Hay tres variables que concentran hoy la atención del equipo económico argentino y que, en conjunto, definen si el rumbo iniciado a fines de 2023 puede consolidarse o empieza a mostrar fisuras estructurales. La primera es la inflación, que dejó de caer hace diez meses y recién en abril daría señales de retomar el descenso. La segunda es el tipo de cambio, cuya apreciación real comenzó a generar tensiones en el consumo y en el tejido productivo del Conurbano bonaerense. La tercera, más silenciosa pero no menos relevante, es la posibilidad de un acercamiento diplomático y económico con China, un socio estratégico que Argentina nunca dejó de necesitar. Ninguno de estos tres frentes está resuelto. Y la forma en que se encadenen —o no— determinará qué clase de economía habrá en el segundo semestre del año.
Una desinflación que perdió velocidad y un debate técnico sin resolver
El dato de partida es contundente: cuando Javier Milei eligió a Luis Caputo como ministro de Economía, tras las primarias de 2023, la inflación anual superaba el 200%. Hoy se ubica en torno al 30% anual, lo que representa una reducción histórica en términos absolutos. Pero ese logro tiene una sombra: la tasa mensual se instaló en la zona del 2,5% y no cede. Diez meses en esa meseta no es un accidente estadístico; es una señal de que el proceso de desinflación enfrenta una resistencia que los instrumentos disponibles no lograron perforar hasta ahora.
El propio Milei admitió públicamente que la llamada dolarización endógena —la apuesta a que los ciudadanos comenzaran a usar sus dólares para transaccionar en la economía cotidiana, favorecidos por beneficios impositivos— no funcionó como se esperaba. Los argentinos no volcaron sus divisas al circuito económico formal. Eso cierra, al menos provisoriamente, uno de los caminos que el equipo económico había imaginado para anclar los precios. La pregunta que flota en el ambiente técnico es directa: ¿el andamiaje financiero diseñado por Caputo, eficaz para bajar la inflación de niveles explosivos a niveles altos, es igualmente útil para el tramo final del proceso, el que va del 30% al dígito único? Economistas de distintas tradiciones coinciden en que ese segundo tramo es cualitativamente distinto al primero.
En ese contexto se inscribe la incorporación al equipo de asesores del economista uruguayo Ernesto Talvi, quien sostiene que reducir la inflación requiere lo que él denomina "paciencia estratégica". La misma línea siguió el economista brasileño Edmar Bacha, arquitecto del Plan Real que en los años noventa sacó a Brasil de una hiperinflación crónica: bajar la inflación lleva tiempo, insistió. El viceministro José Luis Daza saludó públicamente las palabras de Bacha, destacando su excelencia técnica. Milei, en cambio, marcó distancia con esa visión, dejando en evidencia una tensión interna entre quienes conducen la política económica diaria y el propio presidente.
El fenómeno de la inercia inflacionaria, reconocido incluso en los pasillos del Banco Central, agrega una capa de complejidad al diagnóstico. Las grandes empresas continúan trasladando aumentos a sus listas de precios, un reflejo defensivo forjado durante años de alta inflación y brecha cambiaria. Entre 2022 y 2023, mantener stock con precios en alza era un negocio en sí mismo. Hoy, con inflación más baja y sin diferencial cambiario significativo, ese margen se achicó. "No hay ventas y te comen los intereses", sintetizó un supermercadista al describir su situación actual. El crédito bancario, con tasas activas que todavía no acompañaron la baja inflacionaria, no aparece como una salida viable para el sector. Los bancos tienen dólares pero no pueden prestarlos; tienen pesos pero la demanda de crédito no repunta porque los salarios reales perdieron terreno desde las elecciones legislativas de octubre. Según la consultora Empiria, del economista Hernán Lacunza, la caída del ingreso disponible de las personas en febrero fue la más pronunciada en mucho tiempo.
El dólar, las reservas y la microeconomía de la desinflación
El tipo de cambio suma otra arista al problema. En abril se espera que, por primera vez en lo que va del año, el precio del dólar suba respecto del mes anterior. Esa corrección, aunque moderada, sería una señal de que el peso encuentra un nivel más realista respecto de la divisa estadounidense. La apreciación cambiaria de los últimos meses golpeó al aparato productivo del Conurbano bonaerense, que exporta o compite con importados, y redujo el colchón de competitividad que el salto devaluatorio de diciembre de 2023 había generado. El economista Javier Madanes Quintanilla fue uno de los empresarios que reconoció públicamente cómo el esquema de precios funcionaba como instrumento financiero durante la etapa de alta inflación y brecha. Esa distorsión ya no existe, pero la adaptación del sector privado a la nueva normalidad es lenta y costosa.
