El hecho de que una golosina argentina llegue a Bangladesh podría parecer una anécdota menor en el vasto mundo de las exportaciones. Sin embargo, detrás de esta operación comercial se esconde una transformación más profunda: la manera en que la pasión global por la Selección Nacional está redibujando los mapas de negocios de empresas locales que durante décadas consideraban a sus mercados como prácticamente cerrados. Lo que comenzó como un gesto de gratitud hacia los bangladesíes que adoptaron a la "Scaloneta" como suya se convirtió, en cuestión de meses, en una puerta abierta hacia uno de los ocho países más poblados del planeta, con casi 177 millones de habitantes y un consumo voraz de productos alimenticios importados.

La iniciativa partió de Georgalos, la empresa familiar que produce Mantecol desde 1940, cuando Miguel Georgalos —un inmigrante griego— decidió crear lo que hoy se reconoce como uno de los símbolos más autóctonos de la pastelería nacional. Luego de recuperar el control accionario en 2022, después de haber cedido la marca a la multinacional estadounidense Mondelēz en 2001, la compañía decidió aprovechar el efervescente contexto del Mundial de Qatar para lanzar una campaña que operaba simultáneamente como mensaje de marketing y como testeo de mercado. Bangladesh, saturado de simpatizantes de la Selección y de admiradores acérrimos de Lionel Messi, presentaba un escenario casi experimental: ¿podría una marca argentina de tradición centenaria germinar en un terreno tan distante, tanto geográfica como culturalmente?

De la campaña publicitaria a la estrategia comercial seria

Cuando los responsables de Georgalos publicaron en redes sociales que el Mantecol —"el sabor que acompaña a los argentinos desde hace generaciones"— había llegado a Daca, la capital bangladesí, la respuesta del público fue tan abrumadora que los directivos decidieron convocar a su equipo comercial para evaluar si detrás de esa efusión emocional existía una oportunidad real de negocio. Gustavo Giménez, director de marketing de la compañía, explicó que lo que había comenzado como una operación publicitaria vinculada a los festejos mundialistas se transformó en algo sustancialmente diferente: una entrada formal a un mercado de consumo masivo. Las métricas hablaban claro. La recepción había sido genuina, no meramente sentimental. Los bangladesíes no solo querían camisetas de Argentina; querían probar aquello que formaba parte de la identidad gustativa del país que los había cautivado.

La decisión estratégica de Georgalos refleja una comprensión profunda de cómo operan los mercados emergentes en Asia. Bangladesh no es un país donde se venden golosinas argentinas por nostalgia o curiosidad exótica. Es un territorio donde casi 30 millones de personas viven en la capital, donde la población es mayoritariamente musulmana, y donde existe una tradición culinaria milenaria de postres a base de semillas de sésamo y granos molidos. El Mantecol, con su característica combinación de cacahuete, caramelo y miel, no compite directamente con el halva —el postre tradicional de la región—, pero sí ofrece una propuesta alternativa dentro de la misma familia gustativa. Fue precisamente esta proximidad cultural la que permitió a Giménez y su equipo vislumbrar una ventana de oportunidad. Para ingresar al mercado, la empresa debió someterse a la certificación halal, requisito obligatorio para cualquier alimento que aspire a distribuirse en contextos islámicos. Esta exigencia normativa no fue un obstáculo, sino un catalizador que ayudó a que Mantecol se legitimara no como un producto foráneo, sino como una propuesta respetuosa con las creencias y costumbres locales.

El efecto dominó: otros negocios argentinos siguen la ruta abierta

Lo interesante del caso Mantecol es que su desembarque en Bangladesh no quedó confinado a una sola empresa. Durante 2023, una delegación comercial que incluyó a Arcor, Marolio, Havanna, Alfa Pampa, Luna de los Andes, Piporé, Vetanco y Ecofactory, entre otros exportadores argentinos, viajó al país asiático para explorar oportunidades de negocio. El mensaje era unívoco: si una golosina de 84 años de antigüedad podía reposicionarse en un mercado tan distante, ¿por qué no lo podían hacer otros productos? Las empresas de alimentos, especialmente aquellas dedicadas a la producción de granos, aceites vegetales y legumbres, comenzaron a estudiar con seriedad la demanda bangladesí. Mientras que Mantecol buscaba instalarse en las perchas de supermercados y, especialmente, en los comercios barriales —donde el movimiento de ventas callejeras es particularmente dinámico—, otros actores del ecosistema empresarial argentino identificaban nichos más amplios vinculados a productos de primera necesidad y de mayor volumen.

