El proceso de transformación del Estado argentino alcanzó un hito sin precedentes en las últimas décadas. A través de su publicación en el Boletín Oficial, la administración nacional anunció la apertura de una licitación que permitirá a inversionistas de cualquier rincón del mundo competir por la compra de casi la totalidad de Agua y Saneamientos Argentinos (AySA), la empresa que gestiona el servicio de agua potable y cloacas para millones de habitantes del área metropolitana. Este movimiento representa el desprendimiento más profundo que realiza el sector público de una entidad estratégica desde el retorno de la democracia, consolidando una tendencia de transferencia de bienes estatales que se aceleró significativamente en los últimos meses.
La magnitud de lo que está en juego trasciende los números financieros. AySA no es una compañía más dentro del portafolio estatal: es la columna vertebral de un servicio esencial que llega a decenas de municipios del conurbano bonaerense y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Millones de personas dependen cotidianamente de las decisiones operativas, inversiones y políticas tarifarias que ejecuta esta empresa. La venta del 90% de sus acciones implica que la dirección estratégica, la definición de precios, los planes de expansión y mantenimiento de infraestructura dejarían de estar bajo control público para pasar a manos privadas. Este cambio de titularidad encierra múltiples implicancias que van desde cuestiones económicas hasta debates sobre derechos fundamentales y soberanía sobre recursos naturales.
Una decisión que marca un punto de no retorno
Históricamente, el agua ha sido considerada en Argentina un bien común cuya gestión requería supervisión estatal directa. Durante décadas, diversas administraciones mantuvieron AySA bajo dominio público, aunque con distintos niveles de eficiencia operativa. La privatización parcial de empresas de servicios no es un fenómeno nuevo en el país: en la década de 1990 se vendieron múltiples activos estatales, generando consecuencias que aún resuenan en debates públicos. Sin embargo, aquella ola de privatizaciones se dirigió gradualmente hacia servicios complementarios o hacia empresas que podían considerarse más periféricas. La venta mayoritaria de AySA representa un cambio cualitativo: es el primer caso en el cual una firma de gestión de recurso hídrico de escala metropolitana pasa casi completamente a propiedad privada.
La estructura contemplada en la licitación reserva un 10% de las acciones para los trabajadores de la empresa, un mecanismo que intenta equilibrar las presiones privatizadoras con alguna forma de participación de los empleados. Esta fórmula, cada vez más frecuente en procesos de venta de empresas públicas a nivel global, funciona como una válvula de escape política: permite afirmar que los trabajadores mantienen cierta participación en la gestión, aunque su poder decisorio sea limitado al compararlo con la mayoría accionaria que pasaría a manos privadas. El impacto real de esta participación minoritaria en decisiones sobre políticas tarifarias, inversiones o expansión de servicios dependerá de cómo se estructuren los derechos de voto y las instancias de gobernanza corporativa.
Alcance geográfico y población afectada por el cambio de administración
AySA opera en un territorio que comprende prácticamente toda la región metropolitana bonaerense y la Ciudad de Buenos Aires. En términos de población, se trata de una de las mayores concentraciones demográficas de Sudamérica. La empresa atiende a usuarios residenciales, comerciales e industriales, todos los cuales verán afectadas sus tarifas, calidad del servicio y prioridades de inversión de acuerdo con los criterios que establezca el nuevo accionista mayoritario. Este alcance geográfico amplísimo significa que la transacción no es un asunto administrativo menor, sino un cambio que reverbera en la cotidianidad de decenas de millones de personas de manera directa e indirecta.
La licitación internacional abierta implica que no solo inversionistas locales, sino también fondos de inversión, consorcios multinacionales y empresas especializadas en infraestructura de servicios públicos de cualquier país podrán presentar ofertas. Este nivel de apertura multiplica las posibilidades de que el futuro controlador sea una entidad con experiencias previas en la gestión privada de servicios de agua en otros contextos geográficos. Cada eventual comprador traería consigo modelos operativos, prioridades comerciales y expectativas de rentabilidad que podrían divergir sustancialmente de los criterios que históricamente guiaron la gestión estatal de AySA. La pregunta sobre qué tipo de empresa podría ganar la licitación, cuál sería su modelo de negocios y cuáles sus planes para la región permanece aún sin respuesta, pero las respuestas condicionarán la provisión de un servicio fundamental durante las próximas décadas.
Este desprendimiento forma parte de un alineamiento más amplio dentro de la administración nacional hacia la reducción del tamaño del Estado en sectores que fueron históricamente considerados estratégicos. Aunque el proceso de AySA marca un punto de referencia sin precedentes en magnitud y trascendencia, se inserta dentro de una trayectoria más larga de redefinición del rol estatal. Las consecuencias futuras de esta venta incluyen múltiples dimensiones: desde perspectivas económicas sobre eficiencia y rentabilidad del servicio, hasta consideraciones sobre acceso equitativo al agua, estabilidad tarifaria para sectores vulnerables, velocidad de expansión de infraestructura en zonas periféricas, y retención de conocimiento técnico dentro del territorio nacional. Cada una de estas dimensiones será contestada de manera distinta por diferentes actores sociales, académicos y políticos, reflejando visiones contrapuestas sobre quién debe estar a cargo de gestionar recursos esenciales para la vida urbana en el futuro.



