Hay victorias que se festejan en el momento, y hay otras que la historia se encarga de restituir con décadas de retraso. El caso de Evonne Goolagong es, probablemente, el más extraordinario que registra la historia del tenis profesional femenino: esta australiana fue la mejor jugadora del mundo durante dos semanas en 1976, nadie se enteró, y la verdad tardó 31 años en salir a la luz. No es una metáfora ni una exageración. Es, lisa y llanamente, lo que ocurrió.
El 26 de abril de 1976, tras consagrarse en el Virginia Slims Championships —torneo que con el tiempo se convertiría en las WTA Finals, el certamen de fin de temporada más prestigioso del circuito femenino—, Goolagong había superado a Chris Evert en el ranking mundial y se había instalado en la cima del tenis planetario. Pero el sistema de registro de aquella época, todavía en pañales y sostenido sobre papeles físicos, no capturó ese dato con la rigurosidad necesaria. El momento pasó inadvertido. Goolagong siguió jugando, compitiendo, ganando títulos. Nadie le informó que había sido número uno. Y ella, claro, tampoco lo sabía.
Un archivo roto y una deuda de tres décadas
La WTA lanzó su sistema oficial de rankings en noviembre de 1975, apenas cinco meses antes de que Goolagong alcanzara el primer puesto. Era un mecanismo rudimentario, pensado en aquel momento casi exclusivamente como herramienta administrativa para gestionar las inscripciones a los torneos, no como el indicador de jerarquía deportiva que hoy representa. Las posiciones se actualizaban cada dos semanas, y los registros se volcaban en papel. Esa fragilidad fue, décadas después, el centro del problema.
En 2007, cuando la organización realizó una revisión de sus archivos históricos, los técnicos detectaron que faltaban varios documentos en la base de datos de rankings de los primeros años del circuito. Al reconstruir los datos, quedó en evidencia que Goolagong había encabezado la clasificación mundial durante exactamente dos semanas: del 26 de abril al 9 de mayo de 1976. Ese período había quedado sepultado bajo registros incompletos y el olvido institucional. Larry Scott, quien era entonces el CEO de la WTA, lo reconoció sin rodeos: "Lamentablemente, nuestro sistema de archivo no era perfecto en aquellos primeros tiempos del tenis femenino. El ranking era visto apenas como un medio para aceptar inscripciones en los torneos. Recién a principios de los años 80 los medios y las jugadoras empezaron a prestarle atención a los cambios durante el año, y no solo al ranking de fin de temporada".
La consecuencia de ese descuido fue paradójica: aunque Goolagong fue, en los hechos, la segunda mujer en alcanzar el número uno de la historia de la WTA —solo detrás de la propia Evert—, figuraba oficialmente como la decimosexta jugadora en haber sido anunciada en esa posición. Tres décadas de historia mal contada, resumidas en un número que no le hacía justicia.
El trofeo llegó 24 años después del retiro
Cuando la WTA confirmó el hallazgo y decidió reconocer formalmente el logro, Goolagong llevaba 24 años retirada del circuito profesional. Se había despedido de la competencia en 1983, con una carrera que había dejado una huella imborrable en el deporte. Aun así, la ceremonia de entrega del trofeo como número uno mundial tuvo lugar en 2007, con toda la carga emotiva que implica recibir un reconocimiento de esa magnitud a los 55 años de edad y a más de tres décadas de distancia del hecho que lo motivó.
"Estoy muy orgullosa de este logro", declaró Goolagong al recibir el galardón. "En ese tramo de 1976 estaba jugando muy bien, en un gran momento de forma. Fue una enorme sorpresa recibir esta noticia después de tantos años". Sus palabras transmitían la mezcla de emociones que solo puede generar una situación tan singular: alegría genuina, algo de perplejidad y, quizás, una pizca de melancolía por el tiempo que pasó sin que ese mérito fuera reconocido.
Una carrera que no necesitaba reparaciones, pero que las mereció
Para entender la magnitud de lo que estuvo a punto de perderse en esos archivos en papel, alcanza con repasar el palmarés de Goolagong. La australiana conquistó siete títulos de Grand Slam en individuales: el Abierto de Australia en 1974, 1975, 1976 y 1977; Roland Garros en 1971; y Wimbledon en 1971 y 1980. A eso se suman seis títulos de Grand Slam en dobles y uno en dobles mixtos, lo que la ubica entre las tenistas más completas de la historia del circuito abierto.
Pero hay un detalle en su trayectoria que la distingue incluso dentro de ese grupo selecto de las grandes campeonas: Goolagong ganó sus últimos dos títulos de Grand Slam —el Abierto de Australia de diciembre de 1977 y Wimbledon 1980— siendo madre. Ese dato la convierte en parte de un club exclusive de solo tres mujeres que lograron conquistar un major en la Era Abierta después de ser mamás, junto a Margaret Court y Kim Clijsters. Y dentro de ese trío, Goolagong ostenta un récord único: es la única madre en ganar Wimbledon en la Era Abierta, el torneo más antiguo y simbólico del tenis mundial.
Su origen también forma parte de su historia. Descendiente del pueblo aborigen Wiradjuri, Goolagong creció en Barellan, una pequeña localidad rural del interior de Nueva Gales del Sur, y se convirtió en un símbolo de superación y representación para las comunidades indígenas australianas. Su ascenso al tenis de élite en una época en la que las barreras sociales y raciales eran mucho más rígidas que hoy tiene una dimensión que va bastante más allá de las estadísticas deportivas.
Qué dejó este episodio en la historia del tenis
El caso Goolagong no es solo una anécdota curiosa. Plantea preguntas de fondo sobre la fiabilidad de los registros históricos en el deporte, sobre cómo se construye y se preserva la memoria institucional, y sobre qué otros logros pueden estar mal documentados en los archivos de distintas organizaciones deportivas. La WTA misma reconoció que su sistema de archivo en los años 70 tenía fallas estructurales. ¿Habrá otros casos similares que aún no fueron detectados? Es una pregunta que no tiene respuesta definitiva.
Desde una perspectiva, el desenlace fue justo: el error fue encontrado, corregido y reconocido, y Goolagong recibió un trofeo que le correspondía. Desde otra mirada, sin embargo, el episodio expone la fragilidad de los sistemas de documentación deportiva en sus etapas formativas, y la posibilidad real de que logros históricos permanezcan enterrados por fallas burocráticas. Lo que es seguro es que el nombre de Evonne Goolagong figura hoy donde siempre debió haber estado: en la cima de la historia del tenis femenino, con todas sus conquistas debidamente acreditadas, aunque algunas hayan tardado más de lo razonable en ser reconocidas.



