Un panorama desolador emerge del análisis comparativo entre el cierre de 2023 y la mitad de 2026: la Argentina perdió casi tres cuartos de millón de empleos registrados en el sector privado, una contracción que se distribuye de manera desigual por todo el territorio nacional y que expone fracturas profundas en el tejido productivo. Más allá de los discursos sobre ajuste y reconversión económica, los números revelan una realidad mucho más cruda: diecinueve provincias están en rojo, mientras apenas cinco logran mantener la cabeza fuera del agua. Este desequilibrio territorial, lejos de ser un dato menor, representa una de las problemáticas estructurales más preocupantes del modelo económico desplegado en estos treinta meses, con implicancias que van desde la cohesión social hasta la gobernabilidad política en territorios cada vez más castigados.

Durante los últimos treinta meses, el registro de trabajadores asalariados en blanco desapareció de las planillas: pasó de 6,38 millones de personas en diciembre de 2023 a 6,10 millones en mayo de 2026. Esta cifra, que en términos netos suma 274.600 puestos de trabajo destruidos, representa una retracción del 4,3% que no debe interpretarse como un simple ajuste cíclico. Los datos provienen de relevamientos basados en información del INDEC, SIPA, AFCP y estudios de organismos especializados, lo que les confiere una solidez metodológica innegable. Sin embargo, detrás de estos números globales se esconde una geografía del dolor extremadamente desigual que merece ser examinada con detenimiento.

El mapa del desastre: provincias sumidas en la contracción

La sangría ocupacional no afectó por igual a todas las jurisdicciones. De hecho, el patrón geográfico revela dinámicas regionales que explican tanto debilidades estructurales previas como vulnerabilidades ante los cambios de política macroeconómica. Las provincias patagónicas figuran entre las más castigadas: Santa Cruz experimentó una caída del 18,7%, mientras que Tierra del Fuego retrocedió 17,4% y Chubut sufrió una contracción de 14,6%. Estos territorios, históricamente dependientes de sectores específicos y con menor diversificación económica, padecieron particularmente los efectos de la reversión de políticas que durante años los beneficiaron. En términos absolutos, sin embargo, el golpe más demoledor se concentró en la provincia de Buenos Aires, donde desaparecieron casi 101.000 puestos de trabajo registrados. Esta cifra, que representa más de un tercio de la destrucción de empleo total a nivel nacional, subraya la relevancia que mantiene esta jurisdicción en el entramado productivo argentino, aunque también evidencia su vulnerabilidad ante cambios en la orientación económica.

Frente a este cuadro desolador, apenas cinco provincias consiguieron romper la tendencia negativa. Tucumán encabeza la lista con un crecimiento del 8,3% en empleo privado formal, seguida por Neuquén con 6,8%. Las tres restantes muestran crecimientos mucho más modestos: La Rioja sumó 1,2%, San Juan 0,7% y Río Negro apenas 0,5%. Estos guarismos, considerados en contexto, adquieren particular relevancia. Tucumán, histórica provincia industrial del noroeste, logró capitalizar ventajas comparativas relacionadas con su base productiva agroindustrial y manufacturera. Neuquén, por su parte, se benefició de dinámicas vinculadas al sector extractivo de hidrocarburos, actividad que según los registros globales fue uno de los pocos rubros que experimentó expansión durante este período. El resto de las provincias con saldos positivos apenas consiguió contener el retroceso, situándose en márgenes prácticamente residuales.

La infraestructura fabril en picada: capacidad ociosa y desplome productivo

Más allá de la destrucción de empleos, el comportamiento de la capacidad instalada industrial ofrece un diagnóstico aún más preocupante sobre el estado de la actividad productiva. Tomando como referencia los primeros semestres de ambos años para asegurar comparabilidad, el nivel de utilización de infraestructura fabril retrocedió de manera significativa: pasó de un promedio de 66,6% en el primer semestre de 2023 a 57,6% en el mismo período de 2026. Esta caída de nueve puntos porcentuales no es meramente estadística; implica que las plantas industriales están funcionando con máquinas paradas, líneas de producción sin operar a capacidad plena y recursos ociosos. De los doce bloques manufactureros monitoreados por organismos especializados, once operaron por debajo de los niveles de tres años antes, evidenciando un colapso generalizado en el sector.

