Antes de que el invierno se instale formalmente en el calendario energético argentino, el sistema de distribución de gas natural ya mostró sus primeras señales de tensión. Desde el martes 28 de abril, las distribuidoras que abastecen el Área Metropolitana de Buenos Aires comenzaron a recortar el suministro a ciertos segmentos industriales y a estaciones de servicio que comercializan Gas Natural Comprimido, conocido como GNC. No hubo una emergencia declarada, no faltaron moléculas en el subsuelo, pero el sistema crujió igual. Lo que está en juego es la capacidad real del país de trasladar el combustible desde donde se produce hasta donde se consume, especialmente cuando la demanda residencial empieza a escalar con las bajas temperaturas.

Quiénes cortan y por qué razones técnicas

Metrogas y Naturgy, las dos grandes distribuidoras que operan en el AMBA, fueron las protagonistas de esta primera restricción de la temporada. Ambas comunicaron a sus clientes industriales y a las estaciones de GNC que los volúmenes contratados bajo la modalidad "interrumpible" quedaban limitados. Un día antes, Camuzzi Gas del Sur, que provee a la Patagonia, ya había tomado la misma decisión. El mecanismo no es una novedad: en el mercado del gas existen dos tipos de contratos según el nivel de garantía que el usuario está dispuesto a pagar. Quienes eligen la modalidad "firme" abonan una tarifa más elevada pero tienen asegurado el suministro incluso en momentos de alta demanda. Quienes optan por contratos "interrumpibles" acceden a precios más convenientes, pero asumen el riesgo de que el flujo se detenga cuando el sistema lo requiera. Esa segunda categoría fue la afectada esta semana.

Los voceros del sector fueron enfáticos en marcar que esto no implica una crisis de abastecimiento en sentido estricto. La explicación que circuló entre los operadores es que la ola de frío anticipó la demanda que estaba proyectada para mayo, y las distribuidoras se encontraron tomando gas del sistema por encima del volumen que tenían "nominado", es decir, reservado previamente. En términos técnicos, la restricción responde a una cuestión de capacidad de transporte, no de falta de producción. El gas existe, está en Vaca Muerta y en los yacimientos offshore de Tierra del Fuego, pero llevarlo desde allí hasta los hogares porteños en el momento justo requiere infraestructura y planificación que, en este caso, quedó corta ante la anticipación del frío.

Vale aclarar cómo funciona el sistema en la práctica: cada distribuidora "nomina" una cierta cantidad de gas diaria según sus proyecciones de consumo. Si la demanda real supera esa previsión, el excedente debe ser compensado luego, cuando el consumo baje. El problema surge cuando el frío llega antes de lo esperado y la cadena de abastecimiento no tiene margen para ajustarse rápidamente. Las primeras víctimas de ese desajuste son siempre los usuarios interrumpibles, que firmaron contratos sabiendo que esa era la condición.

El Estado deslinda responsabilidades y el GNC paga las consecuencias

Frente a las restricciones, desde el Gobierno nacional la respuesta fue clara: ni el Ente Nacional Regulador del Gas (Enargas) ni la Secretaría de Energía impartieron órdenes para ejecutar los cortes. Fueron las propias distribuidoras las que activaron el marco regulatorio vigente, que las habilita a limitar el suministro a contratos interrumpibles cuando el sistema lo demanda. "Las empresas no cuentan con el gas necesario contratado para esta demanda en abril", explicaron desde la cartera energética, subrayando que la decisión fue exclusivamente comercial y técnica, sin intervención estatal directa.

En el caso específico de las estaciones de GNC del AMBA, se estima que alrededor de 15 bocas de expendio operan bajo contratos interrumpibles. Para estas estaciones, el incumplimiento del límite tiene consecuencias concretas: vender por encima del volumen contratado en modalidad firme implica pagar una multa equivalente al valor de un litro de nafta súper por cada metro cúbico despachado en exceso. La aplicación de esa penalidad recae sobre cada operador. En cuanto a la industria, la situación es más acotada: son relativamente pocas las empresas grandes que eligen contratos interrumpibles, dado que una interrupción en sus procesos productivos puede generar pérdidas que superan ampliamente el ahorro en la tarifa de gas. Las grandes acerías, los parques industriales de mayor escala, generalmente contratan en modalidad firme justamente para evitar este tipo de contingencias.

Para contextualizar la magnitud del consumo en juego, los registros del Enargas indican que a principios de esta semana la demanda considerada "prioritaria" —que incluye hogares, hospitales, escuelas y clubes, entre otros— se aproximaba a los 50 millones de metros cúbicos diarios a nivel nacional. De esa cifra, unos 14 millones de metros cúbicos por día se entregaban en el AMBA. La temporada invernal para el sistema energético se extiende de mayo a septiembre, lo que significa que las semanas de mayor tensión todavía están por delante. El pico de consumo suele registrarse en julio, cuando las temperaturas mínimas deprimen las curvas del termómetro en simultáneo con la mayor actividad industrial y doméstica.

Infraestructura, GNL y las decisiones que se postergan

Hay una tensión estructural que estas restricciones ponen nuevamente sobre la mesa: Argentina produce gas en cantidades significativas —Vaca Muerta convirtió al país en un actor relevante en la región— pero enfrenta cuellos de botella serios para transportarlo hasta los centros de consumo durante los momentos de alta demanda. La capacidad de los gasoductos que conectan la Cuenca Neuquina con el AMBA fue históricamente insuficiente para los picos invernales. En los últimos años se avanzó en obras de ampliación, pero el sistema sigue sin tener el margen holgado que permitiría absorber variaciones climáticas sin restricciones. La solución de fondo requiere inversión sostenida en infraestructura de transporte, algo que en un país con ciclos económicos inestables resulta difícil de garantizar.

En paralelo, el panorama del Gas Natural Licuado importado (GNL) suma otra capa de complejidad. En un contexto global marcado por el conflicto en Medio Oriente, el precio del GNL trepó de 10 a 23 dólares por millón de BTU, un salto que encareció sensiblemente la opción de importación. El Gobierno llegó a licitar la importación privada de combustibles, adjudicada a Naturgy con una tarifa de 4,50 dólares, pero luego dio marcha atrás ante la perspectiva de que ese costo debiera trasladarse a las tarifas residenciales —con impacto sobre la inflación— o absorberse vía subsidios. La consecuencia directa es que, hasta el momento, el Estado no concretó ninguna compra de GNL para el invierno, y la estrategia apunta a compras en el mercado spot, es decir, operaciones de oportunidad sin la anticipación que normalmente brindaría mayor seguridad de precios y disponibilidad.

Las implicancias de este primer recorte de la temporada admiten distintas lecturas. Para quienes priorizan la lógica del mercado, las restricciones son el resultado esperable de contratos libremente pactados: los usuarios interrumpibles sabían a qué se exponían y el sistema funciona según las reglas acordadas. Para quienes observan la situación desde una perspectiva de planificación energética, el hecho de que los primeros cortes lleguen en abril —cuando el invierno formal todavía no comenzó— enciende preguntas sobre la capacidad del sistema para sostenerse en los meses de mayor exigencia. Si en julio una ola polar golpea al AMBA con una demanda residencial en su punto máximo, la presión sobre la infraestructura de transporte y sobre el stock disponible de gas importado podría ser considerablemente mayor que la de esta semana. El margen de maniobra, por ahora, parece ajustado.