Hay una pregunta que el básquet profesional norteamericano lleva años esquivando: ¿puede un deporte seguir llamándose competencia cuando algunos de sus equipos hacen todo lo posible por perder? La práctica conocida como tanking —perder deliberadamente para mejorar la posición en el draft— no es una anomalía del sistema. Es el sistema. Y mientras la NBA no cambie las reglas de fondo, seguirá siendo racional para las franquicias elegir la derrota sobre el esfuerzo. Lo que cambia con este debate no es solo una cuestión táctica de management deportivo: es una discusión sobre el sentido mismo de la competencia y el tipo de producto que la liga le ofrece al mundo.
El costo humano de perder adrede
Hay algo que los análisis de front office suelen ignorar: el tanking no es una estrategia abstracta. Tiene caras, tiene cuerpos, tiene carreras. Jugadores que dedicaron toda su vida a alcanzar la élite del básquet mundial se encuentran de pronto en organizaciones que les piden, implícitamente, que no ganen. Entrenadores que construyeron su reputación sobre la base de la competencia son colocados en estructuras donde el éxito deportivo es, paradójicamente, contraproducente para los planes institucionales. El daño no es solo emocional: ser asociado públicamente con una franquicia en proceso de demolición puede afectar de manera concreta y duradera el valor de mercado de un profesional, tanto dentro como fuera del parquet.
La metáfora que mejor ilustra este fenómeno es la de una demolición. Cuando alguien compra un terreno con una casa vieja para construir su hogar soñado, contrata arquitectos, diseñadores, constructores especializados. Pero el equipo de demolición —el que tira abajo lo que había— casi nunca forma parte del proyecto que viene después. En el básquet, ocurre algo similar: es extremadamente raro encontrar franquicias que hayan atravesado un proceso de reconstrucción deliberada y luego triunfado con los mismos actores que gestionaron el derrumbe. La razón es estructural: quienes aprenden a convivir con la derrota como herramienta de gestión erosionan el músculo competitivo que define a los mejores. Y sin ese músculo, construir algo sólido se vuelve casi imposible.
Boston como experimento real y exitoso
El caso más reciente y contundente contra el tanking no viene de un paper académico ni de una simulación estadística. Viene de los Boston Celtics en la temporada 2025-2026. El escenario previo a la campaña reunía prácticamente todas las condiciones que, según el manual de la reconstrucción moderna, justifican dar un paso atrás: una salida temprana de los playoffs en el año anterior, la lesión grave de su figura más importante, contratos firmados bajo un régimen salarial que el nuevo sistema de tope duro volvía insostenibles, y una venta de la franquicia que añadía incertidumbre institucional. Todo apuntaba a que Boston aprovecharía el momento para bajar el salario total del plantel, resignar competitividad y apuntar a una posición privilegiada en un draft que muchos consideraban transformacional.
No fue lo que ocurrió. Y la explicación tiene nombre y apellido: Joe Mazzulla. El entrenador de los Celtics demostró en los meses previos a la temporada que no estaba dispuesto a gestionar una derrota planeada. Según relató Bernie Lee —agente con más de 20 años de trayectoria en la NBA y representante de Jimmy Butler, entre otros clientes— una reunión de trabajo con Mazzulla el 1° de julio bastó para entender que el técnico operaba desde una lógica completamente distinta a la del resto del mercado. En apenas 20 minutos, Mazzulla transmitió una convicción tan clara sobre la posibilidad de competir que transformó por completo las expectativas de quienes lo escuchaban. El alineamiento entre el head coach y el presidente de operaciones de básquet Brad Stevens era, según Lee, de una solidez poco frecuente en la liga. A 58 partidos del inicio de temporada, los resultados validaron esa apuesta. Boston no solo no se cayó: demostró que la adversidad puede ser un punto de partida tan válido como cualquier pick del draft.
