Las promesas de recuperación que tanto Gobierno como entidades financieras han repetido en los últimos meses chocan frontal contra una realidad que los números exponen sin ambigüedades: el crédito destinado al consumo de las familias argentinas no termina de levantar cabeza. Mientras funcionarios y ejecutivos bancarios sostienen que lo más complicado ya quedó atrás, los datos de mayo revelan un panorama mucho más complejo y desalentador. Siete meses seguidos de caída real en préstamos al consumo, una cifra que ilustra la profundidad del problema y que cuestiona cualquier declaración optimista sobre una inminente vuelta a la normalidad crediticia.
Lo que cambió en mayo respecto a meses anteriores no es la tendencia descendente —eso ya era un hecho establecido—, sino que por primera vez en nueve meses el crédito al consumo registró una caída interanual en términos reales. Dicho de otro modo, considerando el efecto erosionador de la inflación, hoy hay menos dinero prestado a las familias que hace un año exacto. Este dato es crucial porque invierte la narrativa que prevalecía desde hace varios meses: ya no se trata de que los préstamos crezcan menos que los precios, sino que directamente están encogiendo en términos de poder adquisitivo. Un retroceso que no se había visto desde agosto de 2024, un punto de inflexión que marca cuán lejos hemos retrocedido en la recuperación crediticia.
El drama de los préstamos personales: ocho caídas consecutivas
Dentro del crédito al consumo, los préstamos personales ocupan un lugar especial en la economía de las familias. Son la herramienta que utilizan para financiar compras urgentes, reparaciones del hogar, educación o gastos extraordinarios. En mayo, estos préstamos acumularon su octava caída consecutiva en términos reales, un indicador que revela la magnitud de la crisis de confianza que atraviesa este segmento. El saldo nominal llegó a $21 billones, lo que representa un crecimiento nominal del 33,7% interanual, una cifra que podría parecer alentadora si no fuera porque refleja simplemente que los bancos han emitido más pesos conforme la inflación licuaba el valor de los existentes. La realidad subyacente es distinta: en términos reales, esos préstamos crecieron apenas un 0,2% en doce meses, prácticamente estancado.
Este fenómeno tiene raíces profundas que van más allá de simples fluctuaciones mensuales. Las tasas de interés activas —aquellas que cobran los bancos— permanecen elevadas cuando se las compara con la inflación proyectada. Un deudor que accede a un préstamo personal enfrenta una tasa que, descontando la inflación esperada, le deja un costo real sustancial. Simultáneamente, los salarios de la población no han recuperado el poder adquisitivo que perdieron durante la turbulencia económica de los últimos dieciocho meses. Cuando alguien que gana $500.000 mensuales ve que un crédito personal le cuesta efectivamente 30, 40 o 50% en términos reales, la decisión de endeudarse se vuelve menos atractiva. Además, los bancos mantienen una postura cautelosa respecto a nuevas operaciones, motivados por los niveles de morosidad que se experimentaron en períodos anteriores. La cartera vencida sigue siendo el fantasma que acecha las decisiones crediticias, generando una especie de círculo vicioso donde la prudencia de las entidades se traduce en menos acceso al crédito para las familias.
Las tarjetas de crédito y la fragmentación del mercado crediticio
Las tarjetas de crédito, ese otro pilar del financiamiento al consumo, también muestran debilidad. En pesos, la contracción ha sido persistente. En dólares, la situación es aún más delicada: el saldo financiado en dólares mediante tarjeta cayó 5,6% en mayo, alcanzando apenas $737 millones acumulados. Comparado con el mismo mes del año anterior, se observa un decrecimiento del 5,4%. Esto significa que incluso quienes tenían acceso a financiamiento en la moneda estadounidense —típicamente un segmento de mayor poder adquisitivo— han reducido su dependencia del crédito en tarjeta. El dato sugiere que tanto la oferta como la demanda de este producto están bajo presión.
Contrariamente, los préstamos dirigidos a empresas y negocios muestran un comportamiento diferente. En mayo, los créditos comerciales avanzaron 3,3% en términos reales respecto al mes anterior. Este contraste entre el dinamismo crediticio dirigido a actividades productivas y el estancamiento en el consumo familiar no es casual. Refleja una decisión implícita del sistema bancario: cuando los recursos escasean —y los depósitos, como se verá, apenas crecen—, las entidades financieras priorizan préstamos que perciben como menos riesgosos o con potencial de retorno más previsible. El crédito comercial tiene la ventaja de estar asociado a ingresos empresariales y a colaterales más tangibles. El crédito al consumo, en cambio, depende de la estabilidad laboral y del comportamiento de pago de individuos, algo que en un contexto de inflación volátil se torna impredecible.
