Hay un momento incómodo en la historia del pensamiento económico que suele pasarse por alto en las facultades: cuando John Maynard Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, decidió salir a defender a los mercantilistas, es decir, a aquellos pensadores de los siglos XVI y XVII que durante décadas fueron ridiculizados como obsesionados irracionales con el oro y la plata. Ese gesto intelectual, encerrado en el Capítulo 23 de su Teoría General publicada en 1936, no fue una anécdota académica menor. Fue una señal de advertencia sobre el peligro de leer teorías económicas fuera del tiempo y el lugar que las parieron. Y en un país como la Argentina, donde el debate entre apertura comercial y proteccionismo nunca se cierra del todo, esa advertencia sigue siendo urgente.
Adam Smith y el error de creer que el mundo era Gran Bretaña
En 1776, Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, una obra que cambió para siempre la manera en que Occidente pensaba la economía. Sin embargo, hay algo que sus admiradores más fervorosos suelen omitir: Smith dedicó una porción significativa de ese libro —casi una cuarta parte— a demoler el sistema mercantilista, presentándolo como una doctrina sin sustento científico, movida apenas por el capricho de acumular metales preciosos. El problema no es que Smith se haya equivocado en todo. El problema es que tenía razón... para su tiempo y para su país.
Lo que el escocés estaba construyendo era, en realidad, un manifiesto funcional a las necesidades de la Gran Bretaña de fines del siglo XVIII, una nación que se encontraba en el umbral de la Revolución Industrial y que necesitaba ampliar mercados, abaratar costos de producción y quebrar los monopolios de los grandes comerciantes. Su defensa del librecambio no era una verdad eterna que caía del cielo: era una herramienta política perfectamente calibrada para unir a los industriales emergentes con los consumidores en contra de los intereses establecidos. Como señaló el historiador económico Eric Roll, Smith cometió el error clásico de universalizar las condiciones históricas de su propia sociedad, de creer que lo que funcionaba en la Inglaterra de su época debía funcionar en cualquier lugar y en cualquier momento. Ese error, multiplicado por generaciones de seguidores acríticos, fue enorme.
Los mercantilistas, en cambio, no eran filósofos de salón. Eran funcionarios de corte, directivos de grandes compañías comerciales, hombres que tenían que resolver problemas concretos: cómo financiar la formación de los Estados nacionales, cómo desmantelar las trabas medievales al comercio, cómo conquistar mercados lejanos sin disponer de los instrumentos financieros modernos que hoy damos por sentados. En un mundo donde no existían mercados de capitales desarrollados ni banca central, la alianza entre el Estado y las grandes compañías no era una decisión ideológica: era una necesidad de supervivencia política y económica.
Thomas Mun y el superávit como herramienta de desarrollo
Uno de los pensadores mercantilistas más sofisticados fue Thomas Mun, director de la East India Company, quien en su tratado La balanza de nuestro comercio exterior es la regla de nuestro tesoro, publicado en 1664, expuso algo que hoy reconoceríamos sin dificultad como un programa estratégico de industrialización. Su principio rector era simple pero poderoso: "vender más anualmente a los extranjeros en valor de lo que consumimos de ellos". Pero Mun no se quedaba ahí. Proponía poner en producción las tierras baldías del Estado para cultivar cáñamo, lino y tabaco, reduciendo la dependencia de importaciones y generando empleo interno. Eso no suena a una obsesión irracional con la plata. Suena a política económica activa con objetivos muy precisos.
Fue exactamente esta dimensión la que Keynes rescató casi tres siglos después. En su análisis, el economista británico identificó una cadena de causalidad económica perfectamente coherente dentro del sistema mercantilista: cuando un país logra un superávit en su balanza comercial, aumenta el ingreso de dinero, lo que tiende a reducir la tasa de interés, lo que a su vez estimula la inversión y el empleo. Y cuando ocurre lo contrario —cuando la balanza es deficitaria— la cadena se revierte: escasea el dinero, suben las tasas, cae la inversión y crece la desocupación. Para Keynes, los mercantilistas no solo intuyeron este mecanismo: lo comprendieron con una lucidez técnica sorprendente para una época en que las herramientas de la política monetaria moderna no existían. Si no podían bajar la tasa de interés a través de un banco central, lo hacían a través de la balanza de pagos. Era, en su contexto, la única palanca disponible.
Leer a los clásicos sin contexto es una trampa peligrosa
El verdadero aprendizaje que deja este debate no es que los mercantilistas tenían razón y Smith estaba equivocado, ni tampoco lo contrario. El aprendizaje es que ninguna teoría económica puede leerse como si fuera una revelación atemporal. Smith fue un genio, pero fue el genio de su época. Los mercantilistas también lo fueron. Keynes también lo fue: su Teoría General nació en el contexto de la Gran Depresión de los años 30, cuando el mundo capitalista estaba en caída libre y el dogma del equilibrio automático de los mercados había demostrado ser una ficción catastrófica. Sus recetas de intervención estatal y estímulo de la demanda respondían a ese momento específico, no a una fórmula universal para siempre y para todos.
El problema, tanto con Smith como con Keynes, es que sus seguidores suelen olvidar esta relatividad histórica. Se toman las conclusiones y se descarta el contexto, y así se construyen ideologías rígidas que después se aplican a realidades que no tienen nada que ver con las que inspiraron las teorías originales. Latinoamérica sufrió esto en carne propia: las recetas del libre mercado aplicadas en los años 90 sin considerar las particularidades estructurales de economías como la argentina produjeron resultados que los propios teóricos del liberalismo clásico difícilmente habrían avalado si hubieran conocido el terreno.
¿Qué tienen para decirle los mercantilistas a la Argentina de hoy?
La pregunta que surge naturalmente, después de este recorrido, es si el pensamiento mercantilista tiene algo que aportar a la Argentina contemporánea. No como receta copiada, sino como marco conceptual. El Banco Central enfrenta el desafío permanente de acumular reservas internacionales mientras la economía necesita ser reactivada. La tensión entre la apertura comercial y la protección del mercado interno no es nueva ni exclusiva: es una constante en la historia de los países que intentaron desarrollarse desde una posición de relativa debilidad frente a las potencias industriales. La diferencia es que hoy existen instrumentos que los mercantilistas no tenían: política monetaria, regulación financiera, acuerdos multilaterales de comercio.
Desde esta columna, la lectura es clara: el debate entre librecambio y proteccionismo no debería resolverse con catecismos ideológicos, sino con análisis de contexto. Lo que funcionó para Gran Bretaña en 1776 no tiene por qué funcionar para la Argentina en 2025. Lo que propuso Keynes para salir de la depresión de los años 30 no puede aplicarse mecánicamente a una economía con las peculiaridades estructurales que tiene la nuestra. La lección más valiosa que dejan estos gigantes del pensamiento económico no son sus respuestas: son sus preguntas. Y la pregunta central es siempre la misma: ¿qué problema concreto estamos tratando de resolver, y con qué herramientas reales contamos para hacerlo? Quien entienda eso antes que el resto lleva una enorme ventaja en cualquier discusión económica seria.


