La actual temporada de la NBA presenta un fenómeno sin antecedentes en la historia de la competencia profesional estadounidense: la presencia simultánea de más de 70 atletas con experiencia ganadora en sus currículos, repartidos entre todos los planteles que disputan la contienda. Este número no solo dobla lo que sucedía hace apenas tres décadas, sino que también marca un crecimiento consistente año tras año, consolidando una transformación estructural en la manera en que se arman y funcionan los equipos en la liga. Lo que alguna vez fue un atributo valioso —contar con veteranos que ya habían probado la gloria— se ha convertido en prácticamente un estándar, indicador claro de cómo las reglas del juego han reconfigurado el panorama competitivo.

Comparar el presente con el pasado resulta revelador. En la temporada 1996-97, considerada el pico de la dinastía de Chicago Bulls, apenas 42 jugadores activos en las canchas poseían anillos de campeones. Treinta años después, ese número prácticamente se ha triplicado. La progresión reciente acelera esta tendencia: en 2023-24 había 62 campeones en activo, cifra que saltó a 68 al año siguiente y ahora alcanza los 70. Este crecimiento no responde a una casualidad ni a una moda pasajera, sino a cambios estructurales profundos en cómo opera la economía de la competencia profesional.

El nuevo régimen contractual y sus consecuencias imprevistas

La transformación comenzó con la implementación de restricciones incluidas en los nuevos acuerdos colectivos de negociación, instrumentos legales diseñados para frenar la formación de súper equipos mediante la concentración de talento en una sola franquicia. Estas medidas —que limitaron severamente las opciones de los agentes libres de élite para firmar con otros clubes— lograron su objetivo original: prácticamente extinguieron la posibilidad de que un equipo dominante ganara cuatro o cinco campeonatos consecutivos como ocurría en eras anteriores. Sin embargo, generaron un efecto secundario que nadie pudo anticipar completamente: la dispersión masiva de campeones a través de toda la liga.

El mecanismo es simple pero efectivo. Cuando un equipo conquista un título, mantener intacto ese plantel resulta ahora extremadamente costoso desde la perspectiva fiscal. Las franquicias deben tomar decisiones difíciles: retener solo a los pilares centrales y desprenderse de figuras complementarias que fueron cruciales en la carrera ganadora. Un caso emblemático es Bruce Brown, quien partió de Denver en 2023 inmediatamente después de que los Nuggets ganaran el campeonato, llevando su experiencia ganadora a otra organización. Este tipo de movimientos, inconcebibles en décadas anteriores cuando los equipos podían mantener sus alineaciones prácticamente intactas, ahora es rutinario. El resultado final es que los campeones no se repiten; en cambio, su influencia se disemina como semillas en un viento de paridad competitiva.

Ocho coronas en ocho años: el fin de las dinastías

El fenómeno adopta su forma más visible en una estadística demoledora: la NBA está a punto de registrar ocho campeones diferentes en ocho temporadas consecutivas, desde Toronto en 2018-19 hasta ahora. Esta ruptura total con el patrón histórico de dinastías —donde un equipo podía gobernar la liga durante años— evidencia cómo la competencia se ha democratizado. Ya no existen los Chicago Bulls de principios de los '90, los Lakers de mediados de esa misma década, ni siquiera la dinastía de Golden State que dominó entre 2014 y 2019. Lo que vemos ahora es un carrusel constante de ganadores, alimentado precisamente por esa circulación incesante de jugadores veteranos que llevan su saber hacer de un lado a otro.

Los dos aspirantes a campeón en esta temporada ilustran perfectamente cómo opera este nuevo mecanismo. Los Knicks de Nueva York cuentan con apenas dos jugadores con experiencia en campeonatos: Dillon Jones, quien formó parte del equipo Thunder ganador el año anterior, y OG Anunoby, campeón con Toronto en 2018-19. Los Spurs de San Antonio tampoco son diferentes, con Luke Kornet (campeón con Boston en 2023-24) y Harrison Barnes (ganador con Golden State en 2014-15) como sus únicos veteranos titulados. Ninguno de estos equipos construyó su éxito a partir de figuras que ganaron juntas múltiples títulos; en cambio, cada uno tejió su camino hacia el campeonato incorporando piezas con experiencia previa, como quien arma un rompecabezas con fragmentos de diferentes imágenes.

La proporción estadística también merece atención: esos 70 campeones representan más del 12 por ciento del total de 582 jugadores que vieron minutos durante la temporada. Esto significa que en cualquier partido, existe una probabilidad elevada de encontrarse con al menos media docena de atletas que ya saben qué se siente levantar un trofeo Larry O'Brien. Décadas atrás, cuando un equipo lograba fichar a un veterano ganador, su presencia en el vestuario se consideraba un lujo, un mentor valioso que podía transmitir la mentalidad necesaria para triunfar. Hoy, ese perfil de jugador es tan abundante que su mera presencia ya no confiere una ventaja competitiva significativa; es más bien un complemento esperado.

Hacia un futuro con potencial de tres dígitos

Los analistas de la competencia sugieren que esta tendencia continuará intensificándose en los próximos años, incluso podría alcanzar cifras que hace poco parecían ciencia ficción. Cualquiera sea el equipo que gane este campeonato —bien Nueva York o San Antonio— reclutará automáticamente entre 12 y 15 nuevos jugadores con derecho a usar ese anillo de campeón. Si la dinámica actual se mantiene sin cambios significativos, es completamente viable proyectar que dentro de cinco o seis años la NBA contará con más de 100 atletas activos que alguna vez ganaron un campeonato. Esta proliferación de experiencia ganadora podría transformar nuevamente la naturaleza competitiva de la liga, generando dinámicas de vestuario completamente novedosas.

Los efectos de este cambio estructural se propagan en múltiples direcciones. Por un lado, los nuevos jugadores que ingresan a la NBA encontrarán un ambiente saturado de veteranos con experiencia ganadora, lo cual podría acelerar su curva de aprendizaje y elevar el estándar promedio de competencia. Por otro lado, la presencia masiva de campeones podría contribuir a fragmentar la identidad de cada franquicia, diluyendo el sentido de unidad que caracterizaba a las dinastías anteriores. También existe la posibilidad de que eventualmente se implementen nuevas restricciones contractuales diseñadas para contrarrestar esta dispersión, restableciendo incentivos para que los equipos mantengan su núcleo ganador intacto. Lo cierto es que la NBA de 2025-26 representa un punto de inflexión claro, donde la paridad ha prevalecido sobre la concentración del talento, generando consecuencias que aún estamos apenas comenzando a comprender en toda su profundidad.