La política interna de Boca Juniors tiene su propio ritmo, independiente de lo que sucede en el resto del país. Mientras la atención nacional se enfoca en otros temas, en el club de la Ribera ya se mueven fichas electorales rumbo al 2027. En ese escenario, Andrés Ibarra, quien ocupara responsabilidades ejecutivas en la institución durante la gestión anterior, ha resuelto disputar nuevamente la presidencia luego de su fracaso electoral hace cuatro años. Su intención es clara: derrotar al actual mandatario Juan Román Riquelme y acceder al máximo cargo directivo con una propuesta alternativa que incluye transformaciones estructurales en el funcionamiento deportivo y la infraestructura del club.
Lo que cambió significativamente desde 2023 es el contexto político en el que se disputa esta nueva contienda. Ibarra sostiene que el terreno se ha modificado a favor de la oposición. Según su perspectiva, la distancia entre el jugador ídolo que fue Riquelme y el gestor institucional que es hoy ha generado un distanciamiento en la percepción de los socios. Donde antes predominaba la emoción de tener en la presidencia a una leyenda del club, ahora prevalece la evaluación de resultados concretos. La ausencia de títulos, la discontinuidad técnica y los errores administrativos habrían modificado el panorama electoral. Esta lectura, si bien parte de una posición interesada, refleja tensiones reales dentro de la estructura dirigencial xeneize que trascienden las meras preferencias de partido.
El balance de una derrota y las lecciones aprendidas
Ibarra reconoce abiertamente los errores cometidos en la contienda electoral anterior. A su juicio, la campaña comenzó tardíamente, no logró penetrar con suficiencia en el electorado más disperso, y fue especialmente débil en las provincias donde existe una base importante de aficionados. Paralelamente, admite que su propio desconocimiento incidió en el resultado negativo. La decisión de denunciar irregularidades en el padrón de socios ante la justicia ordinaria, aunque según su relato fue una medida defensiva frente a supuestos vicios electorales, jugó un papel crucial en la narrativa de campaña. El oficialismo logró caracterizar la acción como un intento de sabotaje, mientras que los socios percibieron un clima de confrontación que, independientemente de sus motivaciones reales, generó rechazo.
En esta segunda intentona, Ibarra subraya que ha incorporado mecanismos de comunicación más robustos y una presencia territorial más constante. La estrategia incluye diálogos directos con los afiliados en espacios donde la concentración de seguidores es mayor. Reconoce que la tecnología y las redes sociales juegan un papel decisivo en la construcción de una candidatura moderna, pero también que nada reemplaza la conversación cara a cara en un club donde el vínculo emocional con la institución sigue siendo determinante. El equipo de trabajo se mantiene parcialmente igual, aunque Ibarra no especifica qué cambios ha introducido respecto de la estructura previa.
La Bombonera como símbolo de la gestión y la demanda de amplitud
Uno de los ejes centrales de la propuesta de Ibarra gira en torno a la infraestructura deportiva. Boca enfrenta una realidad objetiva: el estadio fundacional, la histórica Bombonera, posee una capacidad limitada y estructuras que datan de décadas pasadas. Con más de 300.000 socios en el padrón, aunque con fluctuaciones recientes que incluyen bajas de decenas de miles de adherentes, la cancha no tiene la amplitud necesaria para que todos tengan acceso regular a presenciar los encuentros. Esto genera un círculo negativo: los socios que no logran ir a la cancha eventualmente se desvinculan, con el consiguiente impacto financiero y emocional para la institución.
Ibarra propone la construcción de un estadio completamente nuevo con capacidad para más de 105.000 personas, ubicado en terrenos que el club ya posee en Casa Amarilla. Según su exposición, esta solución no afectaría los espacios actualmente destinados a otras funciones del club. La propuesta contrasta con lo que denomina como posiciones vagas del gobierno actual, que ha mencionado ampliaciones parciales de alrededor de 20.000 localidades sin presentar proyectos concretos, plazos o presupuestos detallados. Ibarra cuestiona que estas anuncios aparezcan selectivamente en momentos de crisis deportiva, sugeriendo que funcionan más como herramientas de comunicación política que como estrategias reales de transformación. La diferencia fundamental radicaría en la presentación de un proyecto integral versus declaraciones sin materialización.
Respecto de cómo se definiría la adopción final de uno u otro modelo, Ibarra expresa la intención de someter la decisión a consulta de los socios, utilizando mecanismos de votación modernos que garanticen participación y verificabilidad. Esta postura busca diferenciarse de una gestión que, según su crítica, no consulta adecuadamente a la base afiliada sobre decisiones trascendentales. No obstante, la propuesta deja abierta una pregunta fundamental: si ganara las elecciones, ¿qué garantías existen de que una consulta posterior no sería simplemente un ratificador de decisiones ya tomadas?