Los sectores más afectados cuentan historias particulares de contracción severa. La industria automotriz, históricamente uno de los motores de la economía argentina, vio caer su utilización de capacidad de 59,6% a 41,7%, un desplome de casi dieciocho puntos que se traduce en talleres con líneas de montaje paradas y trabajadores en suspensión. La metalmecánica, excluyendo vehículos, bajó de 55,4% a 38%, mientras que el sector textil descendió de 53,7% a 39,2%. Estos números, multiplicados por la cantidad de trabajadores que cada sector emplea, explican buena parte de los 274.600 puestos destruidos registrados a nivel nacional. La única excepción notable fue la refinación de petróleo, que logró incrementar su aprovechamiento de 84,6% a 87,3%, un crecimiento menor pero significativo en un contexto donde prácticamente todo retrocede.

El Índice de Producción Industrial Manufacturero desplomó de 129,7 puntos en el primer semestre de 2023 a 114,1 puntos en el mismo lapso de 2026, una contracción del 12% que refleja no solo menor utilización de capacidad, sino también menor volumen físico de bienes producidos. De catorce rubros manufactureros analizados, trece registraron caídas. Los desmoronamientos más dramáticos afectaron a textiles con una caída de 34%, maquinaria y equipo con 33,4%, y aparatos e instrumentos con 30%. Solo la refinación de petróleo escapó de esta dinámica negativa, con un crecimiento de 2,7%. En paralelo, la construcción experimentó un freno igualmente severo: su indicador de actividad retrocedió de 153,1 puntos a 132,6 puntos, una reducción de 13,4% que la convierte en la actividad más castigada dentro del índice general de la economía.

El comercio interno también se contrae: menos demanda, menos ventas

La menor dinámica productiva no podía sino repercutir en el consumo y el comercio interno. El sector mayorista y minorista acusó un descenso de 5,6% en su nivel de actividad, mientras que las mediciones de comercios de cercanía y economías locales registraron caídas aún más pronunciadas de 11,9% en comparación semestral. Estos guarismos indican que la contracción económica no se limita a la industria, sino que penetra en los circuitos de distribución y venta, afectando tanto a comerciantes mayoristas como a pequeños negocios de barrio que históricamente funcionaban como amortiguadores del desempleo y la informalidad. La caída del poder adquisitivo derivada de la destrucción de empleos formales sin que exista generación equivalente de nuevos puestos se traduce directamente en menores compras, circuito que retroalimenta la debilidad económica.

Resulta importante contextualizar este período dentro de sus particularidades. El punto de partida, el primer semestre de 2023, estuvo marcado por una sequía histórica que devastó el sector agropecuario nacional, provocando la pérdida de más de 11 millones de hectáreas cultivadas y afectando a más de 24 millones de cabezas de ganado. Pese a esta base de comparación desfavorable, que debería haber permitido recuperación más fácil, los indicadores de actividad productiva retrocedieron. Esto sugiere que incluso superando los efectos climáticos adversos de 2023, la estructura productiva argentina no logró recuperar sus niveles previos. Solo algunos sectores específicos consiguieron crecer durante estos treinta meses: el agropecuario, la minería y extracción de hidrocarburos, las finanzas y, por definición contable, el rubro de impuestos netos de subsidios. En otras palabras, mientras que actividades extractivas y financieras ganaban espacio, la manufactura, la construcción y el comercio retrocedían de forma persistente.

Las implicancias de este panorama trascienden lo meramente estadístico. La concentración de destrucción de empleo en diecinueve provincias mientras apenas cinco logran mantener o mejorar su situación plantea interrogantes sobre la sostenibilidad territorial del modelo económico actual. Las provincias más golpeadas, especialmente aquellas con menores recursos e infraestructura diversificada, enfrentan presiones crecientes sobre sus sistemas de bienestar, empleo público y servicios. La concentración de pérdida de empleo en Buenos Aires, a pesar de ser la provincia más industrializada, sugiere que ni siquiera las economías de mayor tamaño logran resistir la contracción generalizada del sector manufacturero. La ausencia de crecimiento en prácticamente todos los rubros manufactureros, excepto refinación de petróleo, indica que la recuperación económica argentina, si es que ocurre, será impulsada principalmente por sectores extractivos y financieros en lugar de por actividades que generan empleo masivo y de base territorial más distribuida. Distintos analistas, empresarios y trabajadores probablemente interpretarán estas cifras de maneras opuestas: algunos como evidencia de que el ajuste requiere profundizarse, otros como prueba de que el modelo actual no es viable. Lo cierto es que los datos permanecen, fríos e irrefutables, planteando desafíos concretos para quienes deben gobernar territorios cada vez más desiguales y economías cada vez menos dinámicas.