El fútbol argentino volvió a escribir uno de esos capítulos de suspenso absoluto que caracterizan a las competiciones continentales. Estudiantes de La Plata eliminó a Corinthians en el corazón de San Paulo, con un dramático desenlace que incluyó goles en tiempo adicional, un penal fallado en el minuto 97 y la consumación de un boleto hacia las semifinales tras diecisiete años de ausencia en esa instancia. El tanto decisivo llegó de la mano de Alexis Castro en el minuto 87, y aunque Memphis Depay tuvo la oportunidad de nivelar la serie desde el manchón penal, su remate se elevó por sobre el travesaño. La clasificación se selló, y con ella volvió a La Plata la ilusión de un regreso triunfal a la fase que históricamente ha resultado ser territorio propicio para el Pincha.

No se trata de una casualidad ni de un accidente estadístico. La trayectoria de Estudiantes en las semifinales de la Copa Libertadores construye una narrativa particular: cada vez que ha alcanzado esta ronda, el equipo platense ha demostrado capacidad para traspasar la barrera y continuar avanzando. A diferencia de otros clubes que llegan a las instancias decisivas cargados de tensión y con registros irregulares, el Pincha parece encontrar en esos encuentros una especie de hábitat natural, un escenario donde sus mejores versiones emergen con naturalidad. Es un fenómeno que merece ser explorado más allá de los números simples, porque habla de una identidad futbolística, de una manera de estar en las cancha que trasciende a los protagonistas individuales y apunta hacia raíces históricas más profundas.

Los orígenes: cuando Zubeldía edificó el imperio

Para comprender plenamente por qué Estudiantes prospera en semifinales, es necesario retroceder hasta la era fundacional de su dinastía continental. En 1968, el club platense disputó su primer viaje a esta fase después de haberse clasificado al torneo gracias a la consecución del Metropolitano 1967. Bajo la dirección técnica de Osvaldo Zubeldía, una figura transformadora del fútbol argentino y latinoamericano, el equipo desplegó un fútbol que combinaba rigor defensivo con incisividad ofensiva. En la ronda previa, Estudiantes acumuló tres victorias y apenas una derrota, señales inequívocas de un funcionamiento colectivo sólido.

Cuando llegó el cruce de semifinales contra Racing, el último monarca de la copa, el Pincha propinó una lección de autoridad. En el partido de ida goleó 3-0, demostrando una superioridad que parecía definitiva. La vuelta, sin embargo, reveló un aspecto diferente del fútbol: Racing ganó 2-0 en condiciones que obligaban a un desempate. En ese entonces, los reglamentos no contemplaban el sistema de gol de visitante ni el global simple; la igualdad en los encuentros bifásicos se resolvía mediante un tercer partido. Fue allí donde Zubeldía y sus dirigidos ejecutaron el golpe final, con un empate 1-1 que les permitió avanzar a la final. Contra Palmeiras, tras otro partido adicional, ganaron 2-0 y se consagraron campeones. Era el inicio de una dinastía que se prolongaría durante varios años consecutivos y que fijaría el ADN competitivo del club.

La dominación absoluta: tres títulos consecutivos y el privilegio de los campeones

Lo que sucedió en los años posteriores a ese primer título de 1968 constituyó un fenómeno sin precedentes en la región. Las reglas de entonces establecían que el campeón defensor se clasificaba automáticamente a las semifinales de la siguiente edición, un privilegio que coronaba la excelencia del año anterior con un acceso directo a la fase decisiva. Estudiantes aprovechó esta ventaja institucional, pero más importante aún, aprovechó la calidad de su juego y la claridad de sus objetivos.

En 1969, el Pincha debutó directamente en semifinales contra Universidad Católica de Chile. La serie fue un festival de goles y dominio: Estudiantes se impuso por un doble 3-1 que combinó autoridad defensiva con una capacidad goleadora que no dejaba resquicios a la duda. Luego enfrentó a Nacional de Uruguay en la final y consiguió su segundo título consecutivo. Al ganar nuevamente, el club volvió a acceder al privilegio de las semifinales automáticas para 1970. Allí los aguardaba River Plate, uno de los colosos tradicionales del fútbol rioplatense. Estudiantes ganó 3-1 en la ida y 1-0 en la vuelta, un dominio tan abrumador que no permitió interpretaciones. Finalmente, derrotó a Peñol en la final y selló su tercera corona consecutiva, un logro que pocos clubes en el mundo han alcanzado en competiciones de formato abierto.

Estos años no fueron simplemente el resultado de figuras individuales de calidad excepcional, aunque sin duda las hubo. Fueron el resultado de un proyecto colectivo sólido, de un entrenador que entendía el juego de una manera que sus contemporáneos apenas comenzaban a vislumbrar, y de una estructura institucional que refrendaba la excelencia con la continuidad. Zubeldía creó un ecosistema donde el Pincha no solo competía, sino que dominaba. Cuando llegaban a semifinales, los rivales ya sabían que se enfrentaban a una máquina afinada y peligrosa, a un equipo que había aprendido a ganar en las circunstancias más demandantes.

