No fue un discurso para el gran público. Fue una intervención calculada ante quienes mueven el dinero, toman decisiones de inversión y leen los datos antes que nadie. En ese contexto, Luis Caputo, titular del Ministerio de Economía, eligió la apertura del congreso ExpoEFI —Economía y Finanzas— en el Centro de Convenciones de Buenos Aires para trazar un mapa de situación que combinó confesiones incómodas con proyecciones alentadoras. El mensaje central fue claro: el pico inflacionario ya ocurrió, la caída de actividad de febrero fue real pero puntual, y lo que viene tiene más verde que rojo. En un país que lleva décadas conviviendo con crisis recurrentes, ese tipo de diagnóstico siempre genera tanto esperanza como escepticismo.
Febrero dolió, pero marzo cambió de color
El ministro no esquivó los datos duros. El EMAE —Estimador Mensual de Actividad Económica— registró en febrero una caída del 2,1% interanual y del 2,6% mensual, números que en cualquier contexto encenderían alarmas. Caputo los reconoció sin rodeos: "Los datos vinieron mal", afirmó ante un auditorio de aproximadamente 500 personas. Sin embargo, enseguida puso el dato en perspectiva, señalando que el punto de comparación era un récord histórico previo, lo que distorsiona la lectura del retroceso. Esta aclaración técnica, válida desde el análisis estadístico, es también una forma de encuadrar narrativamente una cifra negativa.
Pero el giro vino inmediatamente después: los indicadores de marzo, según Caputo, presentan una mayoría de señales positivas. Sectores como la industria y la construcción, que venían rezagados, empezaron a mostrar recuperación. La recaudación también entró en ese listado de variables que mejoran. Este tipo de adelanto de datos —antes de su publicación oficial— es una herramienta habitual en la comunicación económica de alto nivel: instala una expectativa favorable sin que todavía pueda ser desmentida por los números definitivos. La credibilidad de ese recurso depende, claro, de lo que efectivamente publiquen los organismos estadísticos en las próximas semanas.
La inflación de marzo fue un pico, no una tendencia, según el Gobierno
Uno de los anuncios con mayor impacto del día fue la anticipación de que la inflación de abril será más baja que la de marzo. El índice de precios al consumidor trepó en marzo al 3,4% mensual, su registro más elevado en doce meses, lo que había generado ruido político y financiero. Para Caputo, ese salto tuvo causas identificables: una caída transitoria en la demanda de dinero y el impacto del llamado "shock de dolarización". Ahora, con el Banco Central comprando divisas para evitar una apreciación excesiva del peso —señal de que la gente está demandando más moneda local—, el proceso de desinflación, según el ministro, debería retomarse. "Por los próximos meses vamos a ver la inflación convergiendo hacia abajo y la economía creciendo más de lo que hubiéramos esperado", proyectó.
Para dimensionar el contexto histórico: Argentina acumula más de dos décadas de inflación crónica, con episodios hiperinflacionarios en 1989 y 1990 que destruyeron el poder adquisitivo de millones de familias. La nominalidad del sistema económico argentino es tan estructural que cualquier desaceleración genuina del índice de precios representa, en términos relativos, un logro significativo. La discusión, claro, es si la desaceleración es duradera o cíclica. Esa pregunta todavía no tiene respuesta.
Empleo, crédito y obra pública: la agenda concreta
Más allá del diagnóstico macroeconómico, Caputo detalló algunas medidas con impacto directo. En materia de infraestructura vial, anunció que se licitarán concesiones privadas para 9.000 kilómetros de rutas, con una segunda etapa que sumará otros 12.000 kilómetros. Paralelamente, continuará el traspaso de corredores a provincias con financiamiento combinado. Este esquema busca destrabar obra pública sin que el Estado nacional cargue con toda la inversión, un modelo que tiene antecedentes tanto en Argentina como en la región.
En cuanto al mercado laboral, el ministro reconoció una realidad con matices difíciles de ignorar: se crearon 100.000 empleos, pero la mayor parte corresponde al sector no registrado. La informalidad laboral en Argentina supera históricamente el 35% de la fuerza de trabajo, un porcentaje que no solo implica ausencia de aportes y obra social, sino también mayor vulnerabilidad ante shocks económicos. El dato sobre salarios tampoco fue lineal: el segmento informal fue el que más ganó terreno frente a la inflación, mientras que el empleo registrado muestra números disímiles según la fuente —un 3% de recuperación real según el SIPA, pero un 3% de caída según el INDEC—. Esa divergencia entre organismos no es menor: habla de metodologías distintas, pero también de la complejidad de medir bienestar en una economía tan volátil. Sobre el crédito, Caputo admitió un estancamiento reciente por la mora elevada vinculada a tasas altas, aunque anticipó que el proceso de recuperación ya comenzó.
Señales externas y apuesta al capital privado
Caputo también volcó su mirada hacia afuera para reforzar el argumento de confianza internacional. Mencionó inversiones en Vaca Muerta por parte de Harold Ham, referenciado como una figura central del negocio del fracking a escala global, y destacó la presencia en el país de Peter Thiel, cofundador de Palantir y figura emblemática del ecosistema tecnológico y financiero libertario de Estados Unidos. Thiel adquirió una propiedad valuada en 12 millones de dólares en el barrio porteño de Parque. Para el ministro, ese movimiento no es una apuesta puntual sino una lectura estratégica de una transformación más profunda del país. "Está viendo una transformación histórica y se está adelantando", interpretó.
En paralelo, Caputo negó la existencia de atraso cambiario pese a que en las últimas siete ruedas previas al evento el dólar había subido un 4,3% hasta los $1.440 y el riesgo país había escalado un 12%. El BCRA, señaló, compró 7.000 millones de dólares provenientes principalmente del sector energético para sostener el esquema mientras bajan las tasas. También prometió continuar reduciendo las retenciones al agro cuando las condiciones fiscales lo permitan, y adelantó que las privatizaciones y concesiones en marcha generarán ingresos de 2.000 millones de dólares para fin de año. El FMI, según Caputo, proyecta que Argentina habrá crecido un 20% acumulado entre 2023 y 2027.
Las declaraciones del ministro abren al menos dos lecturas posibles hacia adelante. Si los datos de abril confirman la baja de inflación anticipada y los indicadores de marzo se sostienen, el relato oficial ganará credibilidad ante los mercados y podría estabilizar expectativas en un momento de cierta tensión financiera. Si, en cambio, los números defraudan las proyecciones o los shocks externos se profundizan —con impacto en energía, tipo de cambio o condiciones internacionales—, la apuesta comunicacional podría volverse en contra, erosionando la confianza que el Gobierno necesita para sostener el programa económico. Lo que está claro es que la disputa ya no es solo sobre números: es sobre quién tiene el relato más creíble en un país que aprendió, a fuerza de decepciones repetidas, a desconfiar de los anuncios antes de que los hechos los confirmen.


