Cuando uno entra a recorrer los pisos de una fábrica de calzado en Argentina en estos días, la primera sensación que atraviesa los sentidos es el silencio. No es el silencio de la pausa, sino el de la parálisis. Máquinas que fueron concebidas para funcionar en turnos completos permanecen apagadas semana tras semana, encendidas apenas una ocasión cada siete días si acaso las necesidades de producción lo justifican. Este escenario desolador no pertenece a un relato de ciencia ficción, sino a la realidad contemporánea de empresas que hace apenas tres años operaban a plena capacidad. La crisis en el sector del calzado nacional ha alcanzado dimensiones que desafían cualquier pronóstico optimista, y los números que documentan esta caída son tan elocuentes como para prescindir de cualquier adorno retórico.

Emmanuel Fernández, propietario de la marca Kioshi, representa a una generación de emprendedores que emergieron de las cenizas de decisiones corporativas internacionales. Su fábrica nació en 2016, cuando la multinacional para la que trabajaba resolvió abandonar el país. De los 500 empleados originales, apenas 19 decidieron quedarse y fundar su propio proyecto. Durante aquellos años iniciales, entre 2017 y 2019, el camino fue arduo, pero existía algo fundamental: había mercado. Semana a semana las ventas crecían, lentamente pero de manera sostenida. La persistencia parecía estar siendo recompensada. Luego llegaría el 2020 y todo cambiaría de escala. La pandemia, paradójicamente, abrió una puerta inesperada. El comercio electrónico explotó, y con él las compras de calzado. En pocos meses, Fernández amplió su operación hasta alcanzar 120 trabajadores. La fábrica respiraba ritmo. Parecía que finalmente la apuesta de aquellos diecinueve fundadores había llegado a su destino.

El colapso de las compras y el fantasma de la producción fantasma

La caída que sobrevino después fue de una velocidad que ningún modelo de negocios tradicional contemplaba. Hoy, la nómina de Kioshi está integrada por apenas 15 personas. Esto representa una contracción del 87,5% en la planta de personal. No se trata de ajustes graduales o reconversiones productivas, sino de una amputación prácticamente total de la estructura laboral. En su mejor momento, durante 2022 y 2023, la fábrica producía aproximadamente 40.000 pares mensuales. Hoy esa cifra se ha desmoronado hasta apenas 10.000 pares. Las zapatillas Kioshi se comercializan en el rango de precios que va desde los $35.000 hasta los $50.000, posicionándose en el segmento medio-alto del mercado local.

¿Cuál es la causa de este precipicio? Fernández rechaza la tesis que durante años ha dominado el discurso público: las importaciones. Ciertamente, hubo un "aluvión impresionante" de productos foráneos durante 2024, incluyendo mercancía falsificada que ingresa por las fronteras. Sin embargo, el empresario señala con precisión quirúrgica hacia el verdadero culpable: el consumo se desplomó. Argentina, según datos que cita de la Cámara Industrial de Calzado, ha experimentado una transformación brutal en sus patrones de gasto. Históricamente, el país mantenía un promedio de venta de cuatro pares de zapatos per cápita anualmente. Ese número se redujo a apenas dos pares. Para dimensionar lo que esto significa: Argentina ha retrocedido a los niveles de consumo de Perú y Bolivia. En términos absolutos, la producción nacional cayó de un promedio histórico de 120 millones de pares anuales a 80 millones en 2025. Los primeros trimestres de 2026 exhiben un descenso del 25% comparado con igual período de 2024.

Fernández describe con crudeza lo que observa en el terreno cotidiano. Locales comerciales de calzado cierran sus puertas. Comerciantes lo contactan para comunicarle que no renovarán contratos de alquiler. Algunos abandonen el rubro directamente y alquilan sus estructuras a talleres mecánicos u otras actividades, prefiriendo ingresos predecibles de arrendamiento antes que el riesgo de insolvencia. Fabricantes competidores cercenan sus operaciones y transforman sus plantas en espacios para terceros. El fenómeno es sistémico, no anecdótico. A esto se suman obstáculos financieros que profundizan la asfixia. El acceso al crédito se ha vuelto prácticamente imposible para empresas como Kioshi, que ya operan con sus capacidades de endeudamiento al tope. Cuando logran cobrar a sus clientes, frecuentemente reciben cheques rechazados, no siempre por intención defraudadora sino porque esos mismos clientes no logran cubrir sus obligaciones.

