El tejido industrial argentino atraviesa un momento de particular debilidad. Durante julio, la utilización de la capacidad productiva instalada en el país alcanzó apenas el 58,2%, configurando el registro más bajo desde marzo, cuando había tocado 59,8%. Este retroceso de 0,9 puntos porcentuales respecto a junio —cuando se ubicaba en 59,1%— evidencia una trayectoria descendente que contradice cualquier esperanza de recuperación inmediata en el sector. La fotografía de la industria nacional no es homogénea: mientras algunos segmentos mantienen máquinas funcionando a ritmo acelerado, otros languidecen con utilización de recursos que apenas alcanza la mitad de sus posibilidades. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, revela fracturas profundas en la estructura productiva y plantea interrogantes sobre la viabilidad de una recuperación sostenida en el mediano plazo.

Para dimensionar la amplitud de la contracción actual, es necesario retroceder en el tiempo. El pico máximo de utilización se registró en septiembre de 2025, cuando la capacidad instalada llegó al 61,4%. Desde entonces, el descenso ha sido casi inexorable. El punto más crítico llegó en diciembre del año pasado, cuando la utilización se desplomó al 53,1%, marcando un suelo preocupante. Aunque desde esa fecha se registró cierta recuperación, los niveles actuales permanecen notoriamente por debajo de aquel máximo de septiembre. La diferencia acumulada entre el pico y el piso actual —más de 8 puntos porcentuales— es sintomática de una industria que pierde tracción mes tras mes, sin poder encontrar un terreno firme donde asentarse. El dato de julio representa apenas un pequeño avance respecto al peor momento, pero en absoluto indica una tendencia de mejora consolidada.

Las divisiones que se desmoronan

Más allá del promedio global, la verdadera naturaleza de la crisis industrial se revela cuando se analiza el desempeño desigual de las distintas ramas manufactureras. Doce de las dieciséis divisiones de la industria presentaron caídas respecto a julio del año anterior, ilustrando una debacle generalizada que no respeta límites sectoriales. El Índice de Producción Industrial manifestó un derrumbe de 4,9% interanual durante julio, mientras que en los primeros siete meses del año la acumulación de pérdida alcanzó 2,6%. Estos números no son meras estadísticas: representan máquinas detenidas, líneas de producción operando a marcha reducida y empleos que se esfuman cuando la actividad se contrae.

Dentro de este panorama desolador, emergen dos sectores que funcionan como salvavidas relativo: la refinación de petróleo y las industrias metálicas básicas. La refinación opera con una utilización del 89,9% de su capacidad, cifra que no solo dista abismalmente del promedio industrial sino que además registró una mejora significativa frente a julio de 2025, cuando alcanzaba el 81,7%. Este incremento de 8,2 puntos porcentuales obedece a un mayor procesamiento de petróleo crudo, factor que refleja cierta dinámica positiva en ese eslabón de la cadena. Las industrias metálicas básicas, por su parte, utilizan el 71,8% de su capacidad, también por encima del promedio, e igualmente muestran una trayectoria ascendente: en julio del año anterior apenas llegaban al 63,9%. La producción de acero crudo experimentó un salto de 15,3% interanual, según datos de la Cámara Argentina del Acero, lo que sugiere demanda interna o externa por este insumo fundamental. De manera similar, el sector de papel y cartón logró transitar desde el 59,7% de hace un año hasta el 69,6% actual, con producción que creció 12,6% interanual. En alimentos y bebidas, la utilización alcanzó el 66%, apenas por encima del 65,2% del año previo, sostenida principalmente por una molienda más intensa de oleaginosas, cuya producción se incrementó 10,7% interanual.

El abismo de la metalmecánica y la automotriz

Mientras estos sectores defensores conservan cierta vitalidad, el núcleo duro de la industria manufacturera convencional se desmorona. La industria metalmecánica, excluido el sector automotor, opera con apenas el 38,3% de su capacidad instalada, una cifra que retrocede dramáticamente respecto al 49% de julio de 2025. La caída de 10,7 puntos porcentuales es atribuible en gran medida al derrumbe en la producción de maquinaria agrícola y electrodomésticos. La fabricación de maquinaria agropecuaria se desplomó 46,6% interanual, mientras que la de aparatos de uso doméstico cayó 20,9%. Estos números traducen la parálisis de actividades que alguna vez fueron dinamizadoras de la economía regional. La industria automotriz, históricamente considerada un termómetro de la salud económica general, no escapa a esta realidad: opera con una utilización del 39%, retrocediendo desde el 44,1% de hace un año. La contracción refleja una menor cantidad de unidades fabricadas por las terminales, indicativo de que la demanda de vehículos nuevos se ha enfriado considerablemente.

Otros segmentos manufactureros complementan este cuadro de postración. Los productos minerales no metálicos —cemento, vidrio y materiales para construcción— se ubican en el 48,6%, descendiendo desde el 57,1% del año anterior. Esta contracción de 8,5 puntos porcentuales es particularmente significativa dado que la construcción suele ser un sector dinamizador del empleo. Textiles registra apenas el 45,3%, mientras que tabaco llega al 45,2%. La industria de productos de caucho y plástico alcanza el 40,2%, y en edición e impresión el nivel es del 54,6%. La extensión de bajos niveles de utilización atraviesa prácticamente todas las ramas que no están vinculadas a commodities o procesos de transformación primaria de materias primas.

El panorama que emerge es el de una industria bifurcada: de un lado, sectores ligados a la exportación de productos primarios o semielaborados —petróleo, acero, papel, alimentos— que logran mantener máquinas funcionando y en algunos casos mejorar su desempeño. Del otro, ramas que dependen de la demanda interna o que requieren mayor valor agregado —automotriz, metalmecánica, construcción, textiles, electrodomésticos— que navegan en aguas profundas de subutilización de recursos. Esta fractura refleja dinámicas económicas más amplias: la volatilidad de ingresos en moneda extranjera, las fluctuaciones del tipo de cambio, y las limitaciones del mercado interno para absorber producción manufacturera. La industria argentina, en lugar de funcionar como un sistema integrado, se comporta como compartimentos estancos con trayectorias radicalmente distintas.

Las implicaciones de este escenario trascienden lo meramente estadístico. La subutilización de capacidad instalada en ramas clave genera ciclos de desempleo, cierre de plantas y pérdida de capital humano especializado. Cuando máquinas permanecen ociosas durante períodos prolongados, los costos fijos de mantenerlas se vuelven insostenibles para empresas con márgenes cada vez más reducidos. Simultáneamente, la debilidad en sectores como la automotriz y metalmecánica limita la demanda de insumos para otras industrias, generando efectos multiplicadores negativos. Algunos observadores advierten que la persistencia de este cuadro podría llevar a reorganizaciones profundas de la capacidad instalada, con cierre definitivo de plantas no competitivas. Otros argumentan que la recuperación de la demanda interna, si llegara, podría reactivar rápidamente estas industrias. Una tercera perspectiva señala que la estructura productiva argentina requiere transformaciones más radicales que simplemente esperar cambios coyunturales. Lo que resulta indiscutible es que el presente de la industria manufacturera nacional, reflejado en un 58,2% de utilización de capacidad en julio, representa un punto crítico que demanda atención urgente sobre las bases mismas del modelo productivo del país.