El rol del Estado argentino en este proceso resultó fundamental. Marcelo Carlos Cesa, embajador en Bangladesh desde septiembre de 2023, impulsó activamente tanto la reapertura de la representación diplomática como la estrategia de fortalecimiento de lazos comerciales bilaterales. Que una embajada haya permanecido cerrada durante 45 años —desde 1978— habla de la escasa relevancia que el país asiático tenía en la agenda de política exterior argentina. Sin embargo, la victoria mundialista de 2022 generó una ventana política y cultural que permitió revisar esa priorización. La reapertura de la sede diplomática en Daca no fue, por lo tanto, un simple acto de cortesía institucional, sino parte de una estrategia deliberada para capitalizar el capital simbólico que la Selección había acumulado en ese territorio.

Los números respaldan la magnitud del giro. Entre 2022 y 2025, las exportaciones argentinas a Bangladesh casi se duplicaron: de US$ 740 millones a US$ 1.470 millones. En términos de volumen, entre junio de 2025 y mayo de 2026, se registraron 1.390 despachos por 3,1 millones de toneladas de productos, principalmente el complejo sojero. Aceite de soja, harina de soja, pellets, maíz y trigo son los principales ítems que Argentina envía hacia Bangladesh, compitiendo en un mercado saturado de proveedores como China, India, Brasil y Estados Unidos. Este crecimiento exponencial en tan poco tiempo sugiere que la demanda bangladesí por productos argentinos no es coyuntural, sino estructural. El país necesita alimentos para sostener una población en crecimiento constante, y Argentina posee la capacidad productiva para satisfacer esa demanda. Lo que faltaba era la conexión institucional, diplomática y comercial para hacer circular esos productos. Cesa y su gestión en la embajada proporcionaron exactamente eso.

El entramado de importaciones que equilibra la balanza

Sin embargo, la relación comercial entre ambos países no es unidireccional. Bangladesh también exporta hacia Argentina, aunque sus envíos se concentran en un rubro muy específico: prendas de vestir, textiles y manufacturas de algodón. Esta asimetría refleja las ventajas comparativas de cada economía: Argentina produce alimentos a escala; Bangladesh posee una industria textil desarrollada con costos laborales considerablemente más bajos. El sector argentino de la confección vislumbra en Bangladesh una oportunidad para diversificar sus importaciones, aunque la mayor parte del movimiento textil se desenvuelve en la informalidad, lo que dificulta la obtención de datos precisos. Durante el Mundial de Qatar 2022, se estimó que las camisetas de la Selección confeccionadas en Bangladesh implicaron más de US$ 420 millones en movimiento económico, aunque buena parte de esa cifra no transita por canales formales de comercio. Este aspecto revela una realidad incómoda: mientras que los alimentos argentinos ingresan a Bangladesh a través de rutas comerciales transparentes y reguladas, muchas de las prendas que circulan —incluidas las camisetas—, transitan por vías que la estadística oficial no captura completamente.

La estrategia de Mantecol de apuntar al 15% del mercado de golosinas en Bangladesh, con una apuesta inicial de un contenedor para prueba de concepto, revela una ambición medida pero realista. Giménez reconoció que los costos logísticos derivados de los más de 17.000 kilómetros de distancia son formidables, razón por la cual la empresa necesita operar a volumen. Las negociaciones con distribuidores e importadores locales están en marcha, pero la penetración en supermercados debe complementarse necesariamente con la presencia en comercios de barrio, donde la venta callejera constituye la espina dorsal del comercio minorista bangladesí. Este enfoque dual demuestra que Georgalos no está trasladando mecánicamente su modelo de negocios argentino, sino que está adaptándose a las realidades estructurales del mercado destino.

Las implicancias de este proceso son múltiples y se proyectan hacia distintos horizontes. Por un lado, el éxito o fracaso de Mantecol en Bangladesh constituirá un indicador importante sobre la viabilidad de exportar marcas de consumo argentinas hacia Asia del Sur, mercado que históricamente ha permanecido fuera del radar de la mayoría de empresas locales. Si la golosina logra consolidarse más allá de la novedad inicial, otras compañías intensificarán sus esfuerzos por penetrar esos territorios. Por otro lado, la reapertura de la embajada y el fortalecimiento de lazos diplomáticos podría sentar las bases para acuerdos comerciales más amplios que vayan más allá de la exportación de commodities. Bangladesh representa un laboratorio para comprender cómo el soft power —en este caso, la pasión por la Selección— puede transformarse en ventajas comerciales tangibles. Finalmente, el caso también plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de una relación comercial cimentada inicialmente en un evento deportivo de carácter temporal. ¿Persistirá el interés bangladesí en productos argentinos una vez que la conexión emocional con la Selección se diluya con el tiempo? Las respuestas que emerjan de esas preguntas determinarán si lo que comenzó como un gesto de marketing se consolida como un vínculo comercial duradero.