En el predio de Ezeiza funcionan estos días dos realidades paralelas que jamás deberían coexistir. A apenas cinco kilómetros de distancia, mientras la Selección Argentina se reúne para preparar sus compromisos amistosos en fecha FIFA, Leandro Paredes entrena en las instalaciones de Boca en el mismo complejo, condenado a la invisibilidad a causa de una sanción que lo mantiene fuera de circulación. La paradoja resulta casi desconcertante: el volante azul y oro atraviesa probablemente su mejor momento futbolístico desde el retorno a la Argentina, cuando debería estar en el lugar donde construyó su reputación durante casi una década. La situación encapsula una tensión poco común en el fútbol local, donde las decisiones administrativas y los cambios estructurales se entretejen con el rendimiento deportivo, dejando al jugador atrapado en una especie de limbo profesional.

La suspensión de diez encuentros que recae sobre Paredes es la consecuencia directa de su participación en los incidentes que marcaron la final del Mundial disputada hace poco más de un año. Sin embargo, lo que distingue este castigo de otras sanciones disciplinarias es su timing: llega justo en el momento en que la Selección se debate sobre su propio futuro tras la salida de Lionel Messi como figura central del proyecto. El capitán de Boca se debate entonces entre dos escenarios que convergen sin ser complementarios. Por un lado, su actualidad en el club de la Ribera lo muestra dotado de recursos técnicos intactos, con capacidad para dirigir el juego desde el mediocampo con la lucidez que caracteriza a los mejores exponentes de su posición. Por el otro, su horizonte en la celeste y blanca permanece en la penumbra, envuelto en incertidumbres que van más allá de lo estrictamente disciplinario.

El rendimiento que contradice la clausura

La última presentación de Paredes frente a San Lorenzo ofreció evidencia contundente sobre su estado físico y mental. Con un desempeño que rozó lo impecable, el mediocampista manejó los tiempos del encuentro, distribuyó las acciones con precisión y fue determinante en el triunfo de su equipo por dos a cero. Más relevante aún fue su autoevaluación posterior, cuando señaló que el equipo había experimentado un "clic mental" que lo posicionaba en una nueva dimensión competitiva. Esa frase, aparentemente casual, revela algo profundo: Paredes no solo juega con calidad, sino que lidera procesos, transforma mentalidades, articula dinámicas colectivas. Son atributos que trascienden la ejecución técnica y que históricamente han sido valorados en la estructura de cualquier Selección Nacional que aspire a competir en los más altos niveles.

La desconexión entre lo que Paredes exhibe semana a semana en el fútbol doméstico y su indisponibilidad para la Selección genera una fricción que no puede ignorarse. A los 32 años, etapa donde muchos futbolistas inician su declive, el volante boquense demuestra una vitalidad que sugiere que aún tiene años productivos por delante. Su liderazgo dentro del equipo azul y oro, ejercido desde la capitanía, lo coloca como un referente ineludible en la estructura táctica del conjunto dirigido por su entrenador. Precisamente ese liderazgo es el que podría hacer falta en una Selección que atraviesa un proceso de transición generacional potencialmente turbulento.

El dilema de la continuidad sin certezas

Lo que complica aún más la ecuación es la ausencia de claridad respecto a lo que depara el futuro. Paredes ha reconocido públicamente que ni siquiera sabe con certeza si desea continuar en la Selección una vez que expire su sanción, o si esa sanción se le ha impuesto de modo definitivo. La declaración que realizó a mediados de septiembre, cuando afirmó que sería difícil proseguir, no fue un acto de arrogancia sino de sinceridad. El jugador contempló el horizonte: el retiro de Messi como símbolo máximo, una Selección que debe reinventarse desde sus cimientos, una suspensión que lo mantendría ausente casi todo el año, y concluyó con ecuanimidad que continuar podría no ser lo más coherente para nadie. Sin embargo, esa determinación tampoco está cerrada. Existe una variable pendiente que podría modificar su perspectiva: una conversación con Lionel Scaloni que aún no ha tenido lugar.

Esa charla representa mucho más que un simple diálogo entre técnico y futbolista. Constituiría una oportunidad para que Paredes comprenda cuál es el rol que le asignaría el entrenador en una etapa distinta, cuáles son las prioridades del proyecto a mediano plazo y, fundamentalmente, qué valor el DT le asigna a un perfil como el suyo en una estructura que debe incorporar sangre joven. El contexto adiciona complejidad: el propio Scaloni mantiene incertidumbre sobre si continuará dirigiendo el equipo más allá de diciembre. Es decir, Paredes debe tomar decisiones sobre su futuro nacional en un contexto donde ni siquiera el conductor del proyecto tiene certezas sobre su permanencia. Esa circularidad de incertidumbres crea un escenario donde cualquier resolución resulta especulativa.

Mientras tanto, el calendario que rige la sanción ofrece un dato revelador sobre la magnitud del castigo. Este año podrá cumplir apenas la mitad de la pena: tres fechas ahora y dos en la ventana de noviembre. El resto de la suspensión quedaría postergado para 2027, lo que significaría que Paredes no podría reintegrarse al equipo nacional hasta la ventana FIFA de septiembre de ese año. Para un jugador que está en el tramo final de su carrera profesional, ese lapso temporal no es menor. Representa prácticamente la ejecución de un retiro acelerado de la Selección, independientemente de cuál sea su deseo formal. Los números actúan aquí como protagonistas: con 32 años cumplidos, la espera de casi dos años supondría arribar a los 34 con una brecha de inactividad internacional que sería complicada de revertir desde lo futbolístico y desde lo psicológico.

Lo singular del momento reside en que Paredes debe presenciar el cierre de un capítulo histórico desde la barrera. El despedida de Messi, prevista para el martes 6 de octubre, ocurrirá sin su participación directa en la cancha. Alguien que estuvo ahí durante los últimos ocho años, que fue compañero de viaje en la conquista del Mundial, que compartió vestuarios y abrazos en las horas más intensas del equipo, tendrá que observar ese adiós como espectador. Esa imagen, más que cualquier otro detalle, sintetiza la paradoja que atraviesa: presente en Boca con rendimiento de Selección, ausente en la Selección por una suspensión que lo castiga pero que también lo expone a un futuro nublado. La decisión sobre su continuidad, cuando finalmente sea tomada, dirá mucho menos sobre sus capacidades futbolísticas que sobre cómo un equipo nacional en transición valora a sus referentes en momentos donde la incertidumbre es el único dato certero.

Las posibles sendas de un futuro incierto

Las consecuencias de esta situación se desplegarán en múltiples direcciones durante los próximos meses. Si Paredes decide que su ciclo en la Selección ha concluido, Argentina perderá no solo un volante de técnica depurada, sino un liderazgo probado en el contexto más exigente que existe en el fútbol. La transición generacional que el equipo debe afrontar se volvería más abrupta, sin figuras que sirvan de puente entre la era de Messi y lo que viene. Alternativamente, si tanto Scaloni como Paredes hallan razones para mantener la continuidad, la arquitectura del mediocampo argentino ganaría en madurez y experiencia, aunque con la incómoda realidad de que el jugador estaría efectivamente disponible recién en 2027. Existe también una tercera opción: que Paredes se retire de la Selección antes de que la sanción concluya, lo que cerraría un ciclo de manera abrupta pero quizás más coherente que esperar dos años sin jugar. Cualquiera de estos caminos modificaría el panorama no solo de Boca sino de la estructura internacional del país en un período que demanda estabilidad y claridad.