La lógica perversa que el reglamento habilita
El problema no es que los equipos que tankean sean irracionales. El problema es que son completamente racionales dentro de un sistema que los premia por hacerlo. Cuando las reglas de acceso al draft vinculan los mejores picks con los peores récords, la ecuación es casi inevitable para las franquicias que no ven una ventana competitiva cercana. Hay un antecedente ilustrativo en la propia historia del reglamento: el entrenador Jay Triano, durante su paso por los Phoenix Suns, diseñó una jugada final con 0,7 segundos en el reloj, el marcador igualado y la pelota en el lateral. Triano había memorizado el reglamento con tal profundidad que sabía que un goaltending ofensivo sobre un pase de banda está permitido por las reglas. Tyson Chandler ejecutó la acción y el equipo ganó. La jugada fue brillante precisamente porque Triano encontró algo que casi nadie había leído en el libro de reglas. La enseñanza es directa: si existe un resquicio en la normativa, alguien más inteligente que el promedio va a encontrarlo y explotarlo. El tanking no está escondido en la página 1.130 del reglamento. Está en la página tres. Y todos lo entienden.
Una propuesta concreta para cambiar el juego
La solución que propone Lee es radical en su simplicidad: 30 equipos, 30 pelotas en el bombo, sorteo aleatorio para definir el orden completo del draft, todos los años. Sin clasificaciones por récord, sin incentivos para perder. El único límite estructural: un equipo que obtenga un pick entre los tres primeros no puede volver a tenerlo durante las siguientes tres temporadas. El impacto en la ceremonia del draft sería inmediato: en lugar de una lotería parcial con pocas franquicias relevantes, habría 30 posibles protagonistas, cada una con chances reales de obtener el primer puesto. El show televisivo ganaría en tensión y audiencia. Pero el cambio más profundo sería en la cultura organizacional.
Si el acceso a los mejores talentos del draft dejara de depender del récord, las franquicias se verían obligadas a diferenciarse por lo que construyen internamente: estructura, desarrollo de jugadores, cultura de trabajo, estabilidad para los cuerpos técnicos, inversión real en juveniles. Los veteranos recuperarían valor de mercado, no solo como productores individuales sino como mentores de los rookies que ingresan cada año. Lee señala con preocupación que la NBA actual tiene un déficit notable de jugadores experimentados, lo que priva a las nuevas generaciones de referencias concretas en el día a día del vestuario. Muchos conflictos que terminan ventilándose públicamente podrían resolverse de manera interna si hubiera más voces con recorrido capaces de contener situaciones antes de que escalen. Los entrenadores, por su parte, tendrían el tiempo necesario para implementar sus ideas sobre cultura y competencia, en lugar de ser evaluados en ciclos de dos temporadas dentro de proyectos de reconstrucción que no controlan.
Lo que está en juego más allá de la táctica
En el fondo, el debate sobre el tanking es un debate sobre qué tipo de liga quiere ser la NBA. Un deporte que premia la derrota estratégica envía un mensaje que va mucho más allá del básquet: le dice a sus propios participantes que el camino más inteligente no siempre pasa por competir. Eso no solo afecta a jugadores y entrenadores. Afecta a los fanáticos que llenan arenas o se sientan frente a una pantalla esperando ver a los mejores del mundo darlo todo. Y afecta al producto global que la liga intenta vender en mercados cada vez más exigentes y competitivos a nivel internacional.
Si la propuesta de sorteo universal para el draft llegara a debatirse en serio dentro de la estructura de la NBA, las reacciones serían diversas. Hay franquicias que han construido su plan a mediano plazo sobre la base de acumular picks en posiciones altas mediante temporadas de bajo rendimiento: un cambio así las obligaría a repensar su modelo desde cero. Los agentes de jugadores podrían ver con buenos ojos una liga donde los equipos estén permanentemente obligados a competir, lo que en teoría mantendría más alta la demanda de talento en todas las posiciones. Los entrenadores ganarían estabilidad pero también más presión por resultados reales en el corto plazo. Y los fanáticos de franquicias históricamente postergadas podrían encontrar en un sistema igualitario tanto una esperanza genuina como una frustración renovada si los resultados no acompañan. Los hechos están sobre la mesa. Las consecuencias, todavía por escribirse.



