Las salas de directorios del país viven un giro conceptual que explica mucho de lo que está sucediendo en la gestión empresarial contemporánea. Durante décadas, los ejecutivos enfrentaban un dilema que parecía inevitable: destinar energías hacia la conquista de nuevos segmentos de mercado, la ampliación de operaciones y el aumento de volumen de negocios, o bien concentrarse en optimizar márgenes, reducir costos y maximizar el retorno sobre cada peso invertido. Como si ambas cosas no pudieran coexistir en la misma estrategia corporativa. Hoy esa lógica está siendo desmantelada. El crecimiento y la rentabilidad ya no son propósitos excluyentes sino convergentes, una transformación que refleja cómo evolucionan los criterios de toma de decisión en las organizaciones más sofisticadas del tejido empresarial argentino.

Décadas de oscilaciones estratégicas sin resolver la paradoja

Para entender cómo se llegó a esta encrucijada, vale revisar cómo operó históricamente el péndulo empresarial en el contexto económico nacional. Argentina experimentó innumerables ciclos de expansión seguidos de contracciones severas. En cada giro del escenario macroeconómico, las organizaciones tendían a reorientar radicalmente sus prioridades. Durante los períodos alcistas, cuando la demanda abundaba y el acceso al crédito facilitaba la inversión, prevalecía una mentalidad expansionista. El mensaje que circulaba en los pasillos corporativos era directo: no dejar pasar oportunidades de ampliar la cartera de clientes, desarrollar nuevas líneas de productos, incorporar tecnología disruptiva e incrementar la participación de mercado. El supuesto subyacente era que los resultados económicos llegarían naturalmente, como consecuencia secundaria de haber ganado suficiente volumen de operaciones.

Esa lógica de expansión sin frenos generó consecuencias organizacionales acumulativas. Las estructuras de personal creció, se agregaron niveles jerárquicos de decisión, se multiplicaron los procesos. Muchas compañías incorporaron sistemas tecnológicos para gestionar la creciente complejidad. Pero aquí radicaba el error fundamental: pocas revisaron en profundidad cómo funcionaba realmente su operación integral. El resultado fue que la complejidad aumentó proporcionalmente al crecimiento, sin que necesariamente mejorara la eficiencia. Se acumularon duplicidades en procesos, la información quedó dispersa entre departamentos estanco, los costos operativos treparon sin control, los circuitos de toma de decisión se volvieron más lentos y las inversiones realizadas frecuentemente no generaban el impacto financiero esperado.

El péndulo invierte: la obsesión por los números en rojo

Cuando los ciclos económicos se revirtieron, como sucedió incontables veces en la historia argentina, el mandato corporativo giró 180 grados. Los directorios pasaban a exigir reducciones inmediatas de costos, mejoras urgentes en márgenes y maximización de rentabilidad. El mensaje ahora era diferente pero igualmente simplista: no podremos sobrevivir si no mejoramos el EBITDA, se escuchaba en las reuniones ejecutivas. Con el tiempo, presumían, recuperarían la capacidad financiera para volver a crecer. Esta orientación también trajo sus propias consecuencias dañinas. Los balances mejoraban en términos de números contables, pero las organizaciones se empobreían en sus capacidades internas. Las estructuras quedaban diezmadas, apenas capaces de mantener operaciones de rutina. Los incentivos para innovar desaparecían del aire organizacional. Los productos se volvían genéricos, los servicios ofrecidos apenas competían por calidad, quedaba solamente la competencia por precio. La marca perdía reconocimiento social. Los modelos de decisión se hiperconcentraban en el top management, generando dependencia excesiva del liderazgo superior y atrofiando la capacidad de evolución autónoma de la empresa.

Este patrón de oscilaciones estratégicas había caracterizado la dinámica empresarial argentina por demasiado tiempo. Cada crisis traía consigo el castigo de ajustes drásticos; cada recuperación generaba ilusiones de expansión sin límites. Ninguno de estos extremos conducía a organizaciones verdaderamente resilientes ni competitivas en el largo plazo. Se trataba de supervivencia en tiempo corto, no de construcción de valor duradero.

La conversación en los directorios comienza a transformarse

La realidad contemporánea está presionando a los ejecutivos a repensar esta dicotomía. Los datos disponibles dan cuenta de este cambio de mentalidad. De acuerdo con análisis de instituciones especializadas en encuestas de ejecutivos financieros, entre más de doscientos directores financieros consultados, el 56% ubicó en sus cinco prioridades principales para 2026 el cumplimiento de objetivos de optimización de costos, mientras que simultáneamente el 51% prioriza mejorar la precisión y la calidad de las proyecciones financieras. Estos números revelan algo importante: existe una convivencia entre la búsqueda de disciplina en la gestión de costos y la necesidad de mantener crecimiento. Ya no se trata de elegir uno u otro, sino de integrarlos en una estrategia única. El crecimiento permanece como objetivo, pero ahora convive con una mayor disciplina en cómo se gestiona cada aspecto de la operación y una atención cada vez más refinada hacia dónde se genera verdadero valor.

