La economía argentina funciona como un juego de equilibrio precario donde tres variables —tasa de interés, tipo de cambio e inflación— se mantienen artificialmente controladas, sostenidas por mecanismos cada vez más frágiles. Esta advertencia surge del análisis de un economista de formación académica rigurosa que pasó por la administración menemista y recientemente asesoró al presidente libertario, antes de distanciarse críticamente de su gestión. Su diagnóstico apunta a que la estructura monetaria y fiscal actual esconde tensiones profundas que tarde o temprano producirán un ajuste violento en el mercado financiero.

El cepo que no es cepo: la ficción del dólar abundante

Cuando las autoridades económicas sostienen que existen dólares de sobra en las arcas, la realidad que observa un inversor privado cuenta una historia distinta. Un economista con conexiones en los mercados internacionales describe una experiencia personal reveladora: tras transferir fondos en moneda extranjera a una cuenta en Nueva York, quedó inhabilitado durante noventa días para operar en títulos denominados en dólares. Esa restricción tiene nombre técnico, pero en la práctica se traduce en una limitación severa a la libertad de movimiento de capitales. Simultáneamente, las empresas radicadas en territorio argentino están impedidas de mantener cuentas en moneda extranjera. La confluencia de estas medidas apunta a un mecanismo de contención forzada más que a una abundancia voluntaria.

La cifra que circula en ámbitos especializados es contundente: alrededor de trece mil millones de dólares permanecen atrapados en la economía doméstica, retenidos en depósitos de ahorro y plazos fijos, bloqueados en dividendos empresariales que no pueden ser girados al exterior. Si las autoridades monetarias permitieran que estos fondos accedieran al mercado de cambio, el impacto sería inmediato y desestabilizador. El tipo de cambio experimentaría un salto brusco hacia niveles mucho más elevados. La metáfora que utiliza el analista es ilustrativa: el cepo genera una corrida potencial, una presión contenida que podría liberarse de forma súbita. El mercado ya anticipa ese escenario, y esa anticipación contamina la percepción del riesgo país, alimentando la incertidumbre y los cálculos de quien debe tomar decisiones de inversión o financiamiento.

El acertijo político: quién destapará la presión acumulada

Un aspecto raramente mencionado en los análisis convencionales es que el cepo mismo se ha convertido en un arma política. Si el presidente actual perdiera las próximas elecciones, su sucesor enfrentaría una tentación casi irresistible: levantar la restricción durante un breve período, permitir que el mercado se desajuste, y luego atribuir la responsabilidad de la devaluación al gobierno anterior. Esa maniobra, aunque costosa para la economía real, tendría un rédito político inmediato. Esto significa que la incertidumbre no proviene únicamente de condiciones económicas presentes, sino del cálculo sobre comportamientos futuros de actores políticos. El cepo, en consecuencia, genera un miedo permanente que afecta las inversiones y los planes de los agentes económicos.

Si el peronismo regresara al poder, la lógica sugiere un resultado algo distinto pero igualmente preocupante. La experiencia histórica indica que ese espacio político evitaría permitir una corrida abierta; en su lugar, podría desdoblar el mercado de cambios, dejando que el segmento financiero flotara libremente hacia cotizaciones astronómicas mientras mantenía un dólar comercial artificialmente bajo para evitar una explosión de precios en los comercios. De este modo, la deuda pública se licuaría en términos reales sin necesidad de devaluación visible. Los precios no subirían porque el dólar de compra estaría contenido. La inflación aparente descendería, y el relato público atribuiría el problema al legado recibido. El riesgo que el mercado percibe de este escenario explica comportamientos especulativos presentes que, a su vez, generan volatilidad.

La ilusión del control sin fundamentos reales

El gobierno actual ha optado por una estrategia de gestión de variables económicas clave mediante combinaciones de deuda, política monetaria restrictiva y contención cambiaria. La base monetaria se mantiene controlada, pero no a través del equilibrio entre ingresos y egresos fiscales, sino mediante emisión de títulos de deuda de corto plazo. El Banco Central compra dólares en el mercado de cambios pagando con billetes recién emitidos. Esos pesos son retirados de circulación por el Tesoro Nacional, que emite deuda flotante para esterilizarlos. El resultado neto es que las reservas internacionales pasan a ser propiedad del Tesoro, no del instituto emisor. Se financia la compra de divisas con endeudamiento en el mismo dólar que se está comprando. Este mecanismo, según analistas especializados, es insostenible a medida que avanza el tiempo porque requiere emitir deuda cada vez más cara en términos de tasas de interés.

Las letras del Tesoro denominadas en dólares han pagado tasas de retorno extraordinarias, del orden del treinta y cinco por ciento anual en algunos períodos recientes. Esa rentabilidad elevada atrae capitales especulativos, operadores que ingresan pesos al país con la intención de convertirlos a dólares, comprar estos títulos y repatriar ganancias pasada la ventana temporal. El costo de financiamiento del estado se eleva continuamente porque el Tesoro no genera superávit fiscal suficiente para cubrir los intereses de la deuda flotante. Entonces emite más bonos para pagar los intereses de los bonos anteriores. La pirámide crece en volumen. Estos títulos de corto plazo generan liquidez abundante en el sistema, lo que paradójicamente reduce la demanda de dinero tradicional porque los agentes prefieren tener sus ahorros en instrumentos que rentan. La lógica monetaria clásica se invierte.