Las semifinales como espejo del poderío: consistencia en las décadas posteriores

Aunque el formato de la Copa Libertadores cambió en 1971, sustituyendo el tradicional esquema de semifinales por dos grupos de tres equipos cada uno que enviaban a sus ganadores a la final, Estudiantes continuó demostrando su capacidad para llegar a instancias decisivas. En esa edición de 1971, el club batió a Barcelona de Guayaquil y a Unión Española para volver a la final, aunque esta vez no logró revalidar el título y cayó ante Nacional en el partido de desempate. El resultado fue un traspié después de tres glorias consecutivas, pero no un derrumbe.

Doce años después, en 1983, el Pincha volvió a rondar la final, aunque el resultado fue menos auspicioso. Quedó segundo en su grupo, por debajo de Gremio y por encima de América de Cali, lo que significa que técnicamente no avanzó a la semifinal en el sentido tradicional sino que quedó fuera de la contienda antes de alcanzar esa fase. Fue una advertencia de que el paso del tiempo y los cambios en la estructura competitiva mundial estaban transformando el panorama, y que Estudiantes, como muchos otros monumentos del fútbol sudamericano, debería reinventarse para mantener su relevancia.

Pero la resurrección llegaría con tinta de oro en 2009. Bajo la dirección de Alejandro Sabella, con Juan Sebastián Verón como capitán, Estudiantes volvió a las semifinales después de veintiséis años de ausencia. No fue un regreso accidental; fue el resultado de un fútbol pragmático y eficiente, de la capacidad de un técnico para moldear a sus dirigidos según las circunstancias competitivas. El equipo enfrentó a Nacional de Uruguay en esa semifinal, lo derrotó con un global de 3-1, y pocas semanas después se coronó campeón nuevamente, su cuarta copa en la historia institucional, tras vencer a Cruzeiro por 2-1 en el histórico Estadio Mineirão.

El retorno contemporáneo: continuidad de un patrón

El ascenso nuevamente a semifinales en 2024 completa un círculo simbólico e histórico. Diecisiete años han transcurrido desde aquel 2009 donde Sabella acarició el sueño por última vez, un lapso significativo en el cual múltiples generaciones de futbolistas han pasado por la institución y el contexto político, económico y social de la Argentina ha experimentado transformaciones radicales. Sin embargo, Estudiantes ha demostrado nuevamente que posee algo intangible, difícil de cuantificar pero evidente en los resultados: una capacidad para elevarse cuando la presión es máxima, para encontrar soluciones cuando el partido parece cerrado, para ejecutar en las circunstancias más adversas.

La victoria ante Corinthians en su propio escenario, frente a un rival que históricamente ha sido uno de los puntales del fútbol brasileño, refuerza un patrón que se remonta a aquellos años de gloria bajo Zubeldía. Los equipos de Estudiantes llegan a semifinales no como supervivientes afortunados, sino como protagonistas conscientes de sus capacidades. Esto no significa que ganen siempre, pero sí implica que cuando se enfrentan a rivales de envergadura en esas instancias, tienen algo que decir, algo que aportar, una estructura de juego que permite competir de tú a tú con cualquier adversario.

Perspectivas futuras y lecturas posibles

Lo que suceda en las próximas semanas, cuando Estudiantes dispute la semifinal contra su próximo rival, abrirá múltiples interpretaciones. Si el equipo platense logra avanzar hacia la final, los analistas hablarán de continuidad dinástica, de la emergencia nuevamente de un ciclo ganador. Si, por el contrario, es eliminado, se presentarán argumentos sobre los cambios irreversibles en el fútbol moderno, sobre cómo la paridad competitiva y la profesionalización global han erosionado los privilegios históricos de los grandes clubes. Ambas lecturas tendrían validez relativa, pero ambas dejarían incompleta la fotografía real de lo que representa este retorno.

Lo cierto es que Estudiantes ha vuelto a un escenario donde históricamente ha encontrado las mejores versiones de sí mismo. Si el club platense logra coronar este nuevo ciclo, estaría escribiendo un capítulo de continuidad sobre un legado que comenzó hace más de medio siglo. Si no lo logra, al menos habrá demostrado que aún posee suficiente potencia competitiva para eliminar rivales de la magnitud de Corinthians en condiciones adversas. En cualquier caso, los próximos encuentros revelarán si los fantasmas vencedores de 1968, 1969, 1970, 1971 y 2009 siguen susurrando en los oídos de los futbolistas de La Plata, o si definitivamente han sido arrastrados por las aguas del tiempo.