El fraude financiero silencioso: cuando la desesperación se convierte en estrategia

Un nuevo fantasma ha comenzado a rondar el comercio electrónico local. Se trata de una modalidad que Fernández identifica como un "rulo" financiero: usuarios efectúan compras en doce cuotas y luego, de manera inmediata, cancelan la operación. Cuando lo hacen, la plataforma de venta les devuelve el dinero íntegro. En la práctica, han logrado un préstamo a costo cero: reciben los fondos completos, los mantienen en su poder durante todo el período de cuotas, y van pagando en fracciones mensuales. Fernández detectó entre diez y doce operaciones de este tipo en solo algunos días. En una ocasión, su fábrica registró ingresos de $200.000 a $300.000 por apenas tres o cuatro ventas de calzado, solo para descubrir que todos esos fondos habían sido automáticamente reversados al instante. Lo que parecía una venta concretada era, en realidad, una estafa coordinada. La desesperación económica de una población que no llega a fin de mes se ha transformado en un mecanismo de subsistencia paralelo, donde la tecnología de las plataformas digitales es utilizada como una herramienta de financiamiento irregular. Ante esta situación, Fernández se vio obligado a desactivar la opción de compra en doce cuotas, eliminando un canal que presumiblemente representaba un porcentaje significativo de sus ventas.

La estructura de costos también conspira contra la viabilidad de empresas como Kioshi. Los gastos energéticos se han multiplicado de manera exponencial. Los costos financieros, cuando el crédito es accesible, resultan prohibitivos. Cada insumo, cada servicio, cada aspecto de la operación se ha encarecido sustancialmente. Simultáneamente, los aranceles que protegen la producción nacional fueron reducidos hace poco tiempo, generando un desequilibrio competitivo radical. Un productor asiático que importa a Argentina enfrenta una estructura de precios completamente distinta a la de un fabricante local. Fernández reconoce que existen plantas argentinas equipadas con la misma maquinaria y tecnología que poseen sus competidores en Asia. La diferencia no radica en capacidades técnicas sino en economías de escala y marcos de política económica. Esto lo lleva a cuestionar un discurso que ha ganado terreno en ámbitos de decisión: la supuesta "improductividad" de la industria argentina. Según su perspectiva, empresas textiles, calzadistas y manufactureras en general no son improductivas por naturaleza, sino porque operan dentro de un régimen que ha privilegiado la importación y desmantelado las protecciones industriales. Un país, argumenta, debe elegir qué tipo de economía desea construir.

Perspectivas divergentes y futuros inciertos

La trayectoria de Kioshi encapsula una década de volatilidad económica argentina. Comenzó en medio de las turbulencias de la gestión que terminó en 2019. Logró consolidarse durante el periodo pandémico cuando la demanda interna fue prácticamente la única fuente disponible de crecimiento. Ahora enfrenta contracción severa en un contexto de políticas orientadas hacia la apertura comercial irrestricta. Fernández menciona que cada mes la situación alcanza lo que parecería ser su piso, solo para descubrir que el mes siguiente trae sorpresas aún más adversas. Este patrón repetido genera un estado de incertidumbre paralizante para la toma de decisiones estratégicas de mediano plazo.

Las implicancias de esta crisis trascienden el ámbito empresarial. Cada empleado despedido representa un hogar con reducción de ingresos. Cada comercio que cierra simboliza una comunidad sin acceso a bienes de consumo local. La capacidad productiva que fue edificada a lo largo de años se disuelve sin garantía de que pueda ser reconstruida. Analistas de orientaciones distintas pueden extraer conclusiones divergentes de estos hechos. Algunos argumentarán que la apertura comercial es necesaria para forzar competitividad y eficiencia en sectores anquilosados. Otros sostendrán que el abandono de políticas de desarrollo industrial integrado condena a países como Argentina a roles subordinados en la división internacional del trabajo. Lo que permanece indiscutible es que empresas como Kioshi, trabajadores como los quince que aún permanecen en nómina, y comerciantes que ven cerrarse sus negocios, enfrentan una realidad material que ninguna teoría económica puede suavizar: la falta de consumo interno y la incapacidad para acceder a financiamiento representan restricciones que ningún esfuerzo productivo local logra vencer.