Durante los últimos años, Argentina ha observado cómo se reconfiguran los equilibrios geopolíticos mundiales, generando simultáneamente amenazas y oportunidades para su posicionamiento económico internacional. En medio de este escenario de transformaciones globales, Ricardo Arriazu expresó la necesidad de que el país adopte decisiones estructurales audaces para convertirse en un actor competitivo en los mercados emergentes. El economista, quien participó en un panel dedicado a analizar las dinámicas geopolíticas actuales, enfatizó que Argentina requiere abandonar comportamientos reactivos y pasivos para forjar alianzas comerciales estratégicas que reconozcan las realidades demográficas y económicas de potencias asiáticas en expansión.

La oportunidad india: más allá de China

La propuesta central que articuló Arriazu durante su intervención apuntó directamente hacia India como el socio comercial más promisorio para Argentina en el corto y mediano plazo. El razonamiento detrás de esta recomendación se sustenta en datos demográficos y de consumo que revelan un panorama diferente al que presenta la relación con China. Mientras que la potencia asiática ha alcanzado ya niveles de consumo de aproximadamente 3.100 kilocalorías por habitante, India continúa situándose en torno a 2.100 kilocalorías, lo que indica un enorme potencial de crecimiento futuro. Esta diferencia no es menor: señala que la población india, en permanente expansion demográfica, requiere cada vez mayores volúmenes de productos alimentarios y materias primas que coinciden exactamente con los principales rubros de exportación argentina.

Según el economista, la construcción de un tratado de libre comercio con India, en conjunto con el fortalecimiento de vínculos con Brasil, debería constituirse como la prioridad estratégica en materia comercial para las autoridades argentinas. Esta propuesta contrasta con las políticas tradicionales que han colocado a China como el principal destino de exportaciones argentinas. El cambio de enfoque responde a una lectura atenta de las tendencias globales: mientras que China consolida su modelo de economía de servicios, India experimenta un crecimiento demográfico sostenido que genera demanda creciente de los productos que Argentina posee en abundancia. No se trata simplemente de diversificar mercados, sino de reconocer hacia dónde apuntan las palancas del crecimiento económico mundial en las próximas décadas.

La hormona de la competitividad: eliminar distorsiones estructurales

Más allá de las recomendaciones sobre alianzas comerciales, Arriazu colocó el acento en un diagnóstico más profundo sobre los obstáculos internos que impiden que Argentina pueda competir efectivamente en los mercados globales. En su análisis, rechazó explícitamente la idea de que la devaluación del peso constituya una solución viable para mejorar la posición competitiva del país. Utilizando una metáfora clara, señaló que buscar competitividad a través de devaluaciones es comparable a que una persona de baja estatura pidiera que se acortara el metro: la solución no radica en reducir los parámetros de medición externos, sino en fortalecer los propios atributos. En este sentido, Argentina necesita, según el economista, la "hormona de la competitividad", que se traduce en la eliminación sistemática de todo aquello que genera ineficiencias en la producción y comercialización de bienes y servicios.

Este concepto del "costo argentino" es central en la argumentación de Arriazu. Se refiere al conjunto de distorsiones que encarecen la producción local sin agregar valor real: desde regulaciones redundantes y cargas impositivas complejas, hasta ineficiencias logísticas, costos energéticos desproporcionados y fricciones en la cadena de valor. Mientras que otros países han logrado reducir estos costos estructurales mediante reformas profundas, Argentina ha tendido a mantener sistemas que generan sobrecostos sistémicos. Sin la eliminación de estos obstáculos, argumentó el economista, el país seguirá perdiendo competitividad relativa incluso si obtiene temporales mejoras en los tipos de cambio. La apuesta es clara: transformar la estructura productiva requiere atacar directamente las ineficiencias que hacen que producir en Argentina sea más costoso que en otras geografías con similares dotaciones de recursos naturales.

La transición y sus costos sociales: el desafío político pendiente

Arriazu también abordó una cuestión que frecuentemente queda relegada en los análisis económicos convencionales: el impacto social de los procesos de transformación estructural. Alertó que durante la transición hacia una economía reconfigurada, los despidos y la destrucción de empleos ocurrirán a un ritmo más acelerado que la creación de nuevas oportunidades laborales. Esta asincronía genera un riesgo político concreto: la aparición de bolsones de desempleo concentrado que puede desencadenar descontento social y presionar hacia políticas de corto plazo que revierten los cambios realizados. Argentina, en su historia reciente, ha experimentado múltiples ciclos de este tipo, donde reformas estructurales fueron abandonadas cuando comenzaron a generar fricción social, dando lugar a nuevas reversiones que prolongan la inestabilidad.

El economista fue enfático en señalar que entender esta dinámica es fundamental para evitar caer nuevamente en el patrón de "políticas pendulares" que han caracterizado la historia económica argentina. La pregunta que planteó no es simplemente si es necesario realizar cambios estructurales —existe consenso en que sí lo es—, sino cómo gestionarlos de manera que las consecuencias negativas de corto plazo no generen un rechazo político que termine revirtiendo los avances. Esto implica pensar no solo en el diseño de las reformas, sino en cómo amortiguar sus efectos mediante políticas complementarias de protección social y reconversión laboral que faciliten la transición de trabajadores desde sectores en contracción hacia aquellos en expansión.

