A la mitad del camino del año, la fotografía económica del país presenta un cuadro profundamente desigual. Mientras algunas variables logran mostrar avances significativos, otras mantienen tendencias que generan preocupación en diversos sectores de la sociedad. El diagnóstico más crudos recae sobre el mercado de trabajo, donde la destrucción de puestos formales y la proliferación de empleos precarios configuran un escenario difícil para millones de argentinos. En simultáneo, la autoridad monetaria acumula reservas internacionales sin que la presión sobre la moneda doméstica se agudice de manera descontrolada. Este contraste entre indicadores presenta tanto promesas como advertencias sobre lo que puede venir en los próximos meses.

La catástrofe silenciosa en el frente laboral

El mercado laboral atraviesa una de sus peores etapas en años recientes. Desde que Javier Milei asumió la presidencia, se han evaporado 200.000 puestos de trabajo formales, es decir, aquellos registrados en blanco que ofrecen cierta estabilidad y acceso a beneficios sociales. Este número por sí solo resume la magnitud del desafío que enfrenta la política económica para revertir una tendencia que se profundiza mes tras mes. La cuestión no es simplemente que falte empleo: el problema radica en la calidad de lo que se crea. Durante el mismo período se generaron 530.000 empleos, pero la mayoría presentan características precarias, con remuneraciones muy por debajo de lo que se consideraría un ingreso digno. Esta paradoja —destrucción acelerada de empleos formales versus creación de ocupaciones frágiles— revela una transformación estructural en la composición del mercado laboral argentino.

La explicación de este fenómeno reside en la geografía económica que emerge del modelo implementado. Los sectores que impulsan el crecimiento actual —la agricultura, la extracción de energía y la minería— son intensivos en capital pero demandan mucha menos mano de obra que las ramas que simultáneamente se contraen. La industria manufacturera, la construcción y el comercio minorista, que históricamente fueron fuentes generadoras de empleo masivo, enfrentan condiciones cada vez más ajustadas. Esta reconfiguración sectorial implica que, incluso si la economía crece, el empleo no necesariamente crece de manera proporcional. Los trabajadores desplazados de sectores que se achican deben buscar acomodo en actividades menos estructuradas, frecuentemente por cuenta propia, con ingresos variables y sin protección legal.

Salarios que no recuperan ni su propio peso

Acompañando la debilidad en la cantidad de empleos está el derrumbe del poder de compra de quienes trabajan en el sector privado formal. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, en abril pasado los salarios registrados lograron avanzar apenas 1,4 por ciento, cortando así una racha de siete meses consecutivos de caídas. Sin embargo, este pequeño respiro no alcanza para recuperar lo perdido. Comparado con hace doce meses, el salario real se ubica 2,3 por ciento por debajo. Si la medición se remonta al nivel que existía antes de que Milei llegara al poder, la caída alcanza 3,5 por ciento. Esto significa que, incluso después del repunte de abril, los trabajadores ganando en blanco cobran menos que hace un año y significativamente menos que hace dos años.

Las proyecciones para el resto del año no sugieren un cambio dramático en esta tendencia. Los estudios de clima empresarial indican que las compañías esperan otorgar aumentos salariales en el orden del 27 por ciento para 2026. El problema es que la inflación acumulada proyectada para el año se sitúa cerca del 29,8 por ciento. En consecuencia, aunque los trabajadores reciban aumentos nominales significativos, el resultado en términos reales será prácticamente nulo. Las consultoras especializadas en coyuntura estiman una recuperación marginal del salario real, en torno al 0,5 por ciento en el mejor de los casos para el segundo semestre. Esta recuperación mínima está condicionada a que la actividad económica efectivamente se consolide y que la estructura productiva no se profundice aún más en su actual heterogeneidad. El riesgo mayor reside en que si los sectores más dependientes de mano de obra no logran rebotar con suficiencia, ese pequeño avance podría no concretarse.

La inflación baja pero mantiene su inercia

En el frente de precios, el panorama es menos sombrío aunque lejos de ser satisfecho. La inflación comenzó el año acelerada, con un incremento del 2,9 por ciento en enero. A medida que avanzaron los meses, la desaceleración se hizo evidente: en junio el indicador perforó la barrera del 2 por ciento, algo que no sucedía desde agosto del año anterior. Esta reducción mensual representa un progreso palpable en la lucha contra la suba de precios. No obstante, el daño acumulado en la primera mitad del año es tan considerable que, incluso con esta desaceleración, las proyecciones indican que 2026 cerrará con un índice de precios al consumidor aproximado al 30 por ciento, apenas una décima por debajo del 31,5 por ciento que cerró 2025.

