La aprobación de dos grandes emprendimientos mineros bajo el régimen de incentivos fiscales marca un punto de inflexión en la estrategia de inversión estatal, mientras simultáneamente expone las fracturas dentro de sectores económicos que demandan similar tratamiento. El Ministerio de Economía habilitó esta semana el ingreso de sendos proyectos al RIGI —Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones—, movida que implica compromisos de desembolso cercanos a los 2.132 millones de dólares y la generación de más de 8.000 puestos laborales. La decisión refleja una apuesta por dinamizar la extracción de recursos naturales, pero también reaviva el debate sobre qué sectores merecen o no acceso a estas ventajas tributarias.
Cobre mendocino: el retorno de la minería a una provincia reticente
Uno de los proyectos seleccionados representa un giro significativo en la historia reciente de Mendoza. El Proyecto San Jorge, dedicado a la extracción de cobre en las inmediaciones de Uspallata, movilizará inversiones por aproximadamente 630 millones de dólares para iniciar sus operaciones constructivas durante el próximo año. La iniciativa pertenece a un consorcio integrado por la empresa suiza Zonda Metals GmBH y por Alberdi Energy, holdings empresarial vinculado a Martín Rapallini, personalidad que encabeza la Unión Industrial Argentina.
Lo que torna particularmente relevante este despliegue de capital es el contexto provincial. Durante casi dos décadas, Mendoza mantuvo una posición de resistencia frente a proyectos mineros, postura que se revirtió recientemente. El gobernador radical Alfredo Cornejo logró reposicionar la actividad minera en la agenda local, recuperando —según expresiones oficiales— la aceptación social necesaria para viabilizar estos emprendimientos. El ministro de Economía enfatizó precisamente este aspecto: la capacidad de una región de rediseñar su relación con la extracción de recursos.
Las proyecciones de San Jorge contemplan una producción anual de 40.000 toneladas de cobre fino y 40.000 onzas de oro, volumenes que en cotizaciones presentes representarían un flujo exportador cercano a los 770 millones de dólares anuales. Tales magnitudes posicionan el proyecto como un actor relevante no solo a escala provincial sino en el panorama nacional de minería metálica.
Litio jujeño: expansión de capacidad en la puna argentina
El segundo emprendimiento favorecido por la decisión gubernamental atañe a la ampliación de la planta de litio Cauchari-Olaroz, radicada en el departamento de Susques en Jujuy, a una altitud superior a los 4.000 metros sobre el nivel del mar. La operación de esta facilidad corre a cargo de Exar, compañía integrada por capitales de la corporación china Gangfeng Lithium, la empresa canadiense Lithium Americas y la estatal jujeña JEMSE. El paquete de inversiones asociado a esta expansión asciende a 1.241 millones de dólares.
La estrategia de escalamiento productivo busca transmutar la capacidad actual de 45.000 toneladas anuales de carbonato de litio hacia una meta de 80.000 toneladas. Este incremento del 78 por ciento en volúmenes responde a la demanda global de este mineral, insumo crítico para tecnologías de almacenamiento energético y transición hacia matrices eléctricas menos dependientes de combustibles fósiles. Argentina, poseedor de reservas litíferas de magnitud mundial junto a Chile y Bolivia, ha posicionado la extracción de este mineral como un pilar de su estrategia de crecimiento exportador durante la última década.
El RIGI en números: alcance y controversias pendientes
La ventana de incentivos tributarios conocida como RIGI ha acumulado, conforme a declaraciones del titular de la cartera económica, un total de 16 proyectos aprobados que contemplen desembolsos por aproximadamente 30.000 millones de dólares. Paralelamente, existen otras 20 iniciativas en distintas fases de evaluación. Tales números revelan un instrumento de política económica diseñado para captar inversión foránea y doméstica de escala, ofreciendo estabilidad tributaria a cambio de compromisos de empleo y generación de divisas.
Sin embargo, la arquitectura del régimen ha generado fricciones políticas y sectoriales relevantes. Los industriales manufactureros, agrupados en la Unión Industrial Argentina, reclaman con insistencia la ampliación de los beneficios hacia segmentos de la economía tradicional que permanecen excluidos del esquema. La institución que preside Rapallini ha comunicado su intención de reunirse próximamente con la autoridad de Economía para presentar argumentos a favor de la inclusión de sectores fabril, editorial y otros rubros que enfrentan cierres de operaciones y retracciones de empleo. Esta presión simultánea representa una paradoja: mientras se aprueban incentivos para minería, productores manufactureros tradicionales experimentan contracción económica.
Contexto global y decisiones locales
La selección de estos dos proyectos debe interpretarse dentro de marcos más amplios de política económica internacional. La transición energética global ha elevado exponencialmente la demanda por litio, cobre y otros metales requeridos por industrias de tecnología limpia. Argentina, como depositaria de recursos significativos en su territorio andino, compite internacionalmente por atraer capital que monetice esas reservas. El RIGI funciona, bajo esta óptica, como instrumento competitivo frente a jurisdicciones alternativas que también poseen reservas mineras valiosas.
La intervención de actores como la corporación china Gangfeng Lithium y la canadiense Lithium Americas refleja además dinámicas de internacionalización de la cadena de valor extractiva. Argentina ya no es únicamente productor de materia prima sino anfitrión de operaciones integradas que vinculan extracción, procesamiento inicial y exportación. Este grado de valor agregado local, aunque limitado en comparación con economías desarrolladas, representa un avance respecto a etapas previas de la minería argentina.
Desafíos de gobernanza y equidad sectorial
Las decisiones anunciadas plantean interrogantes sobre criterios de selectividad en política económica. ¿Qué razones justifican la inclusión preferencial de minería en regímenes de incentivos mientras manufacturas de larga tradición enfrentan presiones competitivas? ¿Cómo equilibrar la atracción de megaproyectos con demandas de apoyo a sectores que generan empleo diversificado en territorios urbanos? Estos cuestionamientos no poseen respuestas unívocas y reflejan tensiones constitutivas de cualquier modelo de desarrollo económico.
Desde perspectivas orientadas hacia especialización en recursos naturales, los proyectos mineros representan oportunidades para acumular divisas, generar empleo directo e indirecto, y posicionar al país en cadenas de valor de tecnologías emergentes. Desde visiones que enfatizan la diversificación industrial y la autosuficiencia manufacturera, la concentración de incentivos en minería puede interpretarse como profundización de patrones de dependencia de exportaciones primarias. Ambas lecturas contienen elementos válidos y reflejan opciones de política económica fundamentales pero raramente reconciliables.
Los impactos concretos de estas decisiones se manifestarán en plazos distintos. A corto plazo, la generación de empleo en construcción de infraestructura minera producirá efectos multiplicadores en economías regionales. A mediano y largo plazo, la capacidad efectiva de convertir estos proyectos en fuentes sostenidas de ingresos y ocupación dependerá de factores geológicos, tecnológicos, ambientales y de volatilidad de precios internacionales que escapan al control de decisores locales. Simultáneamente, la ausencia de inclusión de sectores manufactureros tradicionales en esquemas similares de incentivos plantea riesgos de concentración de oportunidades y potencial agravamiento de desigualdades sectoriales que podrían manifestarse en mediano plazo como presiones políticas y sociales.



