domingo Perón, era un seguidor acérrimo del club.
Pero aquí es donde la realidad histórica introduce un giro inesperado. El verdadero motor detrás de este proyecto no fue la supuesta pasión del mandatario por los colores de la Academia. Fue, en cambio, Ramón Cereijo, quien se desempeñaba como Ministro de Hacienda durante la primera presidencia peronista. Cereijo era un fanático reconocido de Racing, alguien cuya lealtad al club trascendía los cálculos políticos. Fue él quien ejerció la influencia necesaria en los círculos gubernamentales para que la financiación del estadio fuera aprobada y ejecutada. Cereijo abogó directamente por la asignación de estos fondos públicos, utilizando su posición en el gabinete para materializar lo que era, en última instancia, un proyecto personal ligado a su pasión deportiva. Este detalle, frecuentemente olvidado en las reconstrucciones populares, resulta crucial para comprender las verdaderas motivaciones detrás de la obra. El acto de nombrar al estadio con el apellido presidencial fue entonces un gesto de formalidad administrativa, no necesariamente un reflejo de la devoción personal del presidente por la institución.
Esto se confirma cuando el propio Perón, en tiempos posteriores, reveló donde residía realmente su adhesión futbolística. No era en las tribunas de Avellaneda, sino en las del club de Boca, cuya historia se remonta a los mismos años fundacionales de la República. El corazón del mandatario latía, según sus propias palabras, más cerca del Xeneize que de la Academia. Este dato, que circuló en ámbitos cercanos al poder, nunca logró desplazar completamente la narrativa mítica que ya se había instalado en la conciencia colectiva. Cuando se produce un acto de nominación de esta magnitud, cuando un estadio lleva el nombre de quien ejercía el poder supremo, las explicaciones posteriores resultan débiles frente a la potencia simbólica del gesto original. El mito, una vez instalado, tiende a resistir la evidencia documental.
Grandeza arquitectónica y triunfos deportivos
El Cilindro nació como una estructura monumental. En el momento de su inauguración, el 3 de septiembre de 1950, se trataba del estadio más imponente de la Argentina por sus dimensiones. Con una capacidad inicial de 100.000 espectadores, representaba lo que la tecnología y la ingeniería de la época podían lograr. El primer encuentro disputado en sus nuevas tribunas fue memorable: Racing derrotó a Vélez por 1 a 0, con un gol marcado por Llamil Simes. Un año después, el coloso de Avellaneda fue seleccionado para albergar los Juegos Panamericanos de 1951, un evento de resonancia continental que elevó aún más el perfil de la institución. Durante esos juegos, el propio Perón visitó el estadio y fue designado presidente honorario del club, un reconocimiento que reforzaría la narrativa de la conexión entre el gobernante y la Academia, independientemente de las preferencias futbolísticas personales del mandatario.
La década siguiente traería consigo hitos que ubicarían al Cilindro en el epicentro de la historia del fútbol sudamericano. En 1966, el club inauguró las torres de iluminación artificial en el contexto de un partido amistoso frente al Bayern Munich alemán, a quien derrotó por 3 a 2. Ese enfrentamiento marcó la transición hacia una nueva era en el deporte local, donde los encuentros podían disputarse más allá de las limitaciones que imponía la luz natural. Un año después, en 1967, bajo la dirección técnica de Juan José Pizzuti, Racing alcanzaría su apogeo deportivo internacional: se convirtió en el primer equipo argentino en conquistar la Copa Libertadores, el torneo que engloba a los campeones sudamericanos. Ese mismo año, el club participó en la Intercontinental contra el Celtic de Escocia, la prueba que enfrenta los campeones de América y Europa. El encuentro disputado en Avellaneda convocó aproximadamente 120.000 personas, una cifra que se estima constituyó un récord en el fútbol argentino de ese momento, demostrando la capacidad de convocatoria que poseía la institución y su estadio.
Las implicancias de un nombre que perduró en el tiempo
La pervivencia del nombre Presidente Perón en la identificación del estadio, a lo largo de las décadas y los cambios políticos que experimentó la Argentina, constituye un fenómeno en sí mismo digno de consideración. A pesar de los vaivenes institucionales, de los gobiernos que sucedieron al peronismo, de las transformaciones que afectaron al país durante el último medio siglo, el Cilindro ha mantenido la denominación que recibió en su acta fundacional. Esto refleja una cierta inercia institucional, pero también la capacidad que tienen los actos simbólicos de resistir alteraciones. En otras ciudades y contextos, estadios y lugares públicos fueron renombrados, rebautizados conforme las coyunturas políticas lo exigieron. En Buenos Aires, sin embargo, el estadio de Racing ha permanecido fiel a su nombre original, lo que podría interpretarse como un reconocimiento de que, más allá de las disputas que rodean al personaje histórico, el acto de construcción en sí mismo representa un logro tangible, una obra que existe independientemente de las evaluaciones que se hagan sobre quien ejercía el poder cuando fue concebida y ejecutada.
El desacople entre la narrativa popular y la realidad histórica también ofrece lecciones sobre cómo funcionan la memoria colectiva y la construcción de mitos en el imaginario deportivo. Cuando una institución o un acontecimiento es nombrado con el nombre de una figura pública prominente, la mente tiende a asumir una conexión de causa y efecto, una identificación personal. Es un atajo mental que la mayoría de las personas toma sin investigar más profundamente. En el caso de Racing, durante décadas se asumió que Perón era hincha porque su nombre estaba en el estadio. Que fue necesario aguardar información que el propio Perón revelara posteriores años para que la verdadera preferencia saliera a la luz demuestra cuán potente puede ser la fuerza de los símbolos en la configuración del conocimiento público.
A medida que el Cilindro se prepara para celebrar más de tres cuartos de siglo de existencia, funciona como contenedor de múltiples capas de significado. Es, simultáneamente, un monumento arquitectónico, un escenario deportivo de importancia nacional e internacional, un repositorio de memorias compartidas por generaciones de aficionados, y un caso de estudio sobre cómo los hechos históricos se transforman en narrativas que adquieren vida propia. La verdadera historia del Cilindro —ligada al proyecto estatal de mediados de siglo, al impulso de un ministro apasionado por el club, a los triunfos deportivos que se sucedieron dentro de sus muros— es tan rica y compleja como el mito que durante años oscureció los detalles. Ambas versiones coexisten en la memoria colectiva, y quizás esa coexistencia sea parte de lo que hace que la institución siga siendo relevante en el presente.
Las implicancias de estos hechos se despliegan en varias direcciones. Desde una perspectiva institucional, la historia del Cilindro ilustra el papel que jugó el Estado en la configuración de la infraestructura deportiva argentina durante el siglo XX. Desde una óptica historiográfica, plantea interrogantes sobre cómo se construyen y perpetúan los relatos que definen la identidad de las organizaciones. Desde el punto de vista de los aficionados, la verdadera historia no resta grandeza al club ni al estadio; simplemente desplaza el foco de atención hacia actores que merecen reconocimiento aunque no hayan tenido la prominencia pública de un presidente. Lo que persista en la memoria colectiva en los años venideros, si predominará la narrativa mítica o la reconstrucción histórica más precisa, constituye una pregunta abierta que cada generación de argentinos responderá de acuerdo a sus propios criterios y valores.



