El desempeño deportivo del equipo rojo alcanzó un punto de quiebre esta semana cuando cayó derrotado 4-0 frente a Atlético Tucumán en la instancia de dieciséisavos de final de la Copa Argentina. Más allá del resultado en el terreno de juego, lo que resonó en los pasillos del club fue la declaración pública de Juan Marconi, quien años atrás ocupó la posición de vicepresidente segundo en la estructura directiva del Rojo y ahora ejerce como periodista especializado en fútbol. Su testimonio abre un debate incómodo sobre los procesos de toma de decisiones al interior de las instituciones deportivas argentinas y las consecuencias que tienen cuando dirigentes carismáticos descubren demasiado tarde que sus elecciones no respondieron a criterios técnicos o estratégicos, sino a impulsos emocionales que nublaron el juicio.

La confesión de quien estuvo adentro

Marconi no guardó silencio ni buscó escudarse en eufemismos. Durante los últimos años, mientras permanecía como miembro de la Comisión Directiva, dedicó tiempo y energía considerables a su rol dentro del club. Sin embargo, reconoce hoy que esa inversión de recursos personales y emocionales, lejos de producir resultados positivos, representa uno de los episodios que más lamenta en su trayectoria vital. "Fue uno de los grandes errores de mi vida", afirmó sin rodeos. La precisión es importante en sus palabras: no se arrepiente de haber vinculado su nombre a Independiente como institución, sino específicamente de haber decidido hacerlo al lado de las personas que actualmente conducen los destinos del club.

Esta distinción que realiza Marconi revela algo fundamental sobre cómo se toman decisiones en espacios donde confluyen pasión institucional y ambiciones personales. El exvicepresidente explica que su entrada a la Comisión Directiva estuvo marcada por un componente emocional preponderante. Independiente representa para muchos argentinos una carga histórica, identitaria y sentimental que trasciende lo meramente deportivo. En ese contexto, acceder a un cargo directivo puede parecer una oportunidad para canalizar ese sentimiento hacia acciones concretas. Pero Marconi reconoce ahora que esa lógica pasional le impidió evaluar con frialdad quién serían sus socios en la gestión y cuál sería la viabilidad real de sus objetivos. "Si hubiera tenido que hacer algo racional, con esta gente no tendría que haber entrado", expresó con claridad meridiana.

El voto que no debería haber catalizado

Lo que agrega complejidad al relato de Marconi es la conciencia de su propia influencia. Muchos afiliados y simpatizantes que lo conocían por su trayectoria en medios de comunicación deportivos depositaron su confianza electoral basándose, en parte, en su participación en la fórmula. Cuando aquellos votantes se le acercan ahora para recordarle que su presencia fue determinante en sus decisiones de voto, Marconi reconoce que tienen razón. Ese reconocimiento no es menor: implica asumir que su responsabilidad no se circunscribe únicamente a los actos que ejecutó dentro de la Comisión, sino también a los efectos que su visibilidad y credibilidad generaron en la opinión pública. Los hinchas que lo señalan están, en cierto sentido, solicitándole que se haga cargo de las consecuencias colectivas de sus decisiones individuales.

Marconi permananeció en su cargo durante aproximadamente dieciocho meses. Transcurridos poco más de tres años desde aquella elección que lo llevó a asumir como vicepresidente, decidió apartarse de sus responsabilidades. Esa salida, que en su momento pudo haber sido interpretada por algunos como un abandono o una traición a quienes confiaron en él, es ahora recontextualizada por el propio Marconi como una de sus decisiones más sabias. Desde su perspectiva actual, permanecer en la Comisión Directiva habría constituido una traición mucho mayor: continuar siendo parte de un proyecto que, a su entender, no generaba los cambios institucionales necesarios y cuyos responsables tomaban decisiones que él considera perjudiciales para los intereses del club.

El cierre de un ciclo que no termina

Ahora, desde su posición como periodista y observador externo, Marconi plantea una demanda clara al colectivo hincha de Independiente: las próximas elecciones deben significar un quiebre institucional. En su diagnóstico, quienes toman decisiones trascendentes en la estructura directiva del club lo vienen haciendo durante más de quince años. Esa continuidad temporal, lejos de representar estabilidad o experiencia acumulada, es interpretada por Marconi como un signo de cristalización de errores, perpetuación de lógicas ineficientes y, en última instancia, como un obstáculo para la renovación que la institución necesita. Su llamado es a la participación electoral como mecanismo de transformación.

El exvicepresidente fue categórico al descartar cualquier posibilidad de involucrarse nuevamente en la política interna del club. Comprendiendo que cometió un error de cálculo en su primer intento, afirma que no pretende repetir esa experiencia. Esta postura tiene un matiz importante: Marconi no simplemente se retrae por agotamiento o decepción, sino porque considera que volver a participar en las estructuras directivas sería replicar los mismos patrones que critica en los actuales dirigentes. En otras palabras, sabe que su presencia nuevamente catalizada por esa pasión que lo llevó a entrar la primera vez, sin los correctivos racionales que ahora entiende como necesarios, sería contraproducente. Prefiere mantener una distancia que le permita observar, analizar y comunicar desde una perspectiva externa.

La trayectoria de Marconi dentro de Independiente, condensada en menos de dos años de gestión formal pero con implicancias que se extienden años después, ilustra tensiones profundas que atraviesan las instituciones deportivas argentinas. Cuando dirigentes con cierto perfil mediático o con capacidad de convocatoria acceden a cargos ejecutivos sin que medie una evaluación exhaustiva de compatibilidad con el proyecto interno, los resultados suelen ser insatisfactorios tanto para esos dirigentes como para las bases que votaron esperando cambios. La brecha entre las expectativas generadas y los resultados alcanzables frecuentemente produce frustración en ambos lados. Algunos analistas sostendrán que la responsabilidad recae en los votantes por depositar confianza en perfiles sin trayectoria probada en gestión institucional. Otros argumentarán que recae en los dirigentes salientes que no ejercen una transición ordenada o que perpetúan estructuras que impiden la entrada de nuevas formas de pensamiento. La realidad probablemente contenga elementos de ambas perspectivas, como sucede en la mayoría de los procesos institucionales donde confluyen intereses múltiples y capacidades desiguales para procesarlos.