La estructura deportiva como espejo de la crisis institucional
La esfera del fútbol profesional constituye otro nivel en la crítica de Ibarra hacia la gestión actual. Sostiene que Boca ha carecido de estructuras profesionalizadas en la búsqueda y contratación de jugadores, comparando la realidad del club con la de instituciones europeas de elite que cuentan con departamentos especializados en análisis de datos. Ibarra menciona el caso del Manchester City como referente, aludiendo a cómo los clubes modernos utilizan tecnología para identificar talentos de manera sistemática. En contraste, describe a Boca como un espacio donde se "tiran nombres a la marchanta" y se dejan partir a futbolistas sin una política clara, citando casos como Pavón y Retegui.
En cuanto a las opciones técnicas, Ibarra reitera su preferencia por un proyecto que habría contemplado a Martín Palermo como entrenador, junto con profesionales especializados en dirección deportiva que trabajarían bajo criterios más objetivos que la intuición o las preferencias personales. La mención de Guillermo Barros Schelotto como posible director deportivo aparece matizada por la aclaración de que ese profesional preferiría funciones directamente vinculadas con la dirección técnica. Ibarra evita confrontar directamente con los técnicos actuales o recientes, adoptando un tono que critica sistemas antes que personas específicas.
Una de sus observaciones más señaladas refiere al tema del ego institucional. Ibarra sugiere que cuando una persona antepone sus propias preferencias o sentimientos sobre los intereses organizacionales, se generan decisiones inconsistentes e ineficaces. Recupera las propias palabras de Riquelme de cuando era jugador, en las cuales abogaba por la continuidad de los entrenadores mediante contratos plurianuales, para contrastar con la realidad reciente de rotaciones rápidas y cambios sin criterio aparente. Esta crítica no se formula como un ataque personal, sino como una identificación de un patrón que considera perjudicial para la institución.
El escenario electoral y la estrategia de la oposición
De cara al proceso electoral de 2027, Ibarra reconoce la existencia de otros actores que podrían competir desde posiciones opositoras. Su perspectiva es que existe espacio para candidatos con distinto nivel de experiencia, pero que eventualmente, la oposición deberá converger en torno a una única figura capaz de ganar. Sostiene tener "el mejor proyecto y el mejor equipo" pero también expresa disposición al diálogo con otros sectores de la oposición, sugiriendo que el que mayor intención de voto acumule sería el natural candidato unificado. Esta postura equilibra la ambición personal con la conciencia de que la fragmentación beneficia al oficialismo.
Ibarra menciona que Mauricio Macri, quien encabezó la anterior gestión durante la cual Ibarra ejerciera funciones directivas, podría volver a participar en un acuerdo político. Sin embargo, señala que es prematuro definir roles específicos. Lo que sí remarca es la vinculación emocional y política de Macri con Boca, presentándolo como un factor de continuidad institucional. A diferencia de estructuras políticas tradicionales, en Boca los ex presidentes mantienen una gravitación importante en la toma de decisiones aún después de dejar sus cargos, lo que refleja la naturaleza particularista del poder dentro de la institución.
En relación con otras figuras de la oposición, Ibarra se refiere con respeto a Jorge Arruabarrena, caracterizándolo como una persona confiable y profesional, sin descartar la posibilidad de que sea competidor electoral. Esta distancia cordial con otros opositores sugiere un cálculo estratégico: mantener buenas relaciones hasta que se defina cuál será el candidato unificado, evitando enemistades innecesarias dentro del campo opositor.
La percepción del cambio en la evaluación del presidente
Quizás el elemento más relevante para la viabilidad de una candidatura opositora sea la evaluación que Ibarra realiza respecto del desgaste de Riquelme. Sostiene que mientras en 2023 la emocionalidad de tener un ídolo en la presidencia predominaba, actualmente esa emoción se habría diluido frente a los resultados concretos. La falta de títulos, los roces públicos con figuras deportivas y lo que Ibarra caracteriza como mala gestión general habrían modificado la percepción de los socios. Ibarra refiere que situaciones antes impensables, como que la gente insulte a Riquelme a la salida del estadio, hoy ocurren de forma regular.
La lectura es que el presidente enfrentaría, en una eventual revancha electoral, una dinámica muy distinta. Ya no sería el ídolo en su primera oportunidad de dirigir, sino un gestor cuyos resultados son evaluables. La "gente no come vidrio", dice Ibarra parafraseando una expresión común argentina, aludiendo a que los socios eventualmente dejan de apoyar cuando los resultados son insatisfactorios, independientemente de la historia previa del dirigente. Este cambio de contexto sería el factor que permitiría una competencia más pareja, aunque Ibarra no descarta que Riquelme mantenga una base importante de apoyo.
En síntesis, la reentrada de Ibarra a la arena electoral xeneize representa varios fenómenos simultáneamente. Por un lado, la persistencia de un modelo institucional donde los dirigentes derrotados buscan regresión; por otro, la posibilidad concreta de que el desgaste de una gestión abra espacios para alternancia. La contienda del 2027 se perfila como un punto de inflexión donde la estructura competitiva de Boca será puesta a prueba, con implicancias tanto para la dirección deportiva como para la viabilidad financiera y organizacional del club en los próximos años. Las diferentes perspectivas sobre infraestructura, profesionalización deportiva y forma de gobernar reflejan tensiones profundas sobre cuál debe ser el modelo institucional de una entidad como Boca Juniors en el contexto actual.