Esta transformación no es casual ni accidental. Responde a una realidad fundamental: los negocios evolucionan con una rapidez sin precedentes. Las ventanas de oportunidad se abren y cierran rápidamente. Los competidores se reinventan constantemente. Los clientes exigen simultáneamente más volumen de opciones y mayor calidad a menor precio. En ese contexto, las organizaciones que solo persiguen crecimiento a costa de rentabilidad son vulnerables. Del mismo modo, aquellas que se concentran únicamente en preservar márgenes pierden capacidad de adaptación. La supervivencia y la prosperidad requieren que ambos objetivos funcionen como fuerzas complementarias, como energías que se refuerzan mutuamente en lugar de competir por recursos escasos.

Cómo opera la nueva lógica: integración versus fragmentación

El desafío central que enfrentan las organizaciones que intentan navegar esta nueva realidad es profundamente operacional. No se trata simplemente de anunciar que ahora se perseguirán ambos objetivos. Requiere comprender cómo funciona el negocio de extremo a extremo, identificar exactamente dónde se genera valor real, detectar dónde se pierden recursos sin justificación, simplificar los circuitos de decisión y concentrar esfuerzos donde tendrán mayor impacto sobre los resultados finales. La evidencia acumulada sugiere que las empresas que logran mejorar rentabilidad sin renunciar al crecimiento comparten un patrón común: dejan de analizar cada unidad de negocio de forma aislada y comienzan a gestionar la operación integral como un sistema conectado. Revisan procesos de punta a punta, eliminan actividades que no aportan valor agregado, mejoran la calidad de información disponible para tomar decisiones y fortalecen la capacidad de asignar recursos basándose en datos concretos.

La tecnología juega un rol estratégico en este proceso, pero no como varita mágica. Herramientas como inteligencia artificial, automatización de procesos y plataformas de gestión integrada pueden acelerar mejoras significativas. Pero solamente cuando se implementan sobre procesos que están bien diseñados y modelos operativos que son coherentes internamente. Si eso no ocurre, el riesgo es alto: se termina digitalizando ineficiencias en lugar de resolverlas, gastando recursos valiosos en tecnología que amplifica problemas preexistentes. La experiencia acumulada en acompañar transformaciones empresariales en distintos sectores de la economía argentina muestra que el principal obstáculo no es la falta de tecnología disponible sino la ausencia de claridad sobre cómo debería funcionar realmente la operación. Una vez que esa claridad existe, la tecnología amplifica capacidades. Sin ella, la tecnología solo genera más ruido.

El verdadero desafío: organizaciones ágiles, productivas y enfocadas

Mejorar rentabilidad no es sinónimo de entrar en un ciclo permanente de reducción de costos ni de renunciar a la ambición de crecimiento. Significa construir organizaciones que sean simultáneamente ágiles en su toma de decisión, productivas en la asignación de sus recursos y enfocadas en generar impacto máximo donde la oportunidad es mayor. Requiere que los líderes desarrollen una capacidad que durante años fue considerada imposible: pensar en términos de multiplicación simultánea de variables en lugar de optimización individual de parámetros. En el contexto específico de Argentina, donde la volatilidad económica y la incertidumbre son factores permanentes, esta capacidad es particularmente relevante. Las empresas argentinas necesitarán crecer para mantener su competitividad en mercados internacionales, para absorber personal talentoso, para justificar inversiones en capacidades futuras. Pero el crecimiento por sí solo no será suficiente diferenciador. Lo que distinguirá a las organizaciones victoriosas será su capacidad para transformarse internamente mientras crecen, para mantener resultados sostenibles y para generar dinámicas donde el crecimiento realimenta la rentabilidad y la rentabilidad financia crecimiento posterior.

La pregunta que enfrentarán los directorios en los próximos años no será más cuál de los dos objetivos priorizar. Será cómo construir organizaciones capaces de perseguir ambos simultáneamente, adaptando continuamente su modelo operativo a un entorno que sigue siendo incierto. Las empresas que logren responder a esa pregunta con modelos operativos realmente integrados, con procesos simplificados, con información compartida y con criterios de decisión basados en datos concretos, estarán mejor posicionadas para prosperar. Las que continúen oscilando entre extremos, entre ciclos de expansión sin control y ajustes de austeridad dura, seguirán navegando en la supervivencia sin alcanzar estabilidad duradera.