Hay preguntas que la ciencia todavía no puede responder con certeza y que, sin embargo, algunos seres humanos llevan toda su vida intentando formular de la mejor manera posible. Steven Spielberg, uno de los cineastas más influyentes del siglo XX y lo que va del XXI, pertenece a ese grupo. A los 79 años, con una carrera que acumula casi seis décadas de películas que marcaron generaciones, el director volvió a poner sobre la mesa una convicción que lo acompaña desde la infancia: está seguro de que existe vida inteligente más allá de los límites de nuestro planeta. No lo dijo como una ocurrencia ni como una estrategia de marketing. Lo dijo como quien enuncia algo que considera tan evidente como el movimiento de los astros.

Una certeza construida durante décadas

La declaración se produjo en el marco del Festival de Cine y Televisión SXSW, celebrado en la ciudad de Austin, uno de los encuentros culturales más relevantes de los Estados Unidos. Allí, Spielberg no habló desde la ficción ni desde el guion, sino desde su propia perspectiva personal. "No sé más que ustedes, pero tengo la fuerte sospecha de que no estamos solos", afirmó, y aclaró que esa intuición no nació de sus producciones cinematográficas, sino que fue exactamente al revés: sus películas nacieron de esa intuición. El universo creativo que lo llevó a concebir personajes como el entrañable alienígena de E.T. o las amenazas de La guerra de los mundos tiene raíces en algo mucho más profundo que la imaginación comercial.

El argumento que utiliza para sostener su creencia no es esotérico ni especulativo en el sentido vacío del término. Es, en cambio, estadístico. Según el propio Spielberg, pensar que la humanidad representa la única forma de vida inteligente en un universo de dimensiones prácticamente incalculables resulta, en sus propias palabras, una conclusión equivocada. "El universo es tan vasto que hay muchas probabilidades de que haya vida ahí fuera", sostuvo con una convicción que no dejó espacio para la ambigüedad. Esta perspectiva, que desde hace décadas también es compartida por una parte importante de la comunidad científica —incluidos astrofísicos como el fallecido Carl Sagan o el británico Stephen Hawking, quien sin embargo advertía sobre los riesgos de un contacto—, adquiere una dimensión particular cuando viene de alguien que dedicó su vida a narrar ese vínculo imaginado entre lo humano y lo desconocido.

Para ordenar su reflexión, Spielberg planteó tres interrogantes que considera fundamentales. El primero apunta al presente: ¿está la humanidad sola en este momento? El segundo mira hacia atrás en el tiempo reciente: ¿estuvo sola en los últimos ochenta años? Y el tercero abre el horizonte histórico de manera mucho más amplia: ¿lo estuvo durante los últimos miles de años? Las tres respuestas, según él, apuntan en la misma dirección. "No estamos solos", concluyó, y subrayó que esa convicción no es nueva: lo acompaña desde que era un niño.

La envidia sana de quien más sabe del tema

Uno de los momentos más llamativos de su intervención fue, sin dudas, el tono de humor con el que abordó un dato que lo incomoda de manera genuina. A pesar de haber dedicado años de investigación y trabajo a la temática de los fenómenos aéreos no identificados —lo que popularmente se conoce como OVNIs—, Spielberg nunca ha presenciado ninguno. Y eso, según él mismo, le parece una injusticia. Muchos de sus amigos y conocidos dicen haberlos visto, y el director, que quizás más que ningún otro ser humano sobre la Tierra tiene motivos profesionales y personales para haber sido testigo de algo semejante, sigue esperando ese momento. La anécdota, contada con una sonrisa, revela algo interesante: su interés en el tema no es solo cinematográfico. Es genuinamente personal, casi íntimo.

Esta frustración resulta paradójica si se considera la magnitud de su obra vinculada al tema. Encuentros en la tercera fase, estrenada en 1977, fue una de las primeras películas de gran presupuesto en Hollywood en tratar el contacto extraterrestre desde una óptica esperanzadora y no necesariamente amenazante. Fue un quiebre cultural en un contexto donde la Guerra Fría todavía teñía de paranoia cualquier narrativa sobre lo desconocido. Cinco años después, E.T., el extraterrestre se convirtió en un fenómeno global que redefinió la manera en que el cine podía abordar la alteridad, la amistad y el miedo al otro. Y en 2005, con La guerra de los mundos, adaptó el clásico de H.G. Wells para una audiencia post 11-S, donde el terror de una invasión resonaba con ecos muy concretos y contemporáneos. Tres obras sobre el mismo tema, tres enfoques distintos, y el mismo hombre detrás de las tres.

El productor que ahora mira hacia abajo, no hacia arriba

La ocasión que llevó a Spielberg al festival de Austin no fue una película de ciencia ficción ni un nuevo proyecto sobre vida extraterrestre. Fue, en cambio, el lanzamiento de Los dinosaurios, una serie documental de ocho episodios disponible en Netflix que recorre el surgimiento y la extinción de las criaturas que dominaron el planeta durante aproximadamente 165 millones de años. Spielberg figura como productor del proyecto, y su participación refleja una curiosidad que también atraviesa toda su filmografía: la fascinación por las formas de vida que no son humanas, ya sea que hayan existido en el pasado remoto o que puedan existir en algún rincón del cosmos. Parque Jurásico, estrenada en 1993, fue su gran exploración de ese territorio prehistórico, y esta serie documental puede leerse como un regreso a esa misma inquietud, pero desde el rigor científico y no desde la ficción especulativa.

La conexión entre dinosaurios y extraterrestres puede parecer forzada a primera vista, pero en el universo intelectual de Spielberg tiene una lógica propia. Ambos temas remiten a lo mismo: la enorme escala del tiempo y del espacio en relación con la brevedad y pequeñez de la experiencia humana. Los dinosaurios nos recuerdan que la vida en la Tierra tuvo formas radicalmente distintas antes de nosotros. La posibilidad de vida extraterrestre nos recuerda que puede haber formas radicalmente distintas en otros lugares ahora mismo. En ambos casos, la humanidad queda relativizada, puesta en perspectiva, reducida a un punto en una línea muy larga.

Las implicancias de estas declaraciones trascienden lo anecdótico. En un momento en que organismos como la NASA y agencias de defensa de varios países han comenzado a reconocer públicamente la existencia de fenómenos aéreos no identificados que no pueden explicarse con la tecnología conocida, las palabras de una figura cultural de la envergadura de Spielberg alimentan un debate que ya no pertenece exclusivamente a la ciencia ficción. Hay quienes ven en esta confluencia —la apertura institucional y el respaldo cultural— una oportunidad para tomarse el tema con mayor seriedad académica. Otros advierten que la popularización del asunto puede distorsionar la discusión científica e introducir elementos de especulación que complican más que ayudan. Y hay también quienes simplemente observan que, cuando uno de los narradores más exitosos de la historia del cine dice que no estamos solos, algo en la cultura colectiva se mueve, aunque sea apenas un milímetro.