La Academia está quebrada. No es una frase de circunstancia ni un drama de fin de semana. Es un diagnóstico que se impone cuando se observan los números, se escuchan los insultos desde las tribunas y se constata que un equipo que hace apenas meses jugaba semifinales de Libertadores hoy lucha por no hundirse en el pozo más profundo del fútbol local. La derrota 2-1 ante Atlético Tucumán fue el espejo en el que Racing se miró y no reconoció su reflejo. Más que un partido perdido, fue la confirmación de un colapso que ya venía anunciándose en cada encuentro sin victorias, en cada gol que no llegaba, en cada promesa incumplida.
Ocupar la última posición en la Zona B y estar entre los equipos más pobres del torneo Clausura no es una posición cómoda para una institución con la historia que posee Racing. Cuando se habla de puestos de privilegio relegados al pasado, la caída se vuelve más abrupta. Con apenas cinco puntos acumulados tras sus últimas actuaciones, el equipo de la provincia de Buenos Aires no solo desciende en la tabla de posiciones actuales: también cae en la tabla anual, donde pasó del puesto 22 al 24, situación que lo mantiene prácticamente fuera de cualquier competencia internacional para 2027. Esto no es un detalle menor. Desde 2015, año tras año, sin excepción, Racing ha participado en Libertadores o Sudamericana. Esa racha ininterrumpida, que define gran parte de la identidad competitiva reciente del club, está ahora en riesgo de extinción.
La herida del contraste temporal
Lo que más duele es recordar lo que fue hace poco tiempo. Racing levantó la Copa Sudamericana en 2024, un trofeo internacional que consolidaba la proyección ascendente de la institución. Apenas hace unos meses, el equipo llegaba a la semifinal de la Libertadores 2025, donde chocó contra obstáculos que, aunque dolorosos, dejaban la puerta abierta para una pronta venganza. Esos resultados generaban una atmósfera de esperanza, de expectativa de que lo mejor estaba por venir. Milito, quien encabeza la dirigencia desde su llegada a través del voto de los asociados, había seducido a los votantes con un mensaje de "salto de calidad". No era solo un eslogan. Parecía ser una hoja de ruta respaldada por trofeos tangibles y un proyecto con dirección clara.
Pero entre esa Racing victoriosa y la que hoy patea en el fondo de la tabla media una brecha que no se explica por un simple declive futbolístico. Los mercados de pases que ejecutó la institución fueron inconsistentes, cargados de decisiones que, en retrospectiva, lucen como apuestas fallidas. Jugadores considerados pilares del proyecto se fueron sin que sus salidas fuesen adecuadamente compensadas con incorporaciones de jerarquía equivalente. Fue una sangría lenta pero sostenida de calidad, tanto en lo colectivo como en lo individual. El desequilibrio que generó esta dinámica ahora es visible en cada minuto de juego, en cada fracaso ofensivo, en cada brecha defensiva que los rivales aprovechan sin piedad.
Vojvoda y la paciencia que se agota
Juan Antonio Vojvoda es el conductor de esta tormenta. El técnico que asumió con credenciales respetables ahora se ve acorralado en la cornisa, con un crédito que mengua semana tras semana. En conferencia de prensa, sus palabras reflejaban tanto la sinceridad como el desconcierto: admitió que no se impone plazos, pero que acepta las realidades; reconoció que le duele profundamente no ganar y que esta es la primera vez en su carrera que experimenta una racha de esta naturaleza. "Es un desafío que me tiene mal en este momento", confesó. No fue un discurso de excusas. Fue el reconocimiento de alguien que está sufriendo el peso de las derrotas acumuladas. Pero también fue incapaz de ofrecer un camino claro hacia la salida del laberinto. Solo repitió lo obvio: hay que ganar, y no lo están logrando.
En los últimos siete partidos del Clausura, Racing cayó en cinco ocasiones y empató dos, una secuencia que no recordaba desde 2023, cuando Fernando Gago llevaba las riendas y el equipo atravesó un túnel de ocho encuentros sin victorias (seis derrotas, dos igualdades). Aquella crisis también fue profunda, pero la diferencia radica en el contexto: entonces no existía una racha previa de gloria internacional que hiciese más amarga la caída. Ahora la contundencia del contraste agrava la situación desde lo psicológico, desde la percepción que tienen los hinchas sobre hacia dónde va el club.
Las tribunas se convirtieron en un espejo de la frustración. El Cilindro, cancha que debería irradiar autoridad y apoyo, despidió a los jugadores con silbatinas después de cada derrota reciente. Los insultos hacia la comisión directiva resonaron entre los graderíos. Hubo coros que cuestionaban tanto al cuerpo técnico como a quienes toman decisiones desde los despachos administrativos. Esta es la manifestación más visceral de una quiebre: cuando una hinchada deja de creer en el proyecto, cuando la paciencia toca su límite. No es un enojo pasajero. Es el síntoma de que algo fundamental se rompió en la relación entre la institución y su gente.
Las mesas de salvación
En estos momentos de turbulencia, Racing intenta aferrarse a lo poco que le queda. La Copa Argentina es la tabla de salvación más evidente. El torneo mata por eliminación directa, un formato que todavía permite fantasías incluso a equipos en crisis. Allí espera un clásico con Boca por los cuartos de final, un enfrentamiento que, si es ganado, abre la puerta de la Libertadores 2027. No es un plan de largo plazo ni una solución estructural. Es una coyuntura, una oportunidad de ruptura que podría cambiar el clima que hoy envuelve al club. Pero ganar una Copa Argentina requiere consistencia, y la consistencia es precisamente lo que Racing no puede encontrar en este momento.
Más allá de la Copa Argentina, el formato del torneo local con sus playoffs ofrece un oxígeno de emergencia a todos los equipos que aún no han sido matemáticamente eliminados. En teoría, todavía hay senderos posibles hacia los octavos de final. Pero la realidad futbolística, lo que se ve en el campo, dibuja un panorama mucho más desolador. Desde el punto de vista deportivo, los octavos lucen como un horizonte lejano, casi irreal para quienes ven jugar a Racing semana tras semana.
Lo que viene para la Academia es un período de definiciones profundas. La crisis actual no es meramente deportiva; tiene aristas institucionales, administrativas y deportivas que convergen en una tormenta perfecta. Si el equipo logra revertir la racha en las próximas semanas, si encuentra una victoria que abra una grieta en el muro de derrotas, entonces el relato podría cambiar. Si continúa la caída, entonces comenzarán a cuestionarse decisiones más estructurales: los mercados de pases ejecutados, la continuidad de quienes dirigen el club, incluso la capacidad del técnico para conducir en estas aguas turbulentas. Lo que nadie en Racing puede permitirse ahora es la indiferencia. Las aguas en las que navega el club no son calmadas. Son aguas de penurias, y cada semana sin victorias las agita más.