La inflación pegada al piso: síntoma de presiones contenidas

La inflación mensual ha descendido hasta un nivel cercano al dos por ciento. Ese piso resulta muy difícil de traspasar hacia abajo. El hecho de que no continúe cayendo, a pesar de la contracción de la actividad económica y el desempleo creciente, sugiere que las presiones subyacentes siguen siendo intensas. Si el objetivo fuera únicamente controlar el aumento de precios, se podría esperar una caída más profunda dado el nivel de recesión. Que no ocurra indica que hay mecanismos de transmisión de inflación que permanecen activos: la devaluación potencial, los costos de endeudamiento, la depreciación de la moneda en segmentos no regulados del mercado de cambios. La obsesión por llegar a inflación cero genera contradicciones internas. Requiere mantener el dólar contenido, lo que exige acumular deuda. Requiere déficit fiscal nulo, lo que impone recortes severos en gasto público y transferencias. Requiere controlar las tasas de interés, lo que atrae capitales especulativos. Estas tres metas no son compatibles simultáneamente cuando se persiguen de forma simultánea sin flexibilidad.

El economista que analiza esta situación cita ejemplos históricos propios: participó en la administración de economistas ortodoxos durante los años noventa, y presenció cómo reformas de apertura comercial sin ajuste del tipo de cambio generaron desempleo industrial masivo. La teoría económica estándar indica que los ganadores de la apertura —consumidores que acceden a bienes importados más baratos— superan en número a los perdedores. Pero los perdedores pierden mucho: sus empleos, sus fuentes de ingreso. La teoría no ofrece compensación automática. En Argentina, no existe un sistema de redistribución que traslade ganancias de ganadores a perdedores. La apertura económica que se implementa actualmente sigue ese patrón: irrestricta, sin protecciones transitorias, sin fondos de reconversión laboral.

El dilema sin salida fácil: sostenibilidad versus presión política

El déficit fiscal cero se sostiene mediante medidas que generan presión política creciente: jubilaciones congeladas en términos reales, salarios públicos reducidos, infraestructura parada, recaudación tributaria en descenso por menor actividad económica. Los grupos perjudicados aumentan en número. Las presiones para reversa estas medidas se acumulan. Aunque el economista reconoce que este enfoque es superior a las alternativas históricas —financiar el gasto con inflación descontrolada— también advierte que perseverar sin modificaciones durante años resulta políticamente inviable. Las elecciones próximas introducen un factor de incertidumbre adicional. Existe la posibilidad de que el presidente actual logre convencimiento interno de que un segundo mandato requiere ajustes graduales, mayor velocidad en las reformas estructurales de largo plazo, pero menor velocidad en el ajuste fiscal. La pregunta de fondo que permanece sin respuesta es si la apertura económica beneficiará efectivamente a las regiones más pobladas del país.

Los proyectos extractivos de gran envergadura —Vaca Muerta, minería de litio en la cordillera, operaciones petroleras— generarán rentas significativas, pero la pregunta central es si esas rentas llegarán a las poblaciones urbanas del área metropolitana de Buenos Aires y el conurbano, donde residen aproximadamente diez millones de trabajadores. Sin mecanismos de redistribución o transferencia, sin fondos de desempleo, sin capacitación laboral financiada, sin subsidios transitorios, la apertura se convierte en un proceso que destruye empleo en el sector manufacturero sin crear suficientes alternativas. El análisis económico ortodoxo sostiene que la destrucción creativa finalmente genera ganancia neta. Pero el tiempo transcurrido entre la destrucción y la creación es políticamente volátil. Ese tiempo intermedio es donde viven las personas desempleadas, donde se toman decisiones políticas, donde la estabilidad institucional puede verse comprometida.

Las incógnitas que define el futuro inmediato

La estructura económica actual contiene múltiples puntos de fragilidad que podrían activarse bajo diferentes escenarios. Un cambio en las condiciones globales de financiamiento, una reversión en los flujos de capital especulativo, una aceleración de presiones políticas internas, un resultado electoral inesperado: cualquiera de estos eventos podría desencadenar ajustes violentos en variables hasta ahora contenidas. El control actual de inflación, tipo de cambio y tasas de interés se parece más a una contención temporal que a una estabilización duradera. Los mecanismos empleados generan deuda acumulativa, presiones políticas crecientes y fragilidad financiera. Las alternativas tampoco resultan claras: una devaluación abrupta dispararía inflación, una apertura acelerada sin protecciones transitoria genera desempleo masivo, un ajuste fiscal más lento comprometería la credibilidad de políticas antiinflacionarias. Los economistas ofrecen diagnósticos precisos sobre los problemas, pero las soluciones enfrentan restricciones políticas, institucionales y de incertidumbre global que trascienden el análisis técnico. La pregunta que cierra este período será si los equilibrios frágiles actuales pueden mantenerse hasta que cambios estructurales más profundos se materialicen, o si las presiones acumuladas se liberarán de forma abrupta, generando un ajuste forzado que reconfigure de manera impredecible el mapa económico y político nacional.