Hay una paradoja que recorre la historia económica argentina con la insistencia de un déjà vu: el mismo país que más necesitó de la intervención estatal para sobrevivir es el que más distorsionó, malinterpretó y finalmente caricaturizó al economista que mejor la justificó. John Maynard Keynes fue acusado de comunista en estas tierras. Sus seguidores, de inventar recetas para la crisis de 1929 con un libro publicado en 1936. Ese nivel de anacronismo ya dice mucho. Pero más allá del ridículo local, la pregunta que urge responder hoy no es qué pensaba Keynes, sino por qué lo que pensaba sigue siendo incómodo, vigente y necesario en un mundo que parece haber decidido ignorarlo por segunda vez en menos de un siglo.

Un capitalista que no quería destruir el capitalismo, sino salvarlo

Para entender a Keynes hay que empezar por desterrar el mito. No era un comunista, ni un socialista encubierto, ni un estatista compulsivo. Era, en rigor, un intelectual burgués de Cambridge que amaba el teatro, coleccionaba arte y frecuentaba los círculos más refinados de la élite británica. Su preocupación central no era redistribuir la riqueza por vocación ideológica, sino evitar que el capitalismo se autodestruyera. Y en ese camino, identificó con lucidez quirúrgica el talón de Aquiles del sistema: la creencia ciega en que los mercados se autorregulan y que el Estado no tiene nada que aportar. Ya en 1926, en su ensayo El fin del laissez faire, Keynes desmontó esa ilusión con una metáfora que sigue siendo devastadoramente precisa: si el objetivo de la vida es alcanzar las hojas más altas de los árboles, entonces la lógica del libre mercado sin intervención consiste en dejar que las jirafas de cuello más largo dejen morir de hambre a las de cuello más corto. No hay virtud en eso. Hay darwinismo económico, nada más.

Su rechazo al comunismo soviético fue igualmente categórico, aunque por razones distintas a las que esgrimen quienes hoy lo usan como insulto político. En 1925, luego de visitar la Unión Soviética, escribió sin ambages que el experimento ruso no había aportado ninguna técnica económica útil que no pudiera aplicarse con igual o mayor eficacia en una sociedad que conservara los fundamentos del capitalismo. No lo seducía el colectivismo forzado ni la planificación centralizada. Le interesaba, en cambio, una tercera vía: un capitalismo inteligente, regulado, con un Estado capaz de identificar qué cosas el mercado hace bien solo y qué cosas requieren intervención deliberada. La pregunta no era más Estado o menos Estado, sino cuándo y para qué.

Lo que el mundo está volviendo a ignorar

El problema es que esa pregunta precisa, sofisticada, históricamente informada, no es cómoda para ninguno de los dos extremos del espectro político. La derecha prefiere el dogma del libre mercado porque simplifica el mensaje y beneficia a los que ya tienen. La izquierda populista prefiere convertir a Keynes en un cheque en blanco para justificar cualquier gasto, sin distinguir si hay recursos ociosos que movilizar o simplemente se está imprimiendo moneda para tapar agujeros. Ambas lecturas son una vulgarización. Y Argentina, con su persistente incapacidad para construir pensamiento económico propio sin copiarlo mal de afuera, ha practicado las dos con idéntica intensidad según quién gobernaba.

Pero el fenómeno ya no es exclusivamente local. Estados Unidos, la economía que durante décadas funcionó como faro del capitalismo occidental, está atravesando una crisis de identidad estructural. La apertura indiscriminada al gigante asiático durante los últimos treinta años generó un déficit comercial crónico y una desindustrialización que hoy nadie sabe bien cómo revertir. La respuesta de Donald Trump —aranceles, amenazas cambiarias, presión sobre la Reserva Federal— suena más a improvisación nacionalista que a política económica coherente. Y hay algo casi tragicómico en ver a la primera potencia del mundo padecer, por primera vez en su historia, algo parecido al stop and go que Argentina conoce de memoria: el impulso a la demanda que se filtra hacia importaciones, que deteriora la balanza comercial, que presiona el tipo de cambio, que genera fuga de capitales. Todo tan argentino que duele, como bien señaló un economista que viene estudiando este fenómeno hace años.

Y mientras tanto, China avanza. Sin democracia. Sin capitalismo en el sentido clásico del término. Con una planificación estatal de largo plazo que hace palidecer cualquier intento occidental de política industrial. El dilema que esto genera en los centros de poder del mundo desarrollado es inquietante: algunos actores del sector privado parecen concluir que la democracia es un obstáculo para competir con ese modelo. Que la eficiencia requiere sacrificar la participación. Es exactamente el tipo de razonamiento que Keynes hubiera refutado con energía, porque él sabía que los sistemas que no distribuyen sus beneficios generan tensiones sociales que tarde o temprano los destruyen desde adentro.

Argentina, Vaca Muerta y el corto plazo que siempre nos mata

En el plano local, el debate adquiere una dimensión particular. Argentina tiene hoy una oportunidad real de largo plazo: Vaca Muerta, el litio, la minería convencional. Son recursos que, bien administrados, podrían revertir décadas de restricción externa y dotar al país de una abundancia de divisas que históricamente nunca tuvo. El propio Keynes, con su famosa frase de que "en el largo plazo todos estamos muertos", no estaba abogando por el cortoplacismo sino advirtiendo sobre la inutilidad de los consejos que ignoran el sufrimiento inmediato. Para Argentina, paradójicamente, el largo plazo existe y puede ser promisorio. El problema, como siempre, es cómo llegar hasta ahí sin destruir en el camino a los sectores más vulnerables.

La política económica actual parece haber optado por una apertura comercial acelerada en un contexto de guerra comercial global, con un tipo de cambio que encarece la producción local y condiciones laborales que algunos analistas no dudan en calificar de regresivas. Si las jirafas de cuello corto son los trabajadores de menores ingresos, los pequeños productores, las pymes que no pueden competir con importaciones subsidiadas por Estados con moneda fuerte, entonces la metáfora keynesiana cobra una vigencia brutal. Dejarlas morir no es eficiencia. Es una decisión política con consecuencias sociales que el mercado no va a resolver solo.

Hay una última dimensión que Keynes anticipó con una clarividencia que todavía asombra: en 1928, casi un siglo antes del boom de la inteligencia artificial, describió lo que llamó "desempleo tecnológico", el fenómeno por el cual los avances en productividad destruyen empleos más rápido de lo que el sistema puede crear otros. Hoy ese proceso se acelera de manera exponencial. Y la respuesta que el mundo está dando —básicamente, dejar que el mercado lo resuelva solo— es exactamente la que Keynes consideró insuficiente. No porque el mercado sea malo, sino porque sin orientación estatal, los costos de la transición los pagan siempre los mismos.

En definitiva, la enseñanza más importante de Keynes no es técnica sino política: un capitalismo que no incluye termina siendo su propio peor enemigo. Porque la exclusión genera resentimiento, el resentimiento genera inestabilidad y la inestabilidad abre la puerta a los extremos que el sistema pretendía evitar. Dos intelectuales que debatieron apasionadamente durante décadas, Keynes y Friedrich Hayek, enemigos académicos pero amigos personales, habrían coincidido en esto: la mejor vacuna contra el comunismo no es el libre mercado sin restricciones, sino un capitalismo que le deje lugar a todos. Argentina, que conoce el fracaso de ambos extremos mejor que nadie, debería saberlo de memoria. Lástima que la historia, acá, siempre parece empezar de cero.