La reacción llegó, aunque tarde y con sabor agridulce. San Lorenzo derrotó a Unión en el Nuevo Gasómetro por la mínima diferencia, un resultado que operó más como una pausa en la caída libre que como el ansiado punto de inflexión. En el contexto de una institución convulsionada por el fracaso de hace apenas siete días —aquella derrota ante su clásico rival que se sintió como un terremoto en Boedo—, esta victoria sumó tres puntos pero no borró las cicatrices. Alexis Cuello, el atacante de 26 años que funciona como uno de los pilares ofensivos del equipo dirigido por Néstor Gorosito, fue el rostro visible de una búsqueda de redención que recién comienza. Su mensaje no fue de euforia sino de humildad forzada y reconocimiento del abismo en el que se encuentra el plantel.
El fantasma del clásico perdido
Cuando un equipo pierde un partido de esas dimensiones, el daño que provoca trasciende la pura cuestión deportiva. Los clásicos —esos encuentros que condensan décadas de rivalidad, historias familiares divididas, orgullo barrial y sentido de pertenencia— no son simplemente noventa minutos de fútbol. Son respiradores del alma hincha, catalizadores de emociones que van más allá de lo racional. La derrota ante Vélez la semana anterior dejó un rastro de resentimiento profundo en las tribunas del Gasómetro, ese sentimiento que solo germina cuando el sentido de identidad se siente vulnerado. Cuello fue explícito en su diagnóstico: "Creíamos que era el fin de semana pasado y no se nos dio". La frase destila frustración acumulada, esa certeza de que tenían la oportunidad de sellar un resultado que habría calmado las aguas tempestuosas. No lo lograron entonces, y eso pesó como una losa durante toda la semana.
El silbido que recibieron jugadores y cuerpo técnico durante los entretiempos y en ciertos momentos del partido fue la expresión más cruda de ese descontento. No hubo zona de confort, no hubo tregua. Las 57 mil almas que poblaron las tribunas —muchas de ellas en un estado de indignación calculado— no vinieron a ver fútbol, vinieron a cobrar una deuda moral. Y eso genera una presión adicional que solo los equipos acostumbrados a ganar saben digerir. San Lorenzo no está en ese estado. De hecho, la visita de la barra al predio de entrenamiento en días previos funcionó como un recordatorio de que la institucionalidad estaba bajo cuestionamiento, que la paciencia tenía límites.
La autocrítica como método de supervivencia
Lo interesante de la intervención de Cuello no fue celebrar la victoria sino reconocer la profundidad de la crisis. Su discurso fue sorprendentemente franco para alguien que acaba de sumar puntos: "Hay mucho enojo, el fin de semana pasado fue durísimo para todos. Ellos lo viven más que nosotros". Esa última frase es fundamental. El delantero, quien podría haber simplemente agradecido el triunfo y seguido adelante, decidió en cambio asumir una perspectiva que no es la suya naturalmente. Reconoció que los hinchas sufren más que los futbolistas, lo cual suena obvio pero implica una humildad que no siempre se ve en jugadores. En una era donde los futbolistas tienden a profesionalizarse emocionalmente y mantener cierta distancia del sufrimiento de la hinchada, este tipo de reflexión resulta casi contracultural.
Su mensaje posterior fue más duro aún consigo mismo: "Toca comer lo peor, afrontar esta situación y esperamos empezar a demostrar por qué vestimos esta camiseta". La metáfora de "comer lo peor" es un reconocimiento de que no hay atajos, que los caminos cortos están bloqueados, que el único remedio será pasar por el fuego. No es la retórica del ganador que está en racha sino la del naufragante que reconoce que necesita nadar contracorriente. Cuello tuvo una ocasión clara en el partido —Mansilla, arquero de Unión, le ahogó lo que pudo haber sido un grito liberador— pero ni siquiera ese rosario de lo que pudo haber sido fue suficiente para que adoptara una postura triunfalista.
El peso de la juventud del plantel
San Lorenzo conformó en los últimos tiempos un elenco mayoritariamente joven, un proyecto que suponía renovación y proyección a futuro. Sin embargo, la juventud tiene sus costos: la experiencia para gestionar crisis no es abundante, la serenidad bajo presión extrema todavía está en construcción. En ese contexto, Cuello —quien ya ronda los cuarenta partidos en el club— funciona como un referente casi por defecto. No por antigüedad sino porque la necesidad lo obliga. Eso le carga una responsabilidad adicional que va más allá de meter goles: debe ser el puente entre la desesperación de la hinchada y la necesidad de mantener la calma del equipo. Su capacidad de autocrítica en lugar de auto-justificación podría ser precisamente el tipo de liderazgo que un grupo así necesita en este momento.
El pedido de disculpas de Cuello fue particularmente notable: "Quiero pedirles disculpas, porque a pesar de que no le regalamos una alegría ellos siguen viniendo, alentando y apoyando al escudo que es lo más importante antes que el jugador". Esa inversión de valores —donde el escudo, la institución, ocupa el lugar superior— es significativa en un momento donde el individualismo futbolístico es predominante. También subraya un cálculo: sabe que la hinchada seguirá ahí incluso si pierden nuevamente, lo cual genera una deuda que debe saldarse únicamente con resultados.
El futuro inmediato
A partir de ahora, cada resultado operará como un acumulador de confianza o desconfianza. Una victoria aislada no cicatriza las heridas de la derrota ante el rival más cercano, pero puede iniciar un proceso de reconstrucción emocional. Gorosito tendrá que gestionar un equipo que está en el filo: demasiado talento joven para resignarse, demasiados cuestionamientos como para permitirse nuevos traspiés. Los próximos cinco, seis o siete partidos serán críticos. Si San Lorenzo logra hilvanar una serie de resultados positivos, el fantasma del clásico perdido comenzará a disolverse. Si vuelve a tropezar, la institucionalidad volverá a tambalearse con mucha más fuerza que la primera vez. En ese sentido, el rol de Cuello y otros referentes será crucial no solo para marcar goles sino para mantener la cohesión interna cuando todo amenace con desmoronarse nuevamente.
Lo que suceda en las próximas semanas definirá si esta victoria fue un punto de quiebre hacia arriba o simplemente un respiro antes de una caída más dramática. Las palabras de autocrítica de Cuello evidencian una comprensión de la gravedad de la situación que, aunque no garantiza nada, al menos sugiere que alguien en el vestuario entiende el tamaño de la tarea. El enojo de la hinchada seguirá presente, la presión continuará siendo intensa, y la demanda por resultados será implacable. Pero en momentos de crisis, el reconocimiento del problema es siempre el primer paso hacia su resolución.



