La Argentina enfrenta una encrucijada económica que trasciende los números y penetra en la pura supervivencia política de quienes conducen las riendas del país. A dieciocho meses de que un nuevo mandatario asuma ante la Asamblea Legislativa, las decisiones que hoy toma el Ejecutivo están calcadas a partir de un supuesto perturbador: la posibilidad de que todo salga mal. No se trata de catastrofismo barato ni de discurso alarmista. Es, simplemente, la lógica de quien se prepara para lo peor mientras intenta convencer al mundo de que lo mejor está por venir. Las lecturas de Wall Street y de los principales operadores financieros del planeta sugieren algo diferente a lo que el Gobierno pregona en sus comunicados oficiales. El mercado está nervioso. El riesgo país argentino escaló hasta los 555 puntos básicos este martes, un movimiento que contrasta de manera inquietante con la región: mientras el indicador de JP Morgan para toda América Latina se desplomó de 252 a 173 puntos en los últimos días, la economía doméstica nada contracorriente.

Una narrativa que no termina de encajar

Desde la Casa Rosada insisten en que las señales son positivas. Las exportaciones agroindustriales alcanzaron un nuevo récord histórico durante los primeros ocho meses del año, creciendo 13% con respecto al mismo período de 2025 y llegando a USD 37.525 millones. El titular de Economía recorre las principales capitales financieras del mundo —Nueva York esta semana, París la próxima— para exhibir estos logros frente a inversores. YPF anuncia financiamientos con respaldo de Washington para proyectos energéticos. El equipo económico martillea el mismo mensaje: hay dólares suficientes para 2027, hay capacidad de sostenimiento fiscal, hay plan.

Sin embargo, los mercados no parecen estar leyendo el mismo libreto. ¿Por qué? La respuesta probablemente habite en ese espacio incómodo entre lo que se comunica y lo que el mercado efectivamente cree que sucederá. Los economistas de la city neoyorquina no construyen escenarios de catástrofe inminente —ni crisis cambiaria, ni financiera, ni fiscal—, pero tampoco leen optimismo en las proyecciones. Lo que ven es una economía que camina por debajo de lo esperado. Hace apenas unos meses, a inicio de año, se proyectaba un crecimiento del 3,5% para 2025. Hoy ese número se derrumbó a 2,1% según las expectativas relevadas por el Banco Central. Y no es un simple ajuste a la baja: es la admisión de que cada año vendrá peor que el anterior si la tendencia continúa. Para 2026 y 2027 los guarismos son aún más modestos, una aritmética que complica los cálculos electorales de quien hoy comanda.

La incertidumbre sobre quién gobernará en 2027

Aquí entra en juego un factor que los mercados ponderan cada vez con mayor peso: la política. Los principales candidatos para ocupar el sillón presidencial dentro de dieciocho meses serían Javier Milei y Axel Kicillof, aunque existan otras aspiraciones dentro del espectro político. Ambos pertenecen a la misma generación, comparten formación como economistas y son originarios de Buenos Aires. Pero allí termina el parecido. Sus visiones sobre cómo debe funcionar la economía son antagónicas, enraizadas en marcos teóricos que beben de tradiciones del siglo XIX adaptadas —o desadaptadas— al mundo contemporáneo. Un presidente que continúe por el sendero actual versus uno que abra el juego a otras variables, uno que apriete versus uno que flexibilice. Para los mercados, esa incertidumbre genera volatilidad. Y la volatilidad es enemiga de la inversión de largo plazo.

Es verdad que desde una perspectiva de trader especulativo, un inversor podría ver una oportunidad suculenta. Si está convencido de que Milei ganará en 2027, o si toma el riesgo aún mayor de apostar a que Kicillof abrace por completo la cultura de la estabilidad macroeconómica y respete escrupulosamente el cronograma de pagos de la deuda —reunión mediante con fondos internacionales en Nueva York de hace poco—, las ganancias podrían ser sustanciales. El problema es que para cosechar esa recompensa hay que estar dispuesto a tolerar una volatilidad muy alta en el trayecto. Y la mayoría de los inversores institucionales no juegan así.

Prepararse para que Scott Bessent no esté

En los pasillos de la administración económica existe una preocupación que ocupa el pensamiento cotidiano del presidente: ¿qué sucedería si durante los próximos dieciocho meses no contara con la asistencia de las autoridades estadounidenses de la forma en que las tuvo en 2025? Este interrogante es más que teórico. Expresa la vulnerabilidad de un modelo que ha dependido en medida importante de una red de contención externa. Si esa red no estuviera, si los dólares frescos dejaran de fluir como lo hicieron cuando fue necesario, ¿con qué herramientas contaría la administración para navegar la crisis?

La respuesta que construye el Gobierno es una política económica más flexible, con mayores márgenes de maniobra respecto de la ortodoxia que pregonaba Caputo cuando llegó al cargo hace un año y medio. Primero: la insistencia pública en que existen suficientes reservas de divisas para enfrentar los pagos a los bonistas, las demandas de empresas y personas. Estimaciones privadas sugieren que la compra de dólares por parte del sector privado podría alcanzar los USD 30.000 millones durante 2026. El Gobierno afirma contar con divisas para absorber esa demanda sin necesidad de recurrir a financiamientos frescos en los mercados. El manejo de la política cambiaria, el programa de repos, la venta de dólar futuro y la acumulación de reservas son las herramientas que permitirían no salir a buscar dinero en 2027.

Segundo: mediante el Presupuesto que envió al Congreso, el Gobierno busca desindexar gastos como las asignaciones familiares y la Asignación Universal por Hijo —aunque haya revertido esa decisión para beneficiarios con discapacidad—. Este movimiento es estratégico: le permitiría contar con grados de libertad para reaccionar si los números reales divergen de los presupuestados, es decir, si la economía crece menos de lo esperado. Un secretario de Hacienda ideal no solo negocia; también cuenta con margen para implementar un manejo anticíclico del gasto público. Conforme baja la inflación —proyecciones hablan de 1,6% para septiembre—, este criterio de flexibilidad es compartido incluso por el Fondo Monetario Internacional.

El shock que nadie espera, pero que todos temen

¿Cuál es el shock adverso para el cual el Gobierno se está preparando? No parece venir de afuera. La Reserva Federal norteamericana ya subió las tasas de interés y los mercados emergentes no sufrieron el castigo que se temía. Como señala el economista Alberto Ades, quien llegó al país para presentar su obra ensayística, Argentina está hoy en posición más sólida que en 2018 cuando la Fed apenas insinuó la normalización de tasas y el país entró en pánico. Existen dos diferencias cruciales: la magnitud del movimiento requerido para generar crisis sería mayor hoy, y la arquitectura de desequilibrios es distinta. En aquella ocasión existían déficits gemelos; ahora hay déficits fiscal, financiero y de cuenta corriente, pero de magnitud poco significativa. La vulnerabilidad es menor.

El riesgo parece estar adentro. JP Morgan advirtió en un documento reciente que si la recaudación de impuestos cae por debajo de lo esperado, la administración tendría que implementar ajustes adicionales en el gasto para preservar ese equilibrio fiscal que tanto proclama. Y aquí es donde la aritmética política entra en colisión con la aritmética contable. ¿Cómo calibrará estas variables Milei en un momento en que el riesgo electoral vuelve a pesar en el tablero? Los analistas de JP Morgan formularon estas preguntas durante el encuentro en Nueva York; las volverán a hacer los economistas de Barclays cuando visiten Buenos Aires la próxima semana; nuevamente resonarán en París cuando el equipo económico se presente ante inversores europeos.

La gira del convencimiento sin certezas

Lo que está sucediendo es, en buena medida, una operación de comunicación política disfrazada de roadshow de inversiones. Empresarios que tenían previsto presentarse en el Coloquio de Idea en Mar del Plata decidieron viajar a París para participar en esta gira. Llevarán argumentos sobre por qué los próximos dieciocho meses serán los mejores y no los peores, los mismos que Caputo predijo hace meses cuando parecía que todo caminaba hacia algún lugar. Pero también estarán en esa ciudad los inversores europeos que escucharon directamente del presidente decir que sus países "se hunden", un comentario que no necesariamente genera simpatía entre quienes controlan capitales en las bolsas de Bruselas, Frankfurt o Londres.

El verdadero interrogante que flotará en esas reuniones, en esos pasillos de despachos ejecutivos, es uno que nadie formula abiertamente pero que todos se plantean: ¿vendrán más inversiones reales, o continuaremos con los anuncios oficiales que no se materializan? La brecha entre lo comunicado y lo creído es el verdadero problema que enfrenta la administración. Los récords en exportaciones agroindustriales son reales. La compra de dólares por parte de empresas y familias también. Pero hay algo en el ritmo de crecimiento, en el ánimo del mercado, en esa divergencia entre lo que sucede en la región y lo que sucede en Argentina, que genera desconfianza.

Las implicancias de este escenario son múltiples y abren distintas lecturas sobre lo que podría ocurrir en los próximos dieciocho meses. Si la economía continúa desacelerándose, las chances electorales de quien hoy comanda se erosionarán. Si Kicillof logra genuinamente abrazo la estabilidad macroeconómica con la seriedad de un Lula brasileño en 2003 y no como lo que parecería ser hoy, podría capturar voto de mercado. Si ambos competidores fracasan en transmitir credibilidad de largo plazo, la volatilidad podría crecer aún más. Existe también la posibilidad de que las inversiones fluyan solo si hay certeza sobre quién gobierna después, lo que significaría una parálisis relativa hasta que se resuelva el proceso electoral. O bien, que la disciplina fiscal que mantiene el Gobierno termine cediendo bajo presión política, forzando ajustes de último momento que generen shocks adicionales. Lo que es seguro es que en este momento, la Argentina está navegando con una brújula que apunta en direcciones contradictorias, esperando que el viento y las corrientes la lleven al puerto antes de que la tormenta arrase todo.