Los dólares llegan, pero cada vez más lentamente
El Gobierno ha insistido en recientes comunicaciones en que los créditos en dólares representan una luz en el panorama crediticio. Hay algo de verdad en esto, pero el brillo se está opacando. En mayo, los préstamos en dólares (excluyendo tarjetas) crecieron 1,8%, equivalente a aproximadamente $403 millones estadounidenses. Sin embargo, el ritmo se ha desacelerado notoriamente: en abril, el crecimiento había sido de unos $1.313 millones, es decir, más de tres veces superior. Esta ralentización en apenas un mes sugiere que ni siquiera el financiamiento en dólares mantiene un momentum sostenido. Históricamente, cuando los dólares fluyen hacia la economía local en forma de créditos, ha sido signo de confianza y expectativas positivas respecto al futuro del país. La desaceleración actual invita a preguntarse si esa confianza se está erosionando nuevamente.
El contexto macroeconómico más amplio ayuda a explicar por qué incluso los créditos en dólares pierden velocidad. Los depósitos bancarios, que funcionan como la materia prima con la que las entidades generan nuevos préstamos, están prácticamente inmóviles. En mayo, los depósitos en pesos crecieron marginalmente 0,1% en términos reales mensual, un guarismo que ronda la inexistencia. Dentro de esta cifra, hubo una caída de depósitos a plazo fijo —esos que los ahorristas mantienen bloqueados durante períodos determinados— de 0,9% real, parcialmente compensada por un aumento de depósitos a la vista de 1,2%. Esto refleja una preferencia por mantener el dinero más líquido, accesible, lo que a su vez sugiere que los ahorristas no tienen suficiente confianza para amarrar sus fondos a largo plazo. En dólares, el crecimiento fue aún más modesto: apenas $139 millones, un 0,4%, frente a los $420 millones que se habían sumado en abril. Sin depósitos en crecimiento, los bancos tienen poco margen para expandir préstamos, y lo poco que ofrecen tiende a priorizar segmentos menos volátiles.
Las implicancias de una recuperación que no recupera
El panorama que emerge de estos datos es de una economía donde el motor crediticio, históricamente fundamental para el crecimiento del consumo y la inversión, se mantiene en marcha lenta. Las familias argentinas, enfrentadas a tasas de interés reales elevadas, salarios que aún no recuperan el terreno perdido y una incertidumbre persistente, reducen su demanda de crédito. Los bancos, por su lado, cautela mediante y condicionados por niveles de morosidad que todavía preocupan, aplican políticas de otorgamiento más restrictivas. El resultado es un punto de equilibrio precario donde la oferta y la demanda se encuentran en un nivel mucho más bajo que el de años anteriores. Los préstamos personales de hoy equivalen a los niveles de hace un año, un retroceso temporal de doce meses en un segmento crucial. Mientras algunos analistas esperaban que mayo marcaría un cambio de tendencia definitivo, los números demuestran que esa esperanza era prematura. La recuperación que prometía ser inminente aún no se materializa en hechos concretos mensurables.
De cara al futuro, múltiples escenarios son posibles. Si los depósitos bancarios comienzan a crecer con mayor vigor —lo que requeriría que los ahorristas recuperen confianza en el sistema y en las perspectivas macroeconómicas—, entonces los bancos tendrían más recursos para expandir sus carteras de crédito. Ese crecimiento podría beneficiar tanto al segmento comercial como al de consumo. Alternativamente, si la ralentización persiste, el crédito podría convertirse en un cuello de botella para el crecimiento económico más amplio: menos consumo significa menos demanda de bienes y servicios, lo que a su vez presiona sobre la actividad empresarial y potencialmente sobre el empleo. También existe la posibilidad de que los bancos continúen priorizando selectivamente ciertos segmentos —como el crédito comercial o el dirigido a grandes deudores—, profundizando una fragmentación donde el acceso al financiamiento depende cada vez más de la capacidad económica relativa de quien lo solicita. Lo que es seguro es que la trayectoria del crédito en los próximos meses será un indicador crítico no solo de la salud del sistema financiero, sino del bienestar económico de millones de argentinos que dependen del acceso al financiamiento para sostener sus proyectos y sus vidas cotidianas.