Mientras tanto, el Banco Central refuerza la compra de reservas, un dato que el propio Milei exhibió en su presentación del lunes como evidencia de solidez del programa. El economista Vladimir Werning mostró ante inversores en Estados Unidos que la base monetaria como porcentaje del producto se mantendrá estable durante el año. La esterilización de pesos continúa, y el equipo económico tiene claro que no la relajará hasta ver una recuperación genuina del crédito y una baja sostenida de tasas. En cuanto a la actividad real, las proyecciones del propio gobierno indican que marzo recuperaría aproximadamente la mitad de la caída registrada en el primer bimestre del año, según el índice EMAE del INDEC. No es un rebote vigoroso, pero al menos marca una pausa en el deterioro.
Lo que subyace en todo este cuadro trasciende el debate sobre el nivel del tipo de cambio o la velocidad de acumulación de reservas. Se trata, en el fondo, de un problema de coordinación microeconómica: cómo lograr que empresas, bancos, trabajadores y consumidores sincronicen sus expectativas hacia un sendero de inflación decreciente, cuando cada uno tiene incentivos individuales para cubrirse y trasladar costos. Ni la tradición monetarista ni la escuela austríaca, referentes intelectuales del espacio político en el poder, ponen el foco en esa dimensión. Para esas corrientes, la corrección ocurre sola una vez que se ordenan las variables nominales. La experiencia histórica argentina —y latinoamericana— sugiere que ese proceso puede ser más largo y tortuoso de lo que los modelos anticipan. Los planes heterodoxos de estabilización que fracasaron en la región, como el Austral de 1985 o el Cruzado brasileño, lo hicieron por no ordenar las cuentas fiscales. Pero los planes que sí hicieron ese ajuste y se concentraron únicamente en lo monetario, ignorando la inercia, también registraron tropiezos.
China, el comodín diplomático que puede cambiar el tablero financiero
El tercer frente es el más novedoso y, en cierta forma, el más inesperado. En mayo podría concretarse la reunión entre Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping, un encuentro que en el gobierno argentino observan con atención y expectativa. La lógica es clara: una distensión en la relación entre las dos mayores potencias económicas del mundo abre márgenes de maniobra para países como Argentina, que mantienen vínculos financieros y comerciales con ambas. Milei, quien al inicio de su mandato adoptó una postura de distancia explícita hacia el régimen chino por razones ideológicas, moderó esa posición de manera notable. Hoy, desde el entorno presidencial, aseguran que el mandatario tiene genuinas ganas de viajar a China y reunirse con Xi.
"Piensan que estamos peleados con China y nada que ver", afirmaron desde el gobierno, dejando en claro que la relación bilateral, aunque atravesó turbulencias retóricas, nunca se cortó en términos operativos. El swap de monedas entre el Banco Central argentino y el Banco Popular de China, herramienta de financiamiento que el gobierno anterior utilizó y que la gestión Milei mantuvo activa, es la mejor expresión de esa continuidad pragmática. El acuerdo de intercambio de divisas con Beijing ha sido históricamente una fuente de liquidez relevante para las reservas argentinas y su renovación o ampliación podría tener impacto directo en la hoja de balance del Central.
La apertura hacia China también tiene una dimensión comercial que no puede ignorarse. Argentina es uno de los principales proveedores de soja, aceites y derivados del complejo agroindustrial al mercado chino. Una relación diplomática fluida habilita negociaciones más favorables en condiciones de acceso, aranceles y financiamiento. En ese sentido, el posible viaje presidencial a Beijing no sería un gesto meramente simbólico sino una movida con consecuencias concretas para el sector exportador y para las cuentas externas.
Las consecuencias del estado actual de estos tres frentes admiten lecturas diversas. Si la inflación de abril confirma la ruptura de la meseta, el gobierno tendrá un argumento político y técnico de peso para sostener el rumbo y recuperar confianza de los consumidores. Si el tipo de cambio se reacomoda sin generar un salto brusco de precios, el equipo económico habrá administrado con destreza una corrección delicada. Y si el encuentro Trump-Xi abre la puerta a una visita de Milei a China, el gobierno podría exhibir un logro de política exterior con impacto directo en las finanzas públicas. Pero si la inflación no cede, si el salario real continúa erosionándose y si la diplomacia con Beijing se demora, el escenario se complica: la confianza del mercado interno se resiente, la actividad no repunta y las tensiones sociales que ya se insinúan en el Conurbano ganan terreno. Los tres desafíos están entrelazados; la suerte de uno condiciona la de los otros dos.