La dificultad central que enfrentan quienes conducen la política monetaria es que los precios han adquirido una inercia muy profunda. Después de más de año y medio de incrementos persistentes, los agentes económicos han internalizado la expectativa de que los precios subirán, por lo que asumen decisiones de precios y salarios basadas en esa creencia. Para romper este círculo vicioso, no basta con reducir la inflación mensual de 2,9 por ciento a 2 por ciento: hace falta llevarla a niveles aún menores, cercanos al 1,5 por ciento sostenido. Según los analistas, lograr ese escalón adicional de desaceleración presenta dificultades considerables y requerirá un tiempo más prolongado del que muchos esperaban. La dirección del movimiento es la correcta, pero el ritmo de cambio podría decepcionar a quienes ansían una normalización más rápida.

El Banco Central aprovecha un contexto favorable que se agota

En contraste marcado con los problemas laborales y de ingresos, la autoridad monetaria ha transitado el primer semestre del año en condiciones notablemente mejores a las anticipadas. El Banco Central ha acumulado compras de 11.204 millones de dólares sin que estas operaciones generen presiones visibles sobre la cotización de la moneda extranjera. El dólar apenas subió 5 por ciento en lo que va del año, una apreciación muy moderada considerando el contexto de inflación elevada. Esta hazaña fue posible gracias a confluencias favorables: el sector agropecuario liquidó volúmenes importantes de divisas, el sector energético aportó ingresos extraordinarios por exportaciones, y las empresas accedieron al mercado de capitales internacionales colocando deuda corporativa. Estos flujos permitieron llevar las reservas internacionales a 44.783 millones de dólares, un nivel que proporciona cierto colchón de seguridad.

Sin embargo, la segunda mitad del año presenta un escenario sensiblemente distinto. El sector agropecuario completó ya su liquidación de cosecha; los precios de las materias primas retrocedieron desde sus máximos; y la demanda de cobertura cambiaria —empresas e inversores que buscan dólares para protegerse de devaluaciones— tiende a recobrar protagonismo. En este contexto menos favorable, la autoridad monetaria deberá calibrar con mayor precisión el equilibrio entre las tasas de interés que ofrece, el tipo de cambio que tolera y la acumulación de reservas que puede lograr. Ya no hay márgenes amplios para el error. La ventana de oportunidad que permitió acumular divisas sin sobresaltos se está cerrando, y el próximo semestre exigirá decisiones más delicadas sobre cómo sostener la estabilidad del tipo de cambio sin sacrificar otras variables.

Riesgos que acechan en el horizonte próximo

El panorama de la economía argentina a mitad de 2026 presenta, entonces, un mosaico de luces y sombras que genera incertidumbre sobre la trayectoria venida. El empleo continúa siendo el punto más vulnerable: sin una recuperación sólida de la demanda en los sectores intensivos en mano de obra, la destrucción de puestos formales podría persistir. Los salarios reales enfrentan un techo muy bajo de crecimiento potencial, limitado por la inflación remanente. La inflación misma, aunque en descenso, mantiene una inercia que resiste a bajar definitivamente por debajo de ciertos umbrales. Y el Banco Central, que ha realizado un trabajo destacable en la acumulación de reservas, debe ahora navegar condiciones externas menos propicias.

Múltiples escenarios son posibles en los próximos meses. Uno optimista contempla una consolidación de la actividad económica que impulsa empleo, una desaceleración de precios que se profundiza gradualmente, y una estabilidad cambiaria sostenida. Otro escenario advierte sobre la posibilidad de que la actividad no se consolide, la heterogeneidad sectorial se profundice, y los salarios reales continúen comprimidos. Un tercer escenario, más pesimista, incluye una desaceleración inflacionaria más lenta de lo esperado y episodios de tensión cambiaria que aceleran el traspaso de presiones a precios, erosionando así los aumentos nominales de ingresos. La economía se encuentra en una encrucijada donde la política económica debe simultanear objetivos que no siempre son compatibles: mantener la estabilidad del tipo de cambio, reducir la inflación, generar empleo de calidad, y proteger el poder de compra de los trabajadores. Los resultados del segundo semestre determinarán en buena medida hacia dónde se inclina la balanza.