Divisas abundantes, empleo escaso: la paradoja contemporánea

Una de las observaciones más singulares que formuló Arriazu durante su intervención fue la identificación de una condición que describió como sin precedentes en su experiencia profesional: Argentina experimentaría simultáneamente un sobrante de divisas y un faltante de empleo. Esta paradoja aparente cobra sentido cuando se analiza la composición del crecimiento proyectado. Sectores intensivos en tecnología y capital—como la minería, la explotación de yacimientos de gas y petróleo en la región de Vaca Muerta, y la agricultura mecanizada—generarían ingresos de divisas significativos sin crear empleos proporcionales. El cambio hacia una estructura económica centrada en servicios, que ya se observa en economías avanzadas incluyendo China, tiende a reducir la demanda relativa de trabajadores en sectores tradicionales como manufactura y construcción.

La pregunta implícita en esta observación es cómo un país con recursos en dólares puede paralelamente enfrentar problemas de desempleo. La respuesta no es paradójica si se comprende que el problema no es la disponibilidad de divisas, sino cómo canalizarlas hacia la generación de empleo productivo. Una acumulación de dólares que no se traduce en demanda laboral sugiere una desconexión entre los sectores que generan divisas y aquellos que absorben mano de obra. Esto requeriría de políticas de inversión que dirijan estos flujos hacia áreas intensivas en empleo, o bien aceptar una transformación estructural del mercado laboral con menores niveles de empleo directo en producción.

Perspectivas divergentes sobre los perdedores de la transición

Aunque Arriazu presentó un diagnóstico coherente, su análisis no fue aceptado sin matices por otros participantes del mismo espacio de diálogo. Dante Sica, quien también intervino en el panel, cuestionó parcialmente la caracterización de la industria como el "gran perdedor inicial" de esta transformación. Su argumento señaló que la tecnología incorporada en la producción agrícola contemporánea es tan o más sofisticada que la de sectores manufactureros tradicionales. Una hectárea de cultivo de soja, equipada con sistemas de precisión, drones, análisis de suelos y automatización, puede implicar tanto o más contenido tecnológico que la línea blanca de electrodomésticos producida convencionalmente. Desde esta perspectiva, la transición hacia sectores agroindustriales no representaría necesariamente una "pérdida" en términos de sofisticación productiva, sino una reconfiguración del perfil de especialización.

Sica también enfatizó la importancia de desregular la economía, aunque con un matiz crucial: desregulación no significa ausencia estatal, sino redimensionamiento hacia un Estado que establezca marcos inteligentes para inversión privada. Argumentó que Argentina posee las capacidades necesarias para realizar esta transición, pero requiere estabilidad en las reglas de juego. Por su parte, Martín Rapetti adoptó una postura más cautelosa respecto a las proyecciones optimistas sobre el crecimiento impulsado por minería, petróleo y gas. Su preocupación se centró en un fenómeno conocido como "enfermedad holandesa": cuando un sector genera una lluvia de divisas que encarece la moneda local, dañando la competitividad de otros sectores exportables. En el caso argentino, una explosión en Vaca Muerta, el sector minero y agrícola podría perjudicar paradójicamente la competitividad de industria y comercio.

El escenario geopolítico como telón de fondo

Los participantes también contextualizaron el análisis económico dentro de las transformaciones geopolíticas en curso. El orden internacional consolidado después de la Segunda Guerra Mundial, con sus instituciones multilaterales y sus equilibrios de poder, experimenta una crisis estructural. Las guerras en Ucrania y en Medio Oriente revelaron fracturas profundas que afectan directamente cómo los países pueden posicionarse. Carlos Pérez Llana, especialista en relaciones internacionales, señaló que "el Occidente estratégico murió en Ucrania", en referencia a la incapacidad de los países occidentales para imponer su voluntad en conflictos de envergadura. Simultáneamente, China aprovecha los espacios generados por estas divisiones sin necesidad de comprometer directamente sus recursos, ganando influencia en cuestiones desde Oriente Medio hasta los corredores comerciales globales.

Francisco de Santibañes, presidente del CARI, agregó que en este nuevo escenario los Estados priorizan la seguridad estratégica por sobre la suficiencia económica. Esto significa que consideraciones geopolíticas pueden prevaleer sobre optimizaciones económicas tradicionales. Además, advirtió sobre la crisis del multilateralismo como principio ordenador de las relaciones internacionales. En este contexto, la recomendación de que Argentina "evite conflictos innecesarios" adquiere un significado específico: la vulnerabilidad de un país pequeño aumenta en contextos de polarización donde no hay instituciones fuertes que canalicen disputas.

Implicancias y escenarios futuros

Las proposiciones presentadas en este espacio de diálogo revelan un reconocimiento generalizado de que Argentina enfrenta una encrucijada histórica. Las oportunidades para crecer existen—ya sea a través de alianzas comerciales estratégicas con Asia, de la explotación de recursos energéticos, o de la captura de demanda global en servicios—pero requieren transformaciones estructurales profundas. Estas transformaciones, a su vez, generarán ganadores y perdedores, desplazamientos laborales y presiones sociales. La experiencia histórica de otros países muestra que es posible realizar transiciones, pero también que estas pueden bloquearse si no existe capacidad política para manejar los costos distributivos.

Las visiones presentadas no son excluyentes sino complementarias: la necesidad de eliminar ineficiencias estructurales (Arriazu), la importancia de desregulación inteligente (Sica), la cautela ante proyecciones excesivamente optimistas (Rapetti) y la atención al contexto geopolítico (Pérez Llana, Santibañes) conforman un cuadro más completo del desafío. Lo que permanece abierto es si Argentina contará con la estabilidad institucional, el consenso político y la capacidad administrativa para implementar transformaciones complejas durante el tiempo que estas requieren. La historia económica del país sugiere que esta pregunta